EL TORO Y LOS DOS FILÓSOFOS (segunda parte).

Hace ya veintiséis siglos lanzó Protágoras de Abdera, el primero en llamarse a si mismo sofista, la célebre afirmación de que el hombre es la medida de todas las cosas… No pretendía con ello en modo alguno asegurar, como recientemente se le ha atribuido, que el hombre como tal es el centro del universo moral, sino hacer profesión de relativismo al declarar que las cosas y los valores son como los captan cada hombre y cada pueblo, que no podemos decir de las cosas y los valores sino lo que nos parece que son y lo que nos parece que valen… 

Tenga o no razón Protágoras, que yo creo que no la tiene, lo bien es cierto que algunos autores y movimientos han desvirtuado sus palabras, tomando la profesión de relativismo como profesión de antropocentrismo, como la diáfana expresión de un paradigma que sitúa al hombre en el centro del universo y relega a los demás seres.

Adela Cortina. Las fronteras de la persona. El valor de los animales, la dignidad de los humanos, 2009.

 

No habían pasado siquiera veinticuatro horas de haber escrito y enviado la primera parte de esta reflexión, cuando recibí un mensaje electrónico de mi viejo y buen amigo, el licenciado Xavier González Fisher, Notario Público Número 16 del Estado e hijo del doctor Jesús González Olivares (q.e.p.d.), a quien considero uno de los cirujanos más paradigmáticos de Aguascalientes, heredero de la tradición establecida en los Estados Unidos de Norteamérica por William Stewart Halsted.

Esperaba el mensaje de Xavier porque lo presumía inevitable. Siendo él un verdadero entendido en el tema de los toros y –ahora me doy cuenta cabalmente– lector algo más que ocasional de esta columna, no le sería indiferente el tema que yo me había atrevido a tratar de manera tan temeraria, exponiendo posturas a favor y en contra de las corridas de toros, con el sospechoso tufillo de mi origen catalán –muy, pero muy matizado de americano tras pasar aquí los dos últimos tercios de mi vida– que me pone a los ojos de la legión de taurófilos hidrocálidos en el bando de los traidores y descastados (nunca mejor dicho).

El caso es que Xavier me compartía su profundo interés sobre el debate recurrente y me ofrecía nuevas fuentes bibliográficas para mi documentación (artículos en formato electrónico e impreso), incluyendo el libro de Adela Cortina –cuyo dominio de la ética ya me era familiar por lecturas pasadas– que cito en el encabezado y que por ilocalizable en las librerías mexicanas, tuvo a bien prestarme con la generosidad y bonhomía que siempre lo han caracterizado.

Como expuse con cierta amplitud previamente, al filósofo Fernando Savater lo que le interesa son los aspectos éticos del tema. Para Savater los seres humanos constituyen un excepción entre los seres vivos por su relación con la muerte y esta excepción justifica para él la celebración de las corridas de toros, a las que atribuye el papel de un ritual antiquísimo que nos ayuda a comprender el significado de la vida:

A diferencia de los dioses o los seres inanimados, que no mueren, a diferencia de los animales, que mueren sin saber de antemano que van a morir, los humanos somos precisamente los únicos mortales, aquellos cuya vida transcurre siempre cara a cara con la muerte. Para los mortales, la realidad de la muerte tiene una doble manifestación: como “riesgo” permanente y como “destino” final… Son precisamente esas dos manifestaciones las que ocupan el centro de la plaza en la fiesta: en el caso de los toreros, como riesgo que se esquiva y con el que se juega en un perpetuo estilizamiento que se sobrepone al miedo de lo que conocemos demasiado bien; y el caso del toro como destino que finalmente se cumple, porque el animal muere en nuestro lugar esa muerte que él desconoce y nosotros vemos aplazada gracias al arte.

Pasadas las consideraciones filosóficas de la primera parte de su libro (Tauroética. Ediciones Turpial, 2011), le lectura de la segunda parte es una delicia. Savater sabe entretener al lector y empieza relatándonos su primer encuentro con un toro de lidia en los lejanos días de su infancia, mientras veraneaba en Vinuesa, un pueblecito (972 habitantes en el censo de 2012) de la provincia de Soria. Habiendo escapado a la vigilacia de su mayores, se topó de pronto en la vacía plaza del pueblo con tres bueyes que eran conducidos a un campo cercano y, detrás de ellos, con un toro enorme que lo dejó paralizado y que se convirtió en su primera experiencia taurina, su encuentro con un “toro primordial” al que llama, haciendo alusión al nombre científico de los antiguos uros hoy extinguidos, Bos primigenium.

