LAS CARTAS DEL VIEJO PROFESOR (primera parte).

Aunque las hojas son muchas, la raíz es una;

durante los días mentirosos de mi juventud

agité mis hojas y mis flores al sol,

ahora puedo marchitarme en la verdad.

William Butler Yeats. El yelmo verde y otros poemas, 1910.

Hojeo el último libro de Edward Osborne Wilson. El profesor Wilson es un hombre extraordinario que está a punto de cumplir 84 años, por lo que se le puede llamar viejo –hoy que esa palabra es políticamente incorrecta– sin faltar a la verdad y sin ser irrespetuoso. Y es uno de esos viejos que da gusto verlos y leerlos. De los que entienden bien a lo que se refería Miguel de Cervantes cuando decía “no se escribe con las canas, sino con el entendimiento”.

Si uno se quiere dar una idea de su persona, basta con echarle un vistazo a lo que dice de él la Wikipedia:

Entomólogo y biólogo estadounidense conocido por su trabajo en evolución y sociobiología. Wilson es el gran especialista en hormigas y en su utilización de feromonas como medio de comunicación. Es uno de los científicos de más reputación nacional e internacional. Actualmente, Es profesor honorario y conservador del museo de zoología comparada en Harvard. El Dr. Wilson es una de las dos únicas personas que han recibido la concesión más alta en ciencias de Estados Unidos, la medalla nacional de la ciencia y el premio Pulitzer en literatura, este último en dos ocasiones. La Real Academia Sueca, que concede el Premio Nobel, le otorgó al Dr. Wilson el premio Crafoord, una concesión diseñada para premiar las áreas no reconocidas  por los premios Nobel (biología, oceanografía, matemáticas y astronomía generales). En 2010, fue galardonado en los Premios Fundación BBVA Fronteras del Conocimiento en la categoría de Ecología y Conservación de la Biodiversidad por acuñar el concepto de biodiversidad y contribuir extraordinariamente a concienciar a la sociedad de su valor. También ha recibido otros 90 premios, medallas y concesiones en todo el mundo, así como 27 doctorados.

 

Pero más allá de esa lista impresionante de merecidos reconocimientos y de aportaciones singulares, a veces controvertidas, pero siempre extraordinarias, al mundo de la biología y la ecología, lo que yo percibo en sus escritos es un hombre entrañable, que ha empleado bien su vida y que ha influido positivamente en la de numerosos seres humanos gracias a su ejemplo y sus palabras.

No recuerdo bien cuándo conseguí mi primer libro del profesor Wilson “Viaje a las hormigas” (Grijalbo Mondadori, 1996), con Bert Hölldobler como coautor, tampoco lo que me hizo comprarlo. Fue de esas adquisiciones que uno hace llevado por una corazonada, atraído por la breve descripción del autor y su obra impresa en la contraportada. Intuición acertada porque, a partir de entonces, al igual que me ha sucedido con otros autores, lo he ido siguiendo libro a libro, tanto en sentido retrospectivo como prospectivo.

Y ahora contemplo la bellísima portada de su último que se titula “Cartas a un joven científico” (Letters to a young scientist. Liveright Publishing Coporation, 2013). Veo la fotografía de Edward O. Wilson en la contraportada, inclinado con una rodilla sobre la hojarasca que cubre el suelo del bosque, su mano derecha extendida y su vista fija buscando a sus amigas favoritas, las hormigas. Haciendo lo que siempre le ha gustado hacer, salir al campo, explorar los bosques, estudiar las infinitas formas de la vida en nuestro planeta, bautizarlas con palabras tan hermosas como “biodiversidad” y llamar a nuestra inclinación por la vida “biofilia”. Ese es Edward Osborne Wilson.

El nuevo libro de Edward Wilson contiene una serie de consejos dirigidos a jóvenes científicos o a quienes piensan seguir una carrera dentro de la ciencia. Pero no se trata de una simple lista de consejos más o menos desarrollados, sino extraídos de la dilatada experiencia vital y profesional del propio Wilson, lo que hace su lectura verdaderamente deliciosa. Se divide en cinco partes: “El camino a seguir”, “El proceso creativo”, “Una vida en la ciencia”, “La teoría y el gran panorama” y “Verdad y ética”.

Desde el prólogo, el librito (240 páginas en pequeño formato) no tiene desperdicio:

Primero y antes que nada, te urjo a que permanezcas en el camino que has escogido y que llegues tan lejos como te sea posible caminando por él. El mundo te necesita desesperadamente.

 

Me parece que un libro así es especialmente valioso en nuestro medio, donde el cultivo de la ciencia es poco frecuente, en especial lejos de los grandes centros académicos de nuestro país, casi todos concentrados en las grandes capitales. El consejo incial del prólogo es un llamado a la perseverancia, a tener fe en el camino que se ha escogido, a persistir en la vocación. Lo que, paradójicamente, me recuerda la urgencia que tienen algunos colegas para dejar la profesión y dedicarse a tareas más lucrativas, como los negocios y/o la política, que hoy son esencialmente lo mismo. En especial cuando, ante la llegada de sangre nueva y más competente, ven declinar su estrella en el campo profesional.

En los siguientes párrafos y en las partes que seguirán, seleccionaré algunos de estos valiosos consejos. El primer capítulo, titulado “Primero pasión, después el adiestramiento”, Wilson nos habla de sus orígenes en Mobile, una pequeña ciudad de Alabama y como desde su adolescencia se interesó por la naturaleza, coleccionando insectos, arácnidos y serpientes. Su temprana fama como naturalista llamó la atención de los Boy Scouts, que lo reclutaron como consejero en temas de naturaleza para que instruyera a quienes asistían a un campamento de verano. Nos dice que fue ahí donde descubrió su vocación vital:

Aunque el objetivo no estaba claramente definido en mi mente de adolescente, decidí que me convertiría en un científico… y en un profesor.

 

Ingresó a la Universidad de Alabama a los diecisiete años –fue el primero de su familia que estudió en una universidad –, en donde aprendió los fundamentos de la biología. Después hizo estudios de posgrado en Harvard, donde ha permanecido los últimos sesenta años. Advierte a los que lo leen que no se considera un ejemplo, pues hoy los tiempos son distintos, pero de su historia inicial se puede obtener un principio que ha visto desarrollarse en las carreras de muchos científicos destacados:

Pon siempre la pasión por delante del adiestramiento.

 

El segundo capítulo lo dedica al papel de las matemáticas en la carrera del investigador científico, reconociendo que para algunos puede ser un obstáculo que, por otro lado, se logra superar con paciencia y dedicación, procurando tomar los cursos adecuados. Aclara, además, que la importancia de las matemáticas depende de la rama del saber científico al que uno vaya a dedicarse. Él mismo se considera un científico con muy escasos conocimientos matemáticos y en algún momento tuvo que estudiar cálculo, teniendo como compañeros a algunos de sus propios alumnos, a los que les enseñaba biología evolutiva. Una lección de humildad que nunca olvidó. En última instancia, siempre se puede recurrir a un experto en estadística al que se le puede invitar como colaborador de la investigación y como coautor del artículo que se escribirá después.

Seguiré compartiendo los consejos contenidos en estas “Cartas a un joven científico”.

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