CRÓNICAS MATRITENSES (segunda parte).

No necesito explayarme sobre el placer y el deleite que produce el conocimiento de las plantas, porque no hay nadie que ignore que no existe en la vida nada más placentero y deleitoso que pasear por los bosques, las montañas y los prados engalanados con esa variedad exquisita de flores y hierbas para contemplarlas con una mirada sagaz. Y el placer y el deleite son mayores si se añade el conocimiento de su uso y propiedades. Porque hay tanto placer y diversión en el aprendizaje como en la contemplación. 

Leonhart Fuchs. Comentarios notables sobre la historia de las plantas, 1542.

            No es la primera vez que me pasa. La primera sucedió durante los minutos iniciales de la clase con la que se inauguró la Maestría en Oncología Molecular que cursé entre 2010 y 2011. Apenas empecé a escuchar las palabras de la conferencista con ese acento español que me es tan familiar, cuando mi mente silenció aquel discurso y puso ante mi los rostros queridos de mis padres y mis abuelos. Ahí estaba yo, el hijo y nieto de quienes no pudieron casi ir a la escuela, empezando una maestría. Y entonces lo supe: ellos estaban ahí conmigo, en mi interior, gozando también con la curiosidad infatigable de un niño ante la posibilidad de resolver un nuevo misterio.

En este viaje reciente a Madrid, el fenómeno se repitió en dos ocasiones. La primera cuando subí los últimos peldaños de la salida de la estación “República Argentina” del metro por la calle Joaquín Costa, impares. En cuanto empecé a caminar por aquella amplia avenida, con el frescor matutino y la ilusión de visitar el Instituto Cajal, volví a sentir su presencia. Ellos, los antepasados que conocí (y, tal vez también, los que no conocí), caminaban conmigo, veían a través de mis ojos y disfrutaban de aquella caminata relajada por una de las muchas calles que cruzan la hermosìsima ciudad en la que nació mi padre.

Hasta mediados de semana, ignoraba la posibilidad de visitar el Real Jardín Botánico de Madrid. Aunque tenía una idea muy vaga de su existencia, no lo había considerado como uno de los objetivos primordiales. Sin embargo, al ir divulgando por Facebook las etapas de este viaje, me llegó una sugerencia de Pilar Cañal que me decía: si puedes, pásate al Jardín Botánico, ¡no te vas a arrepentir! Tenía razón.

La vi apenas entré por la puerta de acceso de la Plaza de Murillo. Aunque el Real Jardín Botánico tiene una puerta llamada del Rey que da al Paseo del Prado, en la actualidad se accede por la de la Plaza Murillo, junto al Museo del Prado. Decía que la vi en cuanto pagué la entrada y traspasé el umbral. Era una niña con algunos rizos rubios que, apenas salió de mí, se alejó corriendo, dando saltos a diestra y siniestra, para perderse en el dédalo de avenidas y caminos que surcaban aquel lugar maravilloso. Aunque al principio sólo pude verla de espaldas, supe desde el primer momento que era mi madre. Lo supe y lo sé porque estoy seguro de que ella hubiese disfrutado muchísimo el poder entrar en aquel espacio soberano del reino vegetal.

Mi madre (1928-2009), igual que mi padre (1925-1996), tuvo una infancia marcada por la Guerra Civil Española y pasó penurias durante la gran escasez de la posguerra. Además de leer los periódicos y enterarse de las noticias en la televisión, su mayor afición eran las plantas. Destinaba buena parte de su tiempo y energía a cuidar de ellas en el jardín. Sus favoritos eran los geranios. Cuando se trataba de comprar la tierra para las macetas y jardineras, me pedía que la llevase al vivero. En sus últimos años, reunió una respetable colección de cactáceas y estaba orgullosa del gran tamaño que había alcanzado el cactus que llamaba “la cabeza del abuelo” (Cephalocereus senilis).

