LAS CARTAS DEL VIEJO PROFESOR (segunda parte).

Para ser creadores, los científicos necesitan bibliotecas y laboratorios, y la compañía de otros científicos; ciertamente, ayuda un modo de vida apacible y sin dificultades. La obra de un científico no resulta más profunda ni convincente por sus privaciones, angustias, miserias o acoso emocional.

Peter B. Medawar. Consejos a un joven científico, 1982.

Hace exactamente treinta años, a unos meses de empezar el internado de pregrado, un amigo de entonces me regaló un libro singular. Se titulaba –todavía lo conservo– “Consejos a un joven científico” (Conacyt/Fondo de Cultura Económica, 1982), de Peter Brian Medawar, un gran científico inglés (aunque nacido en Petrópolis, Brasil) que en 1960 compartió el Premio Nobel de Fisiología o Medicina con Frank Macfarlane Burnet por sus investigaciones sobre los mecanismos inmunológicos que explican el rechazo de los órganos trasplantados. Aunque tanto el título como el contenido guardan cierta similitud con los del libro de Edward Osborne Wilson “Cartas a un joven científico” (Letters to a young scientist. Liveright Publishing Coporation, 2013), los estilos son un tanto distintos. Peter Medawar es agudo y ocurrente, con un humor muy inglés, marcando una muy discreta distancia con el lector, mientras que Edward Wilson es más cálido, escribe casi en un tono de confesión que vuelve la lectura de su libro un asunto entrañable, como recibir los consejos del abuelo siendo su nieto favorito.

A lo largo de su libro, Wilson va desgranando una serie principios generales que resumen en unas pocas palabras cada uno de los temas que va abordando. El primero tiene que ver con el uso de las matemáticas en el análisis de la investigación científica:

Es mucho más fácil para los científicos conseguir la colaboración necesaria de los matemáticos y estadísticos, que para los matemáticos y estadísticos encontrar los científicos que puedan hacer uso de sus ecuaciones.

 

Y para que el poco conocimiento de las matemáticas no desaime al futuro científico, va el principio número dos:

Para cada científico, ya sea investigador, técnico o profesor, independientemente de su capacidad con las matemáticas, siempre existe una disciplina científica en la que su nivel de competencia con las matemáticas le baste para alcanzar la excelencia.

 

El tercer capítulo está dedicado al descubrimiento y selección del campo profesional o tema de investigación en el que desarrollar la propia carrera científica. Se vuelve a poner como ejemplo. Al ingresar a la Universidad de Alabama en Tuscaloosa, Wilson deseaba estudiar a las moscas de alas lanceoladas pero no tenía ni el equipo ni la información biblográfica para poder hacerlo, así que decidió dedicarse al estudio de las hormigas. A la postre, su decisión resultó muy acertada, porque en ese momento existían muy pocos mirmecólogos –biólogos expertos en hormigas– en el mundo. De este modo, cualquiera que realizase un estudio sobre las hormigas, por poco sofisticado que fuese, tendría muchas oportunidades de publicar sus resultados en una revista de prestigio. Wilson recomienda a quienes deseen iniciar una carrera científica la búsqueda de un tema poco estudiado por otros científicos. Propone aquí el tercer principio que se opone al consejo habitual para orientar  a los soldados en plena batalla: “Dirígete hacia el lugar donde suenan los disparos”. En las batallas de la ciencia, Wilson da el consejo opuesto:

Aléjate del “sonido de los disparos”. Observa la refriega desde la distancia y, mientras estás ahí, considera la posibilidad de abrir otro frente distinto.

Una vez seleccionado el objeto de interés, Wilson aconseja que el científico novel estudie lo suficiente el tema para convertirse en un experto internacional, lo que no le parece excesivamente difícil si se considera que hay muchos campos dentro de la física, la química, la biología y las ciencias sociales donde es posible alcanzar ese nivel en poco tiempo. Nos dice que la sociedad requiere de ese tipo de expertos e impulsa a aquellos que desean convertirse en uno.

