LA LUCIDEZ DEL BORRACHO (primera parte).

Mi madre y yo lo miramos inexpresivos. La palabra no significaba nada para ninguno de los dos. Nuestra perplejidad era su frustración. El síndrome mielodisplásico, explicó lenta y deliberadamente, como si tuviese sentada enfrente a una familia de aldeanos con retraso mental, era una forma particularmente letal de cáncer sanguíneo.

David Rieff. Swimming in a sea of death, 2008.

            No sé si él haya sido su descubridor, pero yo lo acabo de leer en su extraordinario libro Ebrio de enfermedad (Ediciones La Uña Rota, 2013):

 

Los relatos son anticuerpos contra la enfermedad y el dolor. Cuando varios médicos me introdujeron a la fuerza los aparatos de examen por el canal de la uretra, descubrí que me aliviaba mucho que me relatasen qué es lo que estaban haciendo. Sus charlas traducían o humanizaban el proceso. Me preparaban, me daban fuerzas, de alguna manera me consolaban. Cualquier cosa es mejor que el espanto de sufrir en silencio.

 

Anatole Broyard (1920-1990) fue un escritor, crítico literario y editor norteamericano a quien le diagnosticaron un cáncer de próstata avanzado en 1989 que acabó matándolo un año después. Al leer su libro me convenzo cada vez más de lo mucho que los médicos ignoramos sobre los pacientes a quienes les comunicamos el diagnóstico de un cáncer. Es más, me doy cuenta de que, siendo precisamente un médico patólogo, que conoce de primerísima mano multitud de tumores malignos, que los ve, los toca, los mide, los pesa, los corta y los examina al microscopio con diversas técnicas de un escrutinio que llega a ser admirablemente minucioso, no tengo un panorama completo de esta enfermedad e ignoro facetas tan suyas y amplias, que en estos momentos me siento un simple aficionado que juega a ser médico.

En la segunda parte de su libro, titulada Hacia una literatura de la enfermedad, Broyard nos da la clave que le llevó a escribir un libro como este. Para ello cita y se refiere al pediatra, psiquiatra y psicoanalista británico D.W. Winnicott (1896-1971), que dejó inconclusa su autobiografía. En palabras de Broyard:

 

El primer párrafo dice sencillamente así: “He muerto”. En el quinto, [Winnicott] escribe: “Vamos a ver. ¿Qué estaba ocurriendo cuando morí? Mi plegaria había sido atendida. Estaba vivo cuando morí. Eso es todo lo que había deseado, y lo tuve”. Aunque nunca terminó su libro, aportó la mejor razón que hay en el mundo para escribir uno, y por eso quiero yo escribir el mío: para cerciorarme de que estaré vivo cuando muera.

 

No sé si por suerte o por desgracia, en nuestