CONTAR LO QUE FUIMOS (segunda y última parte).

La democracia tiene que ser enseñada, porque no es natural, porque va en contra de las inclinaciones muy arraigadas en los seres humanos. Lo natural no es la igualdad sino el dominio de los fuertes sobre los débiles… Y la tendencia infantil y adolescente a poner las propias apetencias por encima de todo, sin reparar en las consecuencias que pueden tener para los otros, es tan poderosa que hacen falta muchos años de constante educación para corregirla.  

Antonio Muñoz Molina. Todo lo que era sólido, 2013.

            ¡Qué importante es saber vernos en el espejo de los demás cuando deseamos conocernos a nosotros mismos! Eso es lo que pienso mientras reflexiono sobre los párrafos profundamente reveladores de Todo lo que era sólido, escrito magistralmente por Antonio Muñoz Molina (Seix Barral, 2013). Lo que el autor expone en sus páginas sobre los acontecimientos que explican la crisis actual por la que atraviesa España tiene asombrosas correspondencias con nuestra forma de concebir y practicar la política, actividad que sufre hoy una degradación posiblemente sin precedentes y se despeña por un barranco que parece no tener fin.

Muñoz Molina pone el dedo en la llaga cuando expone una de las estrategias que fomentan la vigencia y el dominio de los políticos sobre el resto de los ciudadanos:

… la omnipresencia de la política y de los políticos en las portadas de los periódicos, en los programas informativos de la radio y de la televisión, casi en cada esfera de la vida civil… La información no trataba de las cosas que sucedían, sino de lo que los políticos tenían que declarar sobre ellas y lo que los opinadores opinaban sobre lo que los políticos habían declarado. La actualidad era lo que los políticos hacían, lo que decían, lo que desmentían, lo que prometían, lo que amenazaban, lo que insultaban. La realidad desaparecía bajo el ruido constante de las declaraciones y las diatribas políticas.

 

            Es una realidad cotidiana que podemos observar en nuestro medio sin ninguna dificultad. Pareciese que no hay más actividad válida que la política y que el resto de los trabajos y afanes de los demás ciudadanos no sirven de nada, no tienen importancia y son sistemáticamente desplazados y anulados por el cacareo de los políticos. O lo que es peor: no se impulsa ninguna iniciativa, ningún proyecto, ni se apoya a nadie, si no es que se va a obtener algún provecho político. Dicho en la manera coloquial que todos conocemos: “no vale la pena si no se le puede sacar raja política”.

En la última década, dos aspectos fueron constantes en la administración pública española: el impulso interesado y avasallador del sector inmobiliario, y la ejecución de proyectos completamente innecesarios. Todo en la lógica de una ganancia rápida, cuantiosa y muchas veces oculta de ciertos particulares (los mismos políticos y su grupo de favorecidos: empresarios, amigos parasitarios, etc.) invirtiendo sin cuidado el dinero público. Acciones de rapiña sostenida, en ocasiones fulgurante, a costa del deterioro del medio ambiente y de la vida social en su conjunto:

Casi cualquier gasto era factible, a condición de que se dedicara a algo superfluo: porque ni en las épocas de más abundancia ha sobrado el dinero para lo que era necesario, para la educación pública rigurosa, para la investigación científica, para la protección de la naturaleza, para dotar de sueldos dignos a los empleados públicos de los que depende la salud o la vida de los demás y los que se juegan la suya para protegerlas.

           

Como los paralelismos con nuestra realidad son asombrosos, me pregunto si son similitudes casuales o consecuencia directa de una cultura de la frivolidad, la irresponsabilidad, la codicia, el cinismo y la mentira institucionalizada que entierra sus raíces en nuestros orígenes como país. Incluso admitiendo que esos “usos y costumbres” nos hayan sido traídos de ultramar e impuestos a la fuerza durante la Colonia, no existe hoy justificación alguna para que, siendo una nación independiente, sigamos permitiendo su evidente omnipresencia.

Sigamos avanzando a través de las páginas de este ensayo esclarecedor que nos retrata de cuerpo entero:

El trabajo fértil y bien hecho nunca les importó porque sus frutos tardan en llegar, y porque cuando llegan no suelen ser espectaculares y no les ofrecen a ellos la posibilidad de exhibirse como benefactores o salvadores. Querían salir en el periódico y escenificar inauguraciones fastuosas en vísperas de alguna campaña electoral. Lo importante era ‘comunicar’ bien. Que un verbo hasta entonces transitivo se convirtiera en intransitivo es un indicio gramatical de la trapacería que ocultaba. En una sociedad sólida los méritos están muy repartidos y el protagonismo de lo que sale bien casi nunca corresponde a quien ostenta un cargo público. Cuanto más razonablemente funciona un país o una ciudad menos espacio queda para el providencialismo populista del buen líder que sabe lo que es mejor para los suyos y les consigue lo que piden o lo que necesitan, casi siempre arrancándoselo con determinación a un poder más lejano al que también se podrá achacar oportunamente cualquier contratiempo.

 

Al leer lo que sigue, no puedo dejar de pensar que entre nosotros hay quienes se enorgullecen de que nos transformemos reiteradamente en “la cantina más grande del mundo”:

Una mezcla de viejo caciquismo español y del reverdecido populismo sudamericano coincidió con los flujos de dinero barato que llegaba de Europa para engendrar una multiplicación fantástica de simulacros y festejos, de despliegues barrocos levantados para durar unas semanas o unos días y celebraciones hipertróficas, algunas rancias y otras recién inventadas, muchas de ellas bárbaras, conservadas no por el apego a la tradición sino por la cruda persistencia del atraso. Es triste que en un país la idea de la fiesta incluya con tanta regularidad la ocupación vandálica de los espacios comunes, el ruido intolerable, las toneladas de basura, el maltrato a los animales, el desprecio agresivo por quienes no participan en el jolgorio: mucho más triste es que la autoridad democrática haya organizado y financiado esa barbarie, la haya vuelto respetable, incluso haya alentado la intolerancia hacia cualquier actitud crítica…

… La conmemoración y no el presente; el simulacro y no la realidad; la apariencia y no la sustancia; el acontecimiento espectacular de unos días y no el empeño duradero en mejorar lo cotidiano; la fiesta como identidad y casi como forma de vida y no la secuencia de los días laborables, del tiempo en el que el trabajo se compensa con el ocio privado; la fiesta como obligación unánime, como prolongada interrupción de la normalidad, como expresión de lo verdadero y lo irrenunciable, lo masivamente compartido; la fiesta como culminación del año y como gasto prioritario del presupuesto público…

 

Durante estas semanas, en las que un día sí y el otro también asistimos azorados a la revelación de lo que intuíamos pero que no nos atrevíamos a denunciar en público, somos ahora testigos de las evidencias que nos muestran todas y cada una de las dependencias en las que el alcotán inmisericorde clavó sus garras. Hoy confirmamos la existencia de esa forma de administrar y gobernar que no tiene apelativo más acertado, simple y terrible que este: DEPREDACIÓN.

Al final del libro, Antonio Muñoz Molina nos lanza una advertencia:

Ha terminado el simulacro. Que la clase política española quiera seguir viviendo en él es una estafa que ya no podemos permitirles, que no podemos permitirnos… Ya no nos queda más remedio que empeñarnos a ver las cosas tal como son, a la sobria luz de lo real.

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