EL TORO Y LOS DOS FILÓSOFOS (primera parte).

Pero prefiero el toreo profundo, el que nos hace presentir eso que Víctor Hugo llamaba “la boca de la sombra”, el pozo negro que nos espera a todos y a cuyas orillas algunos creadores de excepción —poetas, músicos, cantantes, danzarines, toreros, pintores, escultores, novelistas— se acercan a veces para producir una belleza impregnada de misterio, que nos desvela una verdad recóndita sobre lo que somos, sobre lo hermosa y precaria que es la existencia, sobre lo que hay de exaltante y trágico en la condición humana. Ese es el estilo taurino que más me conmueve y por eso admiré tanto a Antonio Ordóñez y admiro ahora a un Enrique Ponce o un José Tomás.

Mario Vargas Llosa. La “barbarie taurina”. El País, 12 de agosto de 2012.

Resulta toda una temeridad atreverse a cuestionar siquiera la fiesta de los toros en Aguascalientes, donde al calor de las copas, ya sea en una cantina –devenida con eufemismo en merendero–, restaurante o en cualquier otro punto de reunión público o privado, los cofrades arreglan el mundo y fijan los límites de lo políticamente correcto, mientras degluten inmoderadamente las bebidas embriagantes espesadas con la botana de rigor que, en lugar de liberar con su espíritu alcohólico lo mejor que pueda haber en el de sus empedernidos consumidores, embota su entendimiento y amputa casi de raíz su capacidad de reflexión.

No pretendo hacer un sesudo análisis de este tema. No tengo ni los conocimientos ni la experiencia para ello, en pocas palabras: no soy lo que en términos taurinos se llama un “entendido”. Pero vivo en Aguascalientes, tierra con gran afición a las corridas de toros  –no sé si taurófila (amiga de los toros) sea el adjetivo más apropiado– y, curiosamente, nací en Sabadell, ciudad situada a escasos 20 km de Barcelona, capital de la Comunidad Autónoma de Cataluña, cuyo Parlamento tomó la decisión de abolir los festejos taurinos por 68 votos a favor, 55 en contra y nueve abstenciones. La prohibición entró en vigor en enero de 2012.

Para evitar herir en exceso las convicciones de una parte muy prominente y sensible de mis conciudadanos –sólo espero mover a una reflexión que vaya más allá de la simple expresión de los lugares comunes–, expondré en este ensayo dividido en partes lo escrito por dos filósofos contemporáneos, ambos nacidos en el País Vasco, que tienen posturas opuestas sobre este tema.

Empiezo con la postura a favor de que se respete el gusto por las corridas de toros, desarrollada por Fernando Savater, nacido en San Sebastián el 21 junio de 1947, que escribió un librito titulado “Tauroética” (Ediciones Turpial, 2011) poco antes de la abolición del Parlament catalán y en plena discusión del tema. El propósito del libro nos los explica el mismo autor en el prólogo:

Pero desde el punto de vista filosófico, que es el que aquí principalmente me interesa, es el debate mismo lo más relevante, sobre todo por sus implicaciones éticas –nuestra actitud moral hacia los animalesy también por sus repercusiones ontológicas acerca de cómo pensar la relación que mantenemos –y nos mantienevinculados a la naturaleza. No es que estas cuestiones de fondo hayan aparecido en el debate parlamentario, todo lo contrario: digamos que sólo han brillado por su ausencia. No sé si el lugar y el momento eran oportunos para plantearlas, pero en cualquier caso –salvo en breves ramalazos de alcance más teórico que anecdótico o tremendistala ocasión del pensamiento ha pasado de largo. Las reflexiones que propongo a continuación tratan al menos parcialmente de rescatarla, porque el tema lo merece: con toros o sin toros.

La primera parte del libro –de la que me ocupo en esta ocasión es más larga y difícil de seguir que la segunda. Consta de un prólogo y de un capítulo titulado “Nuestra actitud moral ante los animales”, en el que Savater aclara con minuciosidad las diferencias que nos separan del resto de los seres vivos. A contrapelo de las tendencias actuales a favor de la ecología y la homologación de los derechos legales de los seres humanos y los homínidos no humanos (chimpancés, bonobos, gorilas y orangutanes), encabezada por el famoso filósofo Peter Singer, Fernando Savater establece que los seres humanos somos los únicos seres vivos que podemos renunciar e incluso oponernos a lo que nos dictan los instintos:

La característica de la conducta humana es poder inhibir o aplazar la satisfacción de nuestras necesidades más perentorias para cumplir otros propósitos: respondemos a “intereses” que son, por definición, múltiples, contrapuestos y por tanto incompatibles frecuentemente unos con otros. Tener intereses, lo propio de la humanidad, es lo contrario de “no tener más remedio que”, lo propio del comportamiento de los animales. Por eso se supone que nosotros somos responsables (moralmente) y los animales no. La inocencia y la culpabilidad están ligadas a la conducta interesada, no meramente instintiva. Es pueril decir que los animales son “inocentes”, puesto que no pueden ser tampoco “culpables”: los imbéciles o los pedagogos edificantes que envidian la pureza del comportamiento animal –es decir, que añoran el jardín del Edén antes del pecado original y por tanto del comienzo de la libertad humana– olvidan esta verdad elemental.

