CRÓNICAS MATRITENSES (tercera parte).

Unos cazan conejos o venados, y otros cazamos libros. Transcurre una de esas mañanas frías y soleadas de Madrid, cuando las casetas de la cuesta Moyano se alinean en una luz cegadora con sus mostradores y tenderetes llenos de libros de lance. Entre esos naufragios de librerías, pecios de bibliotecas, restos flotantes de vidas y mundos desaparecidos, me muevo atento y sigiloso como un francotirador adiestrado por viejos hábitos.  

Arturo Pérez-Reverte. Sobre libros, cañas y tapas. XLSemanal, 23 de enero de 2012.

            Lo pude comprobar una vez más. No es uno el que escoge los libros, sino que son ellos los que lo eligen a uno. Al más puro estilo de Carlos Ruiz Zafón y su extraordinario Cementerio de los Libros Olvidados:

 

Este lugar es un misterio, Daniel, un santuario. Cada libro, cada tomo que ves, tiene alma. El alma de quien lo escribió, y el alma de quienes lo leyeron y vivieron y soñaron con él. Cada vez que un libro cambia de manos, cada vez que alguien desliza la mirada por sus páginas, su espíritu crece y se hace fuerte…

… Quizá fue el pensamiento, quizá el azar o su pariente de gala, el destino, pero en aquel mismo instante supe que ya había elegido el libro que iba a adoptar. O quizá debiera decir el libro que me iba a adoptar a mí…

… Tal vez la atmósfera hechicera de aquel lugar había podido conmigo, pero tuve la seguridad de que aquel libro había estado allí esperándome durante años, probablemente desde antes de que yo naciese.

Fue el viernes 24 de mayo de 2013, tras regresar de una breve visita a las modernas e impresionantes instalaciones del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas –el CNIO, para los cuates– me dirigí a la Estación de Atocha. Tras emerger por la salida del metro, saqué mi mapa turístico de Madrid para orientar mis pasos. Crucé hacia el imponente Ministerio de Agricultura y en un islote peatonal interrogué a un policia. “Aquella calle que ve usted allí, la de la estatua, me dijo. Le había preguntado por la Cuesta de Moyano.

Supe de aquel maravilloso lugar gracias a mis fieles lecturas semanales de Patente de corso, la columa que Arturo Pérez-Reverte escribe en el suplemento XLSemanal, cuya página electrónica consulto cada lunes por la mañana. La del 23 de enero de 2012 se tituló Sobre libros, cañas y tapas, de la que extraje la cita que encabeza este escrito. En ella, Pérez-Reverte nos cuenta una de tantas visitas que hizo a la Cuesta y lo que obtuvo en aquella ocasión:

 

Saciado al fin, o casi, cargo con un botín que justifica el paseo: una biografía de Nelson, el Napoleón de Ludwig -lo habré regalado cinco o seis veces-, el Viaje del Parnaso en edición crítica de Rodríguez Marín, la biografía de Engels de Tristam Hunt, tres novelas de Ágatha Christie y una de Eric Ambler. Entre los ocho libros, el desembolso total no llega a los setenta euros. Sabiendo mirar con paciencia y atento a las ediciones de bolsillo, puede comprarse aquí una docena de libros por quince o veinte mortadelos. Eso incluye policíacos o de aventuras y grandes obras de la literatura universal. De Beau Geste o Adiós muñeca a La línea de sombra o Crimen y castigo. Absolutamente todo…

que no hay lugar donde se concentre una oferta cultural tan extraordinaria y barata como ésta.

 

No puedo sino estar de acuerdo con Arturo Pérez-Reverte. Inicié el paseo justo por la estatua de Claudio Moyano y Samaniego, que se encuentra en un pequeño espacio ajardinado al pie de la Cuesta. Allí me enteré de los méritos de aquel político zamorano que en 1855 promovió la reforma del sistema educativo español a través de una ley que hoy se conoce como Ley Moyano. Apenas empecé a subir la calle empinada, cuando me topé con la primera caseta en cuya pared se podía leer: “Feria de libros Cuesta de Moyano”. Y a partir de ahí me perdí en el tiempo y en el espacio, envuelto en una atmósfera que me recibió como al hijo pródigo tras su larga ausencia del hogar. Había vuelto a casa.