Savater también refuta el principal argumento de quienes se oponen a la tauromaquia: el sufrimiento que se le inflige al toro. Lo expresa así:

Si lo que nos preocupa es el sufrimiento de los animales, el verdadero problema está en los millones y millones que criamos para comernos y llevamos al matadero, no en los cientos de toros inmolados en las plazas. La auténtica punzada para ciertas sensibilidades morales debe provenir en primer término de que somos carnívoros, no de que somos aficionados a los toros… Por lo tanto, mientras no se afronte el caso de las granjas avícolas y los mataderos municipales, el cañonazo de la buena conciencia contra la línea de flotación de la fiesta taurina sigue siendo de fogueo.

Cita incluso a Elizabeth Costello, portavoz literaria del escritor y premio Nobel de Literatura John Coetzee: “a un nivel ético, sigue habiendo algo de atractivo en las corridas de toros, donde se honra al adversario por su fuerza y su bravura, se le mira a los ojos antes de matarlo y se le dedican canciones después, lo cual no se concede a ninguna otra víctima de nuestra producción industrial de proteínas animales… Lo malo estriba en que este ritual es poco práctico para alimentar con filetes a cuatro mil millones de seres humanos”.

Respecto al debate en el Parlamento de Cataluña, que se estaba celebrando mientras Fernando Savater escribía su libro, el filósofo considera que en la discusión, cuyo veredicto, ahora se sabe, ha llevado a la prohibición de las corridas de toros desde enero de 2012, hay un trasfondo más político que ético. A pesar de que es un aficionado a los toros, Savater no se identifica con aquellos que relacionan la excelencia de la fiesta brava con la esencia española o con una estirpe ilustre que se remonta a la Creta de Minos y Parsífae:

Como descreo de las identidades nacionales, y sobre todo de la obligación de cultivarlasconsidero que nadie deja de ser catalán por amar la fiesta taurina ni de ser español por detestarla.

Aunque Savater no da detalles del fondo político del debate en Cataluña –“salvo que lo que esté en juego sea otro tipo de consideraciones políticas, en las cuales prefiero no entrar”–, es claro que se refiere a la identificación de la fiesta de los toros con aquellas situaciones que en España han ido en contra de la libre expresión y desarrollo de las culturas regionales y que, en el caso del Cataluña, llegaron a la prohibición del uso oficial del idioma catalán durante la dictadura franquista (1939-1975). Era relativamente frecuente observar al dictador en los palcos de las plazas de toros y, extendiendo un poco más el tema más allá de lo taurino, posando en sus frecuentes cacerías con numerosos ciervos y otros animales supuestamente abatidos por él. De esta manera, en la mente de los antitaurinos catalanes y de otras regiones, se asocia indisolublemente al detestado tirano con la costumbre de maltratar y matar animales sólo por el placer de hacerlo. Crueldad que hemos visto reproducida actualmente en las recientemente descubiertas correrías cinegéticas de Juan Carlos I por tierras africanas.

Termino la exposición de lo escrito por Fernando Savater con los siguientes párrafos:

Claro que mejor que el debate sea en último término político, pues para eso se lleva a cabo en un Parlamento, que moral, como absurdamente suponen algunos. ¡No falta ya más que los Parlamentos decidan lo que es moral y lo que no lo es! Como parece que había quedado claro en otros casos –por ejemplo, el del aborto–, el Parlamento no está para zanjar cuestiones de conciencia individual, sino para establecer normas que permitan convivir morales diferentes sin penalizar ninguna y respetando la libertad individual…

… A fin de cuentas y lo más importante: se trata de una cuestión de libertad. La asistencia a las corridas de toros es voluntaria y el aprecio que merecen, optativo según cada cual.

En la siguiente parte de este escrito expondré la opinión contraria en las palabras del segundo filósofo. Se trata de Jesús Mosterín, un oponente formidable.

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