CRÓNICAS MATRITENSES (primera parte).

Ausente, fino y realista; siempre enredado en el
laberinto bello de los sutiles encajes de vida de su
microscopio. No conozco cabeza tan nuestra
como la suya, fuerte, delicada, sensitiva, brusca, 
pensativa. Los ojos no  miran nunca a uno – a
 nada con límite-; andan siempre perdidos, caídos, 
errantes, como buscándose a sí mismos en el 
secreto, para mirarse, al fin, frente a frente. 
   Un balanceo, una oscilación como de niño
tímido, en todo él, con bruscas erupciones de 
palabras firmes, plenas, completas, terminantes –
hijo salido de madre- como de niño también, que 
asegura la verdad… Y se va –caído de un lado-,
de los dos –alternando-, suelto, desasido, con un
paraguas, por ejemplo, que, en su mano, no
parece que haya de abrirse para la lluvia; con  un
abrigo casual, con un sombrero no puesto.

Lo he visto, una vez, en un tranvía, una tarde
de lluvia larga, total  y ciega, ponerse en la melena
plateada las gafas para leer, olvidarse, reclinarse
contra el cristal, y seguir así, mirando, en ocio lleno, dejado y melancólico, su infinito. 

Juan Ramón Jiménez. Santiago Ramón y Cajal (viene), 1942.

            En esta penúltima semana de mayo he acompañado a mi esposa Lucila durante su estancia en Madrid, a donde ha acudido para realizar una serie de práctias hospitalarias y asistir a sesiones presenciales de la maestría en investigación clínica que finalizará en unas pocas semanas más. Mientras ella se dedicaba a su tarea yo aproveché para visitar y conocer algunos de los puntos madrileños que son de mi particular interés. A lo largo de estas crónicas procuraré compartir algunas de estas maravillosas experiencias y las reflexiones que me han provocado. A diferencia de algunos despitados, soy de los que cree que los viajes ilustran sólo si uno está previamente preparado. De otro modo, se convierten solamente en el escaparate de las propias vanidades.

El caso es que ya tenía pensado visitar el Instituto Cajal, un centro de investigación en neurobiología que pertenece al Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Es el centro más antiguo de España en su tipo y sus investigadores contribuyen al conocimiento de la estructura y función del cerebro, una área de la investigación científica que tiene gran actualidad. El doctor Javier de Felipe, uno de sus investigadores más destacados, co-lidera la diviisión sobre Neurociencia Celular y Molecular de la Comisión Europea, que financia este proyecto con mil millones de euros durante 10 años, lo que representa uno de los mayores proyectos que lleva a cabo la comunidad científica europea.

Tras una caminata errante, aunque estimulante por el frío matinal, por fin enfilé mis pasos en la dirección correcta y llegué a la Avenida Doctor Arce, en cuyo número 37 se levanta un edificio de ladrillo de proporciones aparentemente modestas que corresponde a la sede del Instituto Cajal. Una vez traspasado el umbral, me dirigí a una recepcionista que, solícita, me condujo a la biblioteca y me presentó a su responsable, Mª de los Ángeles Langa Langa. La bibliotecaria resultó de lo más encantador y, en seguida, me hizo sentirme cómodo y en confianza. Apenas le expresé mi interés en Santiago Ramón y Cajal, se deshizo en atenciones y puso a mi disposición el rico acervo de aquel templo del saber.

Quienes me conocen o leen, saben de mi interés por la vida y obra de Don Santiago, que ha sido guía e inspiración en mucho momentos de vida estudiantil y profesional. Por varias razones. Entre ellas quisiera destacar su ejemplo de voluntad indomable al hacer ciencia de primer nivel en un pais entonces subdesarrollado. Cajal es uno de esos casos no muy frecuentes de científicos cuyas aportaciones esclarecen un gran misterio de la naturaleza y se convierten en un núcleo de cristalización que crece a lo largo de los años gracias al trabajo de otros muchos estudiosos que toman como punto de partida lo que él descubrió.

Así que me dispuse a pasar varias horas en el interior de la biblioteca. Cinco horas que dediqué primero a contemplar y fotografiar varios objetos que pertenecieron a Don Santiago, incluyendo un par de microscopios (monoculares de Carl Zeiss, Jena, Alemania), la serie inicial de los volúmenes de su revista periódica “Trabajos de Laboratorio de Investigaciones Biológicas” que se publicaron mientras él vivió, fotografías a color tomadas por el sabio, una cámara fotográfica, su propia oficina, en cuya recia mesa de madera podían contemplarse sus lentes –gafas, dicen en España–, su cartera, sus tinciones y varios objetos más, incluyendo la toga doctoral que pendía de una percha junto a su silla, los archiveros de las preparaciones histológicas y una reproducción facsimilar del diploma del Premio Nobel que recibió junto a su colega Camilo Golgi en 1906.

Luego, como era lógico al estar en una biblioteca, me puse a leer. Me encontré un libro extraordinario, en gran formato, titulado “Paisajes neuronales” de Javier de Felipe y Henry Markram (CSIC, 2010), un homenaje a la faceta artístico-científica de Cajal con hermosísimas reproducciones de sus dibujos histológicos junto a una serie de espectaculares fotografías provenientes de laboratorios de neurociencias de todo el mundo. Es asombroso observar que con las técnicas más avanzadas de las neurociencias se confirman muchas de las ideas expresadas por Santiago Ramón y Cajal que, en su tiempo, fueron sólo intuiciones o especulaciones geniales. Me asombró particularmente una fotografía de células embrionarias de la cresta neural en las que se demostró mediante inmunofluorescencia la expresión de ciertas sustancias químicas que marcarían su destino: convertirse en neuronas y emigrar a ciertas regiones del sistema nervioso para cumplir con su función.

Con la lectura incompleta de varios de los diez volúmenes de la serie “La Escuela Histológica Española” de Rafael González Santander (Universidad de Alcalá de Henares), pude enterarme de numerosísimos detalles que desconocía sobre los profesores e investigadores que introdujeron el estudio de la histología –la anatomía microscópica del cuerpo– en España durante la  segunda mitad del siglo XIX, encabezados por Aureliano Maestre de San Juan, maestro del propio Cajal. Incluso descubrí a un mexicano, el doctor Bartolomé Robert y Yarzábal, nacido en Tampico, que en 1842 estudió medicina en Barcelona, se licenció con premio extraordinario, se doctoró en Madrid y regresó a trabajar a Barcelona, donde, en colaboración con Juan Giné i Partagàs, tradujo al español la famosa “Patología celular” de Rudolf Virchow y ganó la cátedra de Patología Médica de la facultad de Medicina de Barcelona.

Aprendí también sobre muchos de los alumnos directos e indirectos de Cajal, como, entre otros, Francisco Tello, Domingo Sánchez, Nicolás Achúcarro, Fernando de Castro, Gonzalo Rodríguez Lafora, Rafael Lorente de Nó, Pío del Río Hortega e Isaac Costero. Me interesaron y motivaron una lectura más minuciosa Nicolás Achúcarro y Pío del Río Hortega. El primero al haber estudiado con Alois Alzheimer en Alemania quien, ante la imposibilidad de hacerlo él mismo, lo envió como director al Manicomio Federal de Washington. Achúcarro desarrolló una nueva técnica de coloración del tejido nervioso conocida como tanino-óxido de plata amoniacal, que realza de una manera notable las células acompañantes de las neuronas (células de neuroglia). Hizo también importantes aportaciones en el estudio de la enfermedad de Alzheimer, las repercusiones cerebrales del alcoholismo y otras. Lamentablemente, falleció a los 38 años de un cáncer de los ganglios linfáticos conocido como linfoma de Hodgkin.

Pío del Río Hortega siempre me había parecido un personaje muy enigmático. Sabía que había tenido diferencias con Cajal y que éste acabó echándolo de su laboratorio. Gracias a lo que pude leer en la biblioteca del Instituto Cajal, averigüé muchos detalles sobre su vida, la raíz de todos los problemas con Cajal, sus grandes aportaciones científicas y las distinciones internacionales que recibió por ellas. Incluso, la enfermedad que lo llevó a la muerte durante su exilio en Buenos Aires, Argentina.

En fin, salí de allí enriquecido intelectual y espiritualmente, con folletos del Instituto Cajal en la mano. Como colofón, Mª de los Ángeles Langa me regaló un ejemplar de las “Reglas y consejos sobre investigación científica” de Cajal y un bello separador que el personal de la biblioteca elaboró con motivo del pasado día del libro. ¿Se puede ser más feliz?

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