Como un viejo amigo en el que se confía a ciegas, en cada caseta me encuentré uno o varios libreros que me miraban y se aprestaban a auxiliarme cuando les preguntaba títulos y precios. No noté miradas de desconfianza ni apremios para que les comprase algo. Ellos sabían que necesitaba tiempo para ver y pensar y que, a veces, precisaba alejarme hacia otras casetas para sopesar con calma la decisión de una compra.

Entre los libreros los vi de varias edades, incluyendo uno de 80 años al que otro más joven se refirió diciéndome: “¿Ves ese viejales? Pues dice que llegó aquí cuando tenía 17 años y que vende libros desde entonces”. Acompañaban al librero anciano, impecablemente ataviado con una bata azul limpísima, otros dos libreros más jóvenes que me parecieron sus hijos.

Y compré, claro que compré. Los libros me eligieron. Primero una obra de William Osler, Un estudiante de Alabama y otros ensayos biográficos, en una buena edición de la Fundación Lilly y Unión Editorial –ya tenía uno de esa estupenda colección–, que sólo me costó seis euros, una verdadera ganga. Visité otras casetas, incluyendo la del anciano librero, pero regresé a la de mi primera compra. Allí fui atendido por un joven desgarbado pero muy simpático, con el que fraternicé de inmediato. ¡Tengo un follón de libros que no veas”, me decía mientras acomodaba los viejos volúmenes. Le pedí consejo sobre un par de libros de Miguel Delibes, El camino y La hoja roja. No le costó mucho convencerme. Los adquirí de inmediato.

Entonces lo vi. Un libro usado –hasta forrado por su dueño anterior– de José Luis Sampedro, uno de mis autores más que favoritos, entrañables. Se trataba de Octubre, octubre (Alfaguara, 1981). Lo tomé en mis manos y empecé a hojearlo. Apenas vi la página inicial del primer capítulo me di cuenta que el libro me estaba llamando. En esa página leí: En el principio el retorno. Lunes, 2 de octubre de 1961 LUIS. Yo nací en 1961 y allí estaba mi nombre. Por siete euros lo puse en la bolsa con los demás.

Y eso no fue todo. En la última página me encontré una vieja postal con la imagen de un atardecer y una frase en letras negras impresas: Ten esperanza. Siempre sale el sol. Aunque luego no llegues a ver sus rayos. Al darle la vuelta, esperando averiguar el nombre y alguna cosa más de su antiguo dueño, encontré algo escrito con lápiz: “Arroja en tu Dios tu cuidado. Él te sostendrá”. Medita el texto. Es precioso. Y abajo un nombre que no he logrado descifrar. ¿Necesitaba alguna prueba más de que ese libro me estaba esperando?

La Cuesta de Moyano. Un lugar mágico que nunca olvidaré y al que tengo que llevar a mi esposa y a mis hijos en cuanto me sea posible. Como cada año, cuando “peregrinamos” a la ciudad de México en las vacaciones de verano y hacemos nuestro obligado recorrido por las librerías que tanto nos gustan.

Puede ser difícil de entender para quienes no tienen el hábito de la lectura gozosa e indispensable sin la cual no es posible desentrañar las claves de este mundo, pero los libros son como viejos y sabios compañeros en este camino cuajado de incertidumbres. Ellos nos acompañan y, con su infinita paciencia, nos dan las respuestas que tanto necesitamos.

En los mares traicioneros que surcamos a diario uno no debe perder de vista la Estrella Polar o la Cruz del Sur, según sea el caso. Y para eso están los libros. Sin ellos uno vive engañado o ni siquiera vive. Sólo existe dando tumbos de un lado para otro, anestesiado e incapaz de reconocer la grandeza ajena y la belleza oculta en este mundo. En este viaje a Madrid también aprendí que el Paraíso Terrenal no se encontraba en Mesopotamia. No se ha perdido. Está en una calle corta y empinada en cuya acera habitan seres intemporales que esperan a los visitantes para darles consuelo y aliviarles la fatiga que lastra las ilusiones y puede terminar con los ideales que algunos hemos acariciado algún día.

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