EL TORO Y LOS DOS FILÓSOFOS (cuarta y última parte).

Es romántico pensar que los toros son un vestigio de tiempos en los que el hombre vivía en armonía con la naturaleza. En aquellos tiempos, en los albores de la historia, se cazaba para sobrevivir y los sacrificios de animales eran ofrendas respetuosas a unas deidades que precisamente representaban las fuerzas de la naturaleza de las que la supervivencia de la tribu dependía. Pero una civilización como la nuestra, orgullosa de su dominio sobre la naturaleza (un dominio fuera de control que está empezando a pasar factura) no tiene carácter romántico, ni mágico, ni antropológico. Como tú apuntas, es básicamente un negocio. Y como todo negocio, lo seguirá siendo mientras la gente lo compre. ¿Por qué compramos algo tan cruel? Paradójicamente, nuestra cualidad racional nos da tanto la capacidad para apreciar la belleza de nuestro mundo y emocionarnos con ella como la posibilidad de ejercer un dominio sin escrúpulos sobre la naturaleza. ¿No es contradictorio? De esto último la fiesta taurina es una cruda exhortación.

Blog Cellularium. Félix y los toros, 21 de marzo de 2010.

Con lo que estoy escribiendo en estos momentos concluyo la exposición de los argumentos de dos filósofos españoles contemporáneos acerca de la fiesta de los toros. En las dos primeras partes partes expuse lo que piensa Fernando Savater, recopilado en su libro “Tauroética” (Ediciones Turpial, 2011), que está a favor de la fiesta brava. En la tercera parte empecé a explicar lo que piensa Jesús Mosterín y que escribió en “A favor de los toros” (Editorial Laetoli, 2010). Para otorgar a ambos una extensión similar en este espacio, toca ahora terminar esta especie de tetralogía con el mismo Jesús Mosterín, un antitaurino más que vehemente.

El penúltimo capítulo de su libro se titula “Argumentos fallidos en defensa de la tauromaquia” y lo introduce así, como acostumbra, disparando a bocajarro:

Cuando se trata de justificar lo injustificable, se recurre a argumentos peregrinos e incoherentes. Acostumbrado a discusiones filosóficas y científicas más rigurosas y precisas, cuando empecé a participar en debates de radio y televisión en torno a las corridas de toros me quedé sorprendido por la inanidad y trivial invalidez de los “argumentos” de sus defensores. Luego he aprendido que esos pseudoargumentos, basados en la ignorancia de la biología, la confusión de la ética y el desprecio de la lógica, son siempre los mismos y se repiten continuamente sin la más mínima variación.

Son siete los argumentos que enumera, analiza y rebate uno por uno:

1.-Sí, las corridas de toros son crueles, pero también hay otras salvajadas en el mundo.

Jesús Mosterín da la razón a quienes esgrimen lo anterior, pero no le parece que de ello se desprenda ninguna justificación. “Es como si un acusado del asesinato de su vecino se defendiese diciendo que más gente mató Hitler. Sería cierto, pero no vendría a cuento ni cambiaría en nada la calificación de su posible crimen”. Aquellos –como el mismo Savater y el escritor Mario Vargas Llosa– que citan otras formas de maltrato animal, incluyendo la explotación intensiva de los animales en las granjas industriales, tienen razón, pero eso sólo nos indica que son muchas las formas de la crueldad que deben ser abolidas. “En la medida en que se consiga, se producirá un progreso moral”.

2.-La corrida de toros es tradicional y eso la justifica.

Argumento muy socorrido cuando se descarta el anterior, lo esgrimen quienes se erigen en defensores de la esencia española. Nos dice Mosterín que “es curioso que todavía se escuchen entre nosotros llamadas al etnocentrismo acrítico y troglodita, invitándonos a cerrar filas en defensa de los aspectos más siniestros de la tradición colectiva, como si lo tradicional y étnico estuviera por encima de toda crítica y racionalidad”. A mayor abundancia, basta recordar el paralelismo que Jesús Mosterín establece como tradiciones entre la tauromaquia y la ablación del clítoris que ya fue mencionado en la tercera parte de este escrito. “Aceptar ciegamente todos los componentes de la tradición es negar la posibilidad misma del progreso de la cultura”, remata Mosterín.

3.-Los toros no sufren.

