CRÓNICAS MATRITENSES (cuarta y última parte).

La experiencia de la humanidad saca provecho de la historia, panteón de sus glorias y de sus triunfos, pues a la luz de la comparación crítica lucen, para enseñanza de las generaciones venideras, lecciones y ejemplos dignos de imitación, y a la vez saludables advertencias de memorables escarmientos. En él ocupan un lugar privilegiado, a la par que demandan consideración privatísima, los anales de la nación romana, pueblo que congrega las tradiciones, enseñanza y elementos sociales de la Edad Antigua, para labrar un incomparable vestíbulo al edificio portentoso de los tiempos nuevos.  

Fracisco Fernández y González. Prólogo a la edición española de la Historia de Roma, de Theodor Momsen, 1856/1983.

            Llevaba más de treinta años sin estar cerca de aquellos portentos creados por los antiguos romanos. En Cataluña y en otras muchas regiones de España los antiguos romanos dejaron hondas huellas y fueron varias las ocasiones en las que, gracias a los viajes de estudio organizados por la escuela o durante algunas vacaciones, pude ver y tocar aquellas bellas estatuas y edificaciones asombrosas de tan larga data. Al emigrar a México, las ocasiones para volver a hacerlo se redujeron drásticamente.

A cambio, mi afición por la arqueología se amplió considerablemente y desde un principio, pues fue interés de mi padre el llevarnos de visita al Museo Nacional de Antropología de la ciudad de México apenas el segundo día de haber llegado a este país. Sigo conservando en mi biblioteca aquella “Historia de la humanidad”, de Rafael Ballester Escalas (Ediciones Danae, 1971), que él me regaló y dedicó con las siguientes palabras: “A mi hijo Luis con inmenso cariño. Alejandro. Sabadell, 2-2-1971”.

Pues bien, en esta viaje a Madrid, cuya reseña doy por terminada con este escrito, tuvimos la fortuna de conocer Segovia. Fue gracias a la bonhomía e inmensa generosidad de Miguel Ángel Pascual Iglesias, un primo recién descubierto, que tuvimos esa dicha. Y no fue la única, porque gracias a él conocimos también bellísimos lugares de la propia ciudad de Madrid y de sus alrededores, incluyendo la cercana localidad de Pozuelo de Alarcón, su lugar de residencia.

Al saber de mi deseo de comer el afamado cochinillo segoviano y antes las escasas posibilidades de lograrlo por la hora a la que íbamos a llegar a Segovia, mi primo Miguel Ángel investigó con amigos y reservó con anticipación una mesa en el elegante restaurante “Claustro”, del Hotel San Antonio el Real, ubicado junto al monasterio del mismo nombre que pertenece a la Orden de las Monjas Clarisas. El edificio del Monasterio de San Antonio el Real data de 1455 y fue cedido por la reina Isabel La Católica a las religiosas, que pasaron a ocuparlo en 1488. En ese ambiente inmejorable no tardamos ni cinco minutos en ordenar unos judiones de “La Granja” con sus Sacramentos, el anhelado cochinillo asado al estilo tradicional de Segovia y, para rematar, la tarta artesana “Ponche Segoviano”, todo regado con un delicioso tinto de la Ribera del Duero. Y todo bajo el patrocinio extraordinario del primo Miguel Ángel.

Tras aquel banquete pantagruélico –que no fue el único en aquellos días– nos dirigimos a uno de los sitios más tradicionales de Segovia, justo a los pies del famoso Acueducto, cuya altura alcanza casi los 30 metros y tiene una longitud total superior a los 16 kilómetros. Aquella obra de los antiguos romanos me dejó boquiabierto. La había visto innumerables ocasiones en fotografías, en la televisión y en algunas películas, pero estar allí y tocar aquellas piedras milenarias fue una experiencia sobrecogedora. Cómo no admirar la maestría de los romanos a la hora de construir cuando uno lee lo siguiente en la página electrónica  del Área de Turismo de del Ayuntamiento de Segovia (http://www.turismodesegovia.com/es/que-ver/monumentos/acueducto):

Las hipótesis apuntan al siglo I en la época de los Flavios, y también a la época de Nerva o Trajano. La imposibilidad de datación exacta no impide que encabece la clasificación de mejores obras de ingeniería civil en España. Sus 167 arcos de piedra granítica del Guadarrama están constituidos por sillares unidos sin ningún tipo de argamasa mediante un ingenioso equilibrio de fuerzas. Obra extraordinaria, en la que la utilidad convive con la armonía y la belleza, ha prestado servicio a la ciudad hasta fechas recientes. A través de los siglos, apenas ha sufrido modificaciones.

