LAS CARTAS DEL VIEJO PROFESOR (cuarta y última parte).

Vivimos en la era de la ciencia, cuyos numerosos descubrimientos e innovaciones técnicas han mejorado nuestras vidas de una manera extraordinaria. Siguen en nuestra memoria los miles de niños que morían cada año de poliomielitis y tos ferina, la rareza de los teléfonos, la inexistencia de la televisión a color y la forma en la que cada noche las familias se reunían en torno a la radio para escuchar las noticias.

James Le Fanu. Why us?, 2009.

 

Lo que Edward Wilson nos revela sobre los incios de su carrera científica y la influencia decisiva que tuvo en él William L. Brown, un estudiante de doctorado en la Universidad de Harvard, me remite de inmediato a lo que nos refiere Charles S. Bryan sobre William Osler en el capítulo “El amigo de la persona joven” de su extraordinario libro “Osler. Inspiraciones de un gran médico” (Osler. Inspirations from a great physician. Oxford University Press, 1997):

 

Osler atribuía su éxito no sólo al trabajo duro y la cuidadosa planeación de su carrera, sino también a una rica red de relaciones interpersonales. Reconocía que nuestra suerte depende con frecuencia de la calidad de los lazos que nos unen con nuestros semejantes. En sus años de formación, buscó a gente mayor que le pudiese ofrecer conocimientos, destrezas e introspecciones. En su madurez, se rodeó de jóvenes para magnificar su influencia y garantizar su legado. Este tipo de relaciones se conocen ahora como “ser mentor”, un nombre actual para un viejo concepto…

… Al embarcarse a la Guerra de Troya, Ulises dejó a su esposa Penélope y a su hijo Telémaco bajo el cuidado de Méntor. Telémaco obtuvo de Méntor el tipo de sabiduria práctica que no puede aprenderse de los libros.

 

            Mentor es justamente la palabra que utiliza el profesor Wilson para referirse a William L. Brown:

 

Lo más inspirador de Bill Brown era la devoción rayana en el fanatismo que le profesaba a la ciencia, a la entomología, al jazz, a la buena escritura y las hormigas, en orden ascendente. Era, como escribí en un homenaje a su memoria en 1997, un tipo de la clase trabajadora con una mente de primera categoría…

… Me gustaba la forma con la que Bill Brown se dirigía a mi como su colega, no obstante que fuese su alumno. Como si fuese un sargento dándole instrucciones a un soldado raso. Si hubiésemos estado en los ‘Marines’, supongo que lo hubiese seguido al infierno de ida y vuelta, asumiendo que allí viviesen las hormigas.

 

Pienso, como lo hecho y escrito muchas veces, en el papel decisivo que juegan los mentores en nuestra vida. Para mí es inconcebible la mía sin la venturosa influencia de aquellos que guiaron y siguen guiando mis pasos. Poco soy, y ni siquiera ese poco sería si no fuese por ellos.

Wilson también resalta otras dos cualidades de un buen científico: la audacia y el dominio del campo del conocimiento en el que se está trabajando. El primero es necesario para acometer tareas que no se han intentado hasta ese momento. Pone el ejemplo de Corrie Saux, una alumna que él decidió apoyar aunque ya estaba oficialmente retirado. La candidata a doctora Saux sabía que las seis mil especies de hormigas estaban siendo reclasificadas mediante el estudio de su material genético, usando la técnica de la secuenciación de su ADN (ácido desoxirribonucleico). Le solicitó a los tres prinicipales investigadores en ese campo que le permitiesen colaborar con ellos desarrollando su proyecto de tesis con algunas especies de hormigas. Los expertos rechazaron su ofrecimiento y, entonces, ella decidió llevar a cabo la reclasificación de las 6 mil especies de hormigas por su cuenta. Y lo logró. Su transcendental contribución científica mereció ser el artículo de portada en el número del 7 de abril de 2006 de la prestigiosa revista Science. Esta portada muestra la fotografía de una hormiga buscando alimento en el atardecer de la amazonia peruana. Fotografía tomada por la propia doctora Corrie Saux.