Ya en la parte anterior se comentaron las semejanzas que, en lo tocante a las anatomía y fisiología del dolor, existen entre los seres humanos y los toros. Semejanza que abarca los centros nerviosos del dolor y los mecanismos y puertas neurales de transmisión del dolor, incluidos los neurotransmisores. La evidencia cientìfica descarta este argumento de un plumazo.

4.-Los toros sí sufren, pero antes lo pasan bien.

El que muchas vacas en la ganadería intensiva lleven un peor vida en los establos que los toros de lidia en las dehesas nos debe obligar a mejorar las condiciones de vida de las vacas, no a empeorar las condiciones de muerte de los toros. Algunos taurinos llegan a decir que la vida prvilegiada de los toros de lidia es algo que debe castigarse con la muerte en los ruedos, una especie de expiación merecida. Es, en realidad, una salvajada injustificada.

5.-Sin corridas, los toros de lidia y las dehesas desaparecerían.

Este argumento se rebate señalando primero que la especie y subespecie de los toros (Bos primigenius taurus) cuenta actualmente con unos mil cuatrocientos millones de ejemplares vivos, lo que no la pone precisamente en peligro de extinción. En segundo lugar, Mosterín nos dice que “la mejor manera de mantener e incrementar la originalidad, el aspecto primitivo y el vigor de los ‘toros bravos’ o ‘de lidia’ consistiría en que dejaran de ser animales de ganadería para convertirse en animales salvajes, sometidos a la selección natural de los predadores y el entorno, más bien que a la selección artificial encaminada a suministrar animales debilitados a los toreros”. Pone por ejemplo lo hecho por los Estados Unidos y Canadá para recuperar a los bisontes americanos, que viven ahora protegidos en reservas naturales. Las dehesas se podrían convertir en reservas naturales protegidas en las que manadas de toros y vacas “de lidia” viviesen en libertad junto a otras especies de animales, incluyendo a los lobos como elemento de equilibrio de este ecosistema.

6.-Las corridas dan de comer a cierta gente que sin ellas se quedaría sin trabajo.

“También la mafia, el narcoráfico, el secuestro, la destrucción de los bosques, la corrupción urbanística, la piratería, la guerra y el terrorismo dan de comer a mucha gente. Es pintoresco defender la tortura porque da de comer al verdugo”, señala Mosterín. Y prosigue: “En vez de escuelas taurinas, lo que necesitamos son escuelas de reconversión profesional en las que picadores y toreros puedan convertirse en ciudadanos útiles y productivos, capaces de ganarse la vida honradamente”. Más difíciles de convencer serían los ganaderos y empresarios taurinos, digo yo.

7.-No hay que prohibir las corridas de toros porque no hay que prohibir nada: prohibido prohibir.

En este último punto, Jesús Mosterín le da una repasada a algunos políticos, en particular al actual Presidente del Gobierno de España, Mariano Rajoy –que todavía no lo era cuando Mosterín escribió este libro–, “que siempre apoya a la jerarquía eclesiástica en su oposición a las libertades individuales y en su pretensión de imponer la moral católica a los no católicos, de pronto se despierta también libertario extremo para defender el maltrato atroz de los animales: prohibido prohibir”. Una auténtica insensatez que no se sostiene por si sola.

Jesús Mosterín concluye este capítulo señalando lo que él considera que es una de las carencias de la cultura tradiconal española: la ausencia de ideas liberales claras y la falta de comprensión de la noción misma de libertad. “La libertad es la capacidad de dos seres humanos adultos y cuerdos de interactuar entre ellos como quieran, siempre que sea de un modo voluntario por ambas partes, y de su derecho a hacerlo sin interferencia de terceros (gobiernos, iglesias, familias, vecinos, etc.). Esto se aplica tanto a la libertad poltítica como a la comercial, la religiosa, la lingüística, la sexual y cualquier otra”.

A propósito de lo que se ha expuesto en este escrito dividido en cuatro partes, un distinguido colega muy aficionado a los toros, con quien tengo el placer de conversar serenamente en medio de las actividades hospitalrias, me dijo días atrás que poco a poco las corridas de toros irían desapareciendo. Tal vez será así, aunque no podemos saberlo. Yo creo que existen formas menos crueles de aprender lo que los taurinos dicen buscar y encontrar en una tarde de toros.

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