Al principio, dedicarse a un campo del conocimiento poco explorado puede ser descorazonador, lo que para Wilson es una buena señal. ¿Por qué debe ser difícil el camino hacia una fontera del conocimiento? La respuesta constituye el principio número cuatro:

En la búsqueda de descubrimientos científicos, cada problema es una oportunidad. Cuanto más difícil es un problema, mayor es la posible importancia de su solución.

 

Wilson nos explica cómo se identifican los problemas cientìficos y cómo se hacen los descubrimientos. Los científicos siguen dos estrategias posibles: la primera es cuando un problema específico se identifica al principio de la búsqueda y, en seguida, se vislumbra su posible solución. A medida que la respuesta al interrogante va apareciendo, se descubren otros fenómenos que generan más preguntas. La otra estrategia seguida por los cientìficos es estudiar el problema de una manera amplia, mientras, a la vez, se buscan otros fenómenos no descritos o imaginados previamente. Las dos estrategias forman el principio número cinco:

Para cada problema en un campo o disciplina de la ciencia existe una especie, entidad o fenómeno ideal para solucionarlo. (Por ejemplo: un tipo de molusco, la ‘Aplysia’, resultó ideal para explorar las bases celulares de la memoria).

Y a la inversa. Para cada especie, entidad o fenómeno, existen problemas importantes para cuya solución son el modelo ideal. (Por ejemplo: los murciélagos fueron el modelo natural lógico para el descubrimiento del sonar).

 

            “Los científicos que usan la primera estrategia son instintivamente solucionadores de problemas. Tienden, por gusto y talento, a seleccionar un tipo específico de organismo, compuesto químico, partícula elemental o proceso físico, para responder preguntas sobre sus propiedades y su papel en la naturaleza. Esta es el tipo de investigación que predomina en las ciencias físicas y la biología molecular”, nos dice el profesor Wilson.

Nos explica también que en la biología, la primera estrategia ha resultado en el uso intensivo de apenas unas cuantas “especies modelo” o modelos experimentales. Así, las bases de la herencia se descubrieron en buena parte en la bacteria intestinal Escherichia coli. Los descubrimientos sobre la organización de las células en el sistema nervioso provienen de los estudios realizados en el gusano redondo microscópico Caenorhabditis elegans y la genética y el desarrollo embrionario se han estudiado en la mosca de la fruta Drosophila melanogaster. Aquí más vale saber algunas pocas cosas con gran profundidad, que saber sólo un poco de muchas cosas.

Por el contrario, los científicos que estudian grupos completos de especies (desde los elefantes a las hormigas) con el propósito de aprender todo lo posible de un amplio rango de fenómenos biológicos, ponen en práctica la segunda estrategia y se les llama naturalistas científicos. Les gusta estudiar a las criaturas en su medio natural y descubrir cosas sorprendentes. A ese grupo pertenece justamente nuestro profesor Wilson, quien da al final de este capítulo un hermoso y útil consejo:

El tema que escojas para ti, como cualquier amor auténtico, debe ser el que te interese vivamente y despierte en ti la pasión y la promesa de que le profesarás una devoción que dure toda la vida.

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2 thoughts on “LAS CARTAS DEL VIEJO PROFESOR (segunda parte).

  1. Estimado Luis:

    Te agradezco traigas a discusion una variedad tan grande e interesante de temas para los que nos interesamos en el conocimiento cientifico. Esta vez nos trajiste al Profesor Wilson de quien no recuerdo haber escuchado, y ahora solo me queda ponerme al dia con sus ensenhanzas. Los consejos que tu haz recuperado e ilustrado los encuentro muy utiles, y eso que yo no soy ni tan joven ni tan cientifico. En general los consejos me confirman lo que yo consideraba importante en mi vida: la pasion por lo que uno estudia, por el propio trabajo y por la posibilidad que uno contribuya al conocimiento son esenciales para darle sentido y significado a una vida bien vivida.

    Recibe un abrazo afectuoso desde Houston,

    Roberto Miranda

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