Para dominar el campo del conocimiento en el que se está trabajando o, como lo dice el propio Wilson, para ser un innovador experto en alguna rama de la ciencia, se requiere compromiso. Y el compromiso implica trabajo duro y sostenido. Wilson se pone como ejemplo cuando a lo largo de veinte años se dio a la gigantesca tarea de clasificar y conocer la historia natural de las hormigas del género Pheidole. El resultado fue un libro publicado en 2003 de casi 800 páginas, que incluyó 624 especies (334 descritas por primera vez), con cerca de 5 mil dibujos realizados por el propio Wilson. Todo ello significó un avance significativo en el conocimiento de este género y un gran impulso a su investigación. Edward Wilson piensa que para fines del siglo se habrán descrito más de 1,500 especies dentro del género Pheidole.

Para hacer descubrimientos científicos importantes, no basta el dominio del conocimiento del campo en el que se trabaja, sino que también se debe tener la habilidad de identificar sus “puntos ciegos”, es decir, las lagunas de ignorancia que todavía persisten en ese terreno:

 

La ignorancia profunda, cuando se maneja adecuadamente, es también una oportunidad extraordinaria. La formulación de la pregunta apropiada es intelectualmente superior al hallazgo de la respuesta correcta. Para buscar preguntas sin respuesta… es vital poner en juego la imaginación. Ese es el camino para crear ciencia verdaderamente original. Por tanto, busca rarezas, pequeñas desviaciones y fenómenos que parecen triviales a simple vista, pero que al examinarlos con detenimiento revelan su gran importancia.

 

La quinta y última parte de este libro contiene un solo capítulo –la carta número 20 a un joven científico– titulado “La ética científica”:

 

Es poco probable que durante tu carrera te veas presionado por grandes dilemas filosóficos como los implicados en la creación de organismos artificiales o la realización de experimentos quirúrgicos en chimpancés. En lugar de eso, la mayor parte de las decisiones morales que deberás tomar girarán en torno a tus relaciones con los demás cientificos.

 

            Wilson nos recuerda que los científicos son simples seres humanos y que en el mundo de la ciencia la competencia, con sus dosis de rivalidad, celos, chismes y secretismos, resulta inevitable. El investigador novel debe saberlo y estar emocionalmente preparado. Los descubrimientos originales son todo lo que importa y el crédito de sus autores no sólo es un imperativo moral, sino que es vital para el intercambio libre de la información y la cordialidad al interior de la comunidad científica. Los científicos exigen el reconocimiento de sus aportaciones orginales no al público en general, sino a los colegas de la misma que cultivan su misma disciplina.

“Cometerás errores. Trata de que no sean grandes”, nos dice Wilson:

 

Retractarse de inmediato ante un resultado erróneo no deja daños permanentes si se hace con elegancia y, especialmente, si se da las gracias a aquellos colegas que detectaron el fallo y los expusieron con con evidencias y razonamiento lógico. Pero un fraude jamás será olvidado. El castigo será la muerte profesional: el exilio de no ser confiable nunca más… Nunca traiciones la confianza que te otorga el pertenecer a la empresa científica.

Cuando leo este libro de Wilson me embarga un sentimiento de admiración y de respeto hacia aquellos que, como él, dedican su vida entera a la investigación científica y refuerzan en nosotros la aspiración a alcanzar una cuota, aunque sea muy modesta, de la verdad.

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2 thoughts on “LAS CARTAS DEL VIEJO PROFESOR (cuarta y última parte).

  1. no he leido a wilson,pero estoy de aceurdo en que hay entre colegas celos,chisme ys ecretismo que hay me dan coraje!!,pero eso como que me ha detenido muchoa no hacer algo,pero leyendo esto, creanme que no me detendre mas, empezare por no hacer caso y denunciar estos demonios(pequeños defectillos—chisme.celos etc) de mis coleguitas ,para que asi los auyente y pudea avanzar,porque en la fac de medicina donde doy clases d histologia no hay mas que celos y envidias que horror,felicdiades ecribe mas patolog inquieto
    atte dra BEatrz LL

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