LAS CARTAS DEL VIEJO PROFESOR (tercera parte).

El auténtico viaje de descubrimiento no consiste en buscar nuevas tierras, sino en ver con nuevos ojos.

Marcel Proust. En busca del tiempo perdido, 1913-1927.

La segunda parte de las cartas del Edward O. Wilson a un joven científico trata del proceso creativo en la ciencia. Aunque ya es conocida aquella frase atribuída a Albert Einstein que dice “la imaginación es más importante que el conocimiento”, no deja de sorprender que el profesor Wilson recomiende incluso ir más allá de la imaginación en la investigación cientifica:

Te recomiendo que crees escenarios que terminen en metas y selecciona aquellas que te gustaría perseguir. Adquiere la habilidad de dejarte llevar por la fantasía sobre la ciencia. Hazlo más que como un simple ejercicio ocasional. Fantasea cuanto puedas. Haz de la conversación contigo mismo un pasatiempo para relajarte. Date a ti mismo conferencias sobre aquellos temas que necesitas entender. Platica con otros como tú. Podrás conocerlos a través de sus sueños…

… El científico ideal piensa como un poeta y sólo después trabaja como un contable. Recuerda que los innovadores, tanto en la literatura como en la ciencia, son básicamente soñadores y contadores de historias. En las etapas inciales del proceso creativo, ya sea científico o literario, en la mente todo se reduce a una historia. Existe un final imaginado y, generalmente, se ha imaginado el principio, así como una serie de partes que quedan antre ambos.

 

Luego se pregunta sobre la inteligencia necesaria para desarrollar una buena carrera dentro de la investigación científica y, lejos de lo que puede suponerse, concluye que no se ser un superdotado:

Pero tú puedes preguntar ¿no es la frontera del conocimiento un lugar reservado a los genios? No, por fortuna. Es el trabajo que se lleva a cabo en la frontera del conocimiento lo que define al genio, no el estar ahí. De hecho, tanto los logros como el momento final del descubrimiento son más el fruto del trabajo duro y la actitud emprendedora que de la propia inteligencia… Después de conocer a tantos investigadores destacados en diversas disciplinas, he llegado a pensar que el científico ideal es el que posee una inteligencia mediana: lo suficientemente brillante para ver lo que se tiene que hacer, pero no tanto como para aburrirse haciéndolo.

 

            Otro consejo sorprendente, viniendo de un gran científico estadounidense, es el que ofrece Wilson cuando se refiere a la tecnología:

A menos que tu adiestramiento o línea de trabajo te comprometan con un gran centro de investigación como un acelerador de partículas, un gran telescopio o un laboratorio en el que se investiga a las células madre, no te entretengas con ningún tipo de tecnología en particular…

… La enseñanza que obtengo de todo esto es: ‘usa la tecnología pero no te enamores de ella’.

 

            El profesor Wilson le otorga un gran valor al trabajo científico en solitario. Esto es particularmente válido si se desea contribuir con alguna aportación inédita, es decir, hacer ciencia original. Él se da cuenta de que esta idea puede parecer una herejía en estos tiempos, sin embargo, considera que, al principio, el proceso creativo nace y va germinando en el interior de un cerebro individual. “Empieza con una idea y también con la ambición de una persona que está preparada y muy motivada para hacer descubrimientos en un dominio concreto de la ciencia. El innovador de éxito se ve favorecido por una combinación afortunada de talento y sus particulares circunstancias, y está socialmente condicionado por la familia, los amigos, sus maestros y mentores y por las historias que conoce sobre los grandes científicos y sus logros”.

No por ello le resta importancia al trabajo en equipo. Todo lo contrario. Edward Wilson reconoce la importancia que tiene en la ciencia actual la colaboración multidisciplinaria:

Para lograr que una idea fructifique en la frontera del conocimiento científico actual, es necesario desplegar múltiples destrezas. El innovador [el científico que lidera el trabajo de investigación] reunirá un equipo multidisciplinario compuesto por un matemático o estadístico, un experto en informática, un químico, uno o varios ayudantes de campo o de laboratorio y uno o dos colegas con la misma especialidad que, si el proyecto prospera, se volverán colaboradores formando con el titular un equipo compacto que ampliará el círculo de discusión dentro del laboratorio e incluso más allá de sus límites. El proyecto avanza cuando se obtienen resultados orginales y el pensamiento grupal da frutos. Innovador, colaborador creativo o facilitador: en el curso de tu exitosa carrera asumirás esos roles en un momento u otro.

 

            Hemos llegado al capitulo titulado “Nunca cambié”. En estos momentos, Wilson adopta un tono íntimo, de profunda confidencia:

Acercándome al final de más de sesenta años de investigación, he sido afortunado al gozar de completa libertad para escoger los temas en los que deseo trabajar. Dado que no veo frente a mí un futuro lejano y se han apaciguado las ansias de la ambición, te puedo decir, sin el lastre de la falsa modestia, cómo y porqué realicé algunos de mis descubrimientos. Como yo mismo lo hice al principio de mi carrera en relación con cientìficos mayores, me gustaría que tú pensases “si el pudo hacerlo, también lo puedo hacer yo, y tal vez mejor”.

 

            Y así empieza a relatarnos el nacimiento de su vocación como estudioso de los insectos cuando era apenas un niño. Durante los años de la Gran Depresión, su familia se mudó desde Alabama a Washington, D.C.  Y fue en los bosques cercanos del Parque Rock Creek, donde Wilson inició las expediciones en busca de insectos. Allí se hizo amigo de Ellis MacLeod, que a la postre se convertiría en profesor de entomología en la Universidad de Illinois.

Maravillados con una mariposa que MacLeod había detectado en los matorrales que estaban frente a su departamento, la buscaron en un libro para identificarla y la encontraron. Wilson nos cuenta que ese libro fue el inicio de su propia biblioteca entomológica personal. Una colección que, a lo largo de los años, no pararía de crecer y a la que él mismo contribuiría con importantes volúmenes que hoy lo han convertido en uno de los expertos mundiales más destacados en la mirmecología, el estudio de las hormigas.

Ambos decidieron convertirse en entomólogos. Intentaron, no sin dificultades, estudiar por su cuenta en algunos libros de texto universitarios que estaban por encima de su nivel académico, en especial Principios de la morfología de los insectos, de Robert E. Snodgrass, un clásico publicado en 1935. Visitaron las colecciones de insectos que se exhibían en el Museo de Historia Natural, en aquel entonces un recinto tan asombroso como lo sigue siendo hoy. Pensando en los grandes expertos que trabajaban en aquel museo, fue naciendo en ellos el sueño y el deseo de llegar a ser parte de aquel mundo fascinante. Ambos lo lograron.

Aunque en aquella época de su infancia no poseía conocimientos científicos sólidos, una vez que regresó a Mobile, su pequeña ciudad natal en Alabama, memorizó con detalle la localización y el tipo de hormigas que vivían en un lote baldío cercano a su casa. Tres años después, se convertiría en el consejero en temas de la naturaleza de aquel campamento de Boy Scouts en Pushmataha, Oklahoma. Desde entonces, nos dice que nunca ha cambiado, que todavía hoy, a los 84 años, sigue siendo el mismo.

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