 

A los pies del Acueducto y partir de la Plaza de Azoguejo, empezamos a caminar para conocer otras maravillas de la ciudad, como las fachadas de las casas decoradas con filigranas de estilo mudéjar, la Casa de los Picos, la Iglesia de San Martín, la Plaza de Medina del Campo con su estatua del caballero  y comunero Juan Bravo –que fue decapitado junto con sus compañeros en 1521, pocos meses antes de la caída de México-Tenochtitlan en manos de Hernán Cortés– y la Iglesia San Miguel, en cuyo atrio fue proclamada reina de Castilla Isabel la Católica un 13 de diciembre de 1474. Desembocamos en la Plaza Mayor, delimitada por soportales, con su quiosco de música en el centro y, al frente, la Catedral, templo señorial cuyo inicio de construcción se remonta a 1525.

Aquella caminata de más de dos horas nos condujo al jardín que rodea al Monumento a los Héroes del 2 de mayo y que abre el paso al Alcázar, el castillo cuyas torres de cúpulas puntiagudas y negras de pizarra parecen precipitarse al abismo en cuyo fondo confluyen los ríos Eresma y Clamores. Fortificación cuyas paredes adquieren un tono dorado al atardecer y cuya arquitectura se dice que inspiró al mismísimo Walt Disney a la hora de bosquejar el Castillo de la Cenicienta.

Regresamos a la Plaza del Azoguejo no sin antes internarnos por aquel dédalo de calles estrechas en donde se encuentra la Judería, en cuyas casas hay inscripciones y señales que dan fe de la frágil, aunque feliz coexistencia de los devotos de las tres principales religiones monoteístas que ha visto el mundo.

El primo Miguel Ángel, ávido de ofrecernos todo tipo de experiencias castellanas antes de que regresásemos a México, decidió emprender el camino de regreso a Madrid por otra ruta. Nos llevó al Real Sitio de San Ildefonso, lugar en el que se encuentra la residencia real de la Granja de San Ildefonso y, retomando la carretera, nos condujo hacia la Sierra de Guadarrama, para llegar al Puerto de Navacerrada, donde pudimos ver la nieve que cubría cumbres y laderas y, deteniéndonos un momento, calmar la sed con el agua casi helada de la Fuente de los Geólogos.

Ya decía que a lo largo de la estancia en Madrid nuestro primo Miguel Ángel nos llevó a visitar otros lugares encantadores y asombrosos. No alcanzarán estas líneas para describirlos todos y me limitaré a dos que no deseo omitir porque representan ejemplos espléndidos del rescate de antiguas instalaciones municipales para infundirles nueva vida y un uso original que da como fruto el goce de propios y extraños. El primero es el Mercado de San Miguel, un viejo edificio de hierro forjado inaugurado en 1916 que hoy se ha convertido en un lugar gastronómico verdaderamente maravilloso. Allí comimos y bebimos en compañía de una multitud bullente pero respetuosa y dimos buena cuenta de los pimientos de Padrón, las ostras y buenas lonchas de jamón serrano que engullimos lubricando su paso con vino blanco de Rueda, unas copas de cava y tinto de Ribera del Duero. Fantástico lugar de convivencia que alegra el alma y el cuerpo de manera inigualable.

El segundo fue el antiguo Matadero Municipal de Madrid, situado en el antaño no muy recomendable barrio de Legazpi, sobre la ribera del Río Manzanares, que es hoy un centro cultural de primer orden. ¡Qué manera de reconvertir sus viejos edificios donde el sacrificio del ganado para menguar el hambre de los madrileños ha dado paso hoy a bellos espacios en los que se satisface el hambre y la sed de cultura! Desde la Casa del Lector, a los teatros, auditorios, cineclubes, cafeterías, espacios para la expresión original de los creadores artísticos, la Casa del Reloj –las antiguas oficinas administrativas del Matadero– y hasta un invernadero. Con amplios paseos ajardinados para deambular y gozar sin límite. Eso debe ser el urbanismo al servicio de los ciudadanos. ¡Gracias, primo Miguel Ángel, por habernos permitido conocer tantas maravillas que, a pesar de todo, no pueden igualar la inmerecida dádiva de tu amistad y cariño!

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