Extasiada, mi madre-niña contempló conmigo la gran extensión del cuadro con las plantas de ornato, que es el primero que uno se encuentra conforme avanza en línea recta desde la entrada. Allí abundan las caléndulas y los narcisos que, a esa hora, eran visitados por abejorros muy negros y bulliciosos en busca de su néctar. Igual que las plantas de ornato, en esa terraza –una de las tres que forman el Real Jardín– se puede visitar la Rosaleda, la Huerta y el cuadro de las Plantas aromáticas y medicinales. En este último nos detuvimos un poco más, porque a mi madre, ya desde pequeñita, le atrían mucho las plantas medicinales. Nunca he olvidado el aroma alcanforado que desprendían aquellas flores de espliego –debe haber sido Lavandula officinalis, tan abundante en Cataluña–  que mi madre sumergía en alcohol para frotarnos alguna parte adolorida de nuestra anatomía.

Me dio particular gusto encontrarme con algunos robles y encinas porque, al igual que el resto de los numerosos especímenes que uno puede conocer allí, estaban identificados con un letrero en el que podía leerse su nombre común y la denominación científica, con su género y especie. “Lo que bien se aprende no se olvida”, dice el refrán y tan sólo recordar los nombres científicos de estos árboles –Quercus robur y Quercus ilex, respectivamente– trajo a mi memoria mis años escolares en España, en los que preparé un herbario como parte de las tareas de una asignatura llamada entonces ciencias naturales.

Reposamos en los bordes de las pequeñas fuentes circulares o fontines ubicadas en las esquinas de los cuadros delimitados por setos de boj que contienen las plantas que allí se conservan. También nos sentamos en una banca a la sombra de un enorme tejo. Caminamos por el Paseo de las estatuas y le presentamos nuestros respetos a Simón de Rojas Clemente y Rubio (1777-1827) y a Mariano Lagasca y Segura (1776-1839), bibliotecario y director, respectivamente, del Real Jardín Botánico en aquellos tiempos tan inciertos. Tomamos algunas fotos de la estatua de Carlos III mientras nos dirigíamos a un estanque de cuyo centro emergía, un tanto altivo y solitario, el busto de Carlos Linneo, el sabio sueco que estableció los fundamentos de la nomenclatura científica y la taxonomía, es decir, la forma científica de llamar y clasificar a los seres vivos.

Acometimos las escaleras que nos llevaron a la Terraza de los Laureles, la parte más alta del Real Jardín, porque allí nos esperaba una colección primorosa de bonsáis donada por el expresidente del gobierno Felipe González, con sus troncos y ramas retorcidos, queriéndose liberar de los cables que los aprisionaban. Algunos eran versiones en miniatura de los grandes árboles que poblaban las terrazas inferiores. Me llamó mucho la atención un pequeño y frondoso arce, que me hizo pensar en Canadá al conemplar sus hojas de color café rojizo con pinceladas anaranjadas.

Al descender, nos topamos con un emparrado de hierro forjado construido en 1786, que da sustento a varias especies de vid cuyas ramas y sarmientos escalan el armazón y proporcionan en varios puntos una sombra que me recordó las vacaciones estivales de ocio infinito y sin culpa que pasé tantas veces en la finca de unos primos muy queridos que viven en Lérida, a poco más de 120 kilómetros de Sabadell, mi ciudad natal. Aquellos veranos en el campo, con largas siestas durante las horas de mayor inclemencia solar, han quedado para siempre en mi memoria como la prueba de una vida idílica, sin obligaciones, que ya nunca he vuelto a experimentar.

Fue un gran consuelo ver por fin a mi madre gozar de todo aquello, convertida en la niña feliz que tal vez no pudo ser, obligada como estuvo a crecer prematuramente por las difíciles condiciones en las que transcurrió su infancia. Aquella mañana, ese dulce consuelo que sentí se manifestó más de una vez a través de una emoción llorosa que supe ocultar tras las hojas y las flores de aquel extraordinario jardín. Vergel en pleno Madrid que, como reza una advertencia, no es un parque público, sino un museo de plantas vivas y un centro de estudio del reino vegetal al que a veces no valoramos lo suficiente.

Nos dirigimos a la salida. Pero digo mal. Más bien me dirigí yo solo, porque perdí de vista a la niña que retozaba junto a mí. Ya no la vi correr, sólo escuché el eco de su risa infantil y apenas he podido recordar desde entonces su rostro de niña dichosa.

Cada vez que viajo a mis orígenes, los que me originaron a mí me acompañan. Hasta que pueda irme con ellos en el paseo sin retorno que a todos nos espera por los jardines siderales infinitos.

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