            Por esta razón, la igualdad a la que apelan los defensores de los derechos de los animales tiene puntos débiles de consideración. En apoyo a su postura, cita a Thomas Nagel, quien establece que la ética “es el resultado de la capacidad humana de someter las pautas motivacionales o de conducta innatas o condicionadas de forma pre-reflexiva a la crítica y revisión, y crear nuevas formas de conducta”. Savater considera que “la actitud ética es el reconocimiento de esa excepcionalidad humana y no la afirmación de su continuidad con el resto de la animalidad. No estriba en constatar obvios parentescos zoológicos sino en reconocer una diferencia esencial sobre la que pueden y deben sustentarse las exigencias sociales de responsabilidad personal ante la acción. Por eso también podemos hablar de derechos humanos (y sus correspondientes deberes)”.

Después se ocupa en examinar aquellas corrientes religiosas que defienden a ultranza todas las formas de vida, como el jainismo, ilustrando con ejemplos esta postura con el caso del santón hindú que, con un tumor maligno en el cuello rechazó todo tratamiento para eliminarlo, diciendo “dejadlo crecer: él también está vivo”. Nos dice Savater que “este miramiento radical que prohíbe dañar cualquier vida parece, paradójicamente, difícil de hacerse compatible con la conservación de la vida misma. Porque toda forma de vida, empezando desde luego por la vida humana, se conserva y nutre a partir de otras vidas. Es el sacrificio de lo orgánico lo que permite mantenerse a los organismos”.

El dolor y el sufrimiento son omnipresentes en el mundo natural y son bien aceptados por los utilitaristas –cuyos precursores anticiparon la creación de las sociedades protectoras de animales, sin embargo, contradiciendo la supuesta igualdad que nos hemana con los demás seres vivos, no toleran el sufrimiento que nosotros le provocamos a los animales, aduciendo que siempre es caprichoso e innecesario y va en contra de los intereses de las pobres víctimas. “El toro no quiere ser lidiado, ni la gallina pone huevos para alimentarnos, ni el caballo correr o tirar del carro ni el cerdo aprovisionarnos de jamones o chorizos o de piel para hacer zapatos: todo eso va contra sus intereses animales”.

Además de la utilidad obvia que obtenemos de los animales, resulta revelador el siguiente párrafo en la “Conclusión taurina” de esta primera parte del libro de Savater :

…los animales han sido utilizados por los humanos –en todas las épocas y latitudes– como representantes de instintos y comportamientos no regidos por la razón que representan y ayudan a comprender el “significado” de la vida… A través de los siglos y de las diversas culturas la escena primordial –el hombre, la fiera, la muerte y la habilidad para esquivarla– ha debido tener lugar según rituales muy diferentes. Algunos elementales y sin matices en su crudeza sanguinaria, han desaparecido con el refinamiento cívico de las costumbres y la estética; otros se han ido estilizando, codificados como una danza popular en la que se expusiera la vida. Las corridas de toros pertenecen a este último género y quizá lo representen ya de forma única y por tanto insustituible, pese a las degeneraciones comerciales y turísticas que no es difícil señalar en ellas. Para decirlo todo, son estas formas de degradar la fiesta lo que constituye la mayor amenaza para su superviviencia, mucho más que las iniciativas prohibicionistas de los antitaurinos.

Anuncios

4 thoughts on “EL TORO Y LOS DOS FILÓSOFOS (primera parte).

  1. Queridísimo Luis:
    Que me has dejao con picazón, esperando la segunda parte…….Muy interesante conocer puntos de vista concienzudos (viniendo de reales intelectuales) que pueden ser tan opuestos en un tema. Felicidades y esperamos la parte que sigue…. Abrazos cariñosos!

    1. Muy querido Ernesto:
      ¡Muchísimas gracias por tu comentario! En un principio pensé escribir este artículo en dos partes, pero mucho me temo que voy a tener que extenderme un poco más. El asunto ha despertado interés y me han hecho llegar libros y artículos muy interesantes que yo no había considerado originalmente, así que van a ser más de dos filósofos los que traten del tema. ¡Un gran abrazo!

  2. Sólo para comentarle por mi parte que Oscar Horta, doctor en filosofía de la Universidad de Santiago de Compostela es quien liderea por decirlo así la lucha intelectual y práctica contra el maltrato animal y contra la tauromaquia. El doctor Horta estuvo aquí en la UAA dando una conferencia sobre el especismo y recordó a gentes como Peter Singer quien ha sido uno de los cuestionadores del mundo actual, del consumismo y de que el especismo trata de poner al centro al hombre y sus necesidades sin que importe lo demás. En el face podrá encontrar a Equanimal, el movimiento antiespecismo.
    Aqui enAguascalientes, deberíamos promover más estas reflexiones, por lo que su artículo forma parte de ese intento. Gracias y adelante

    1. Muchísimas gracias por su comentario, Lucía. En ello estamos. Creo que se puede vivir sin la fiesta brava. Incluso creo que, en algunos casos al menos, se puede vivir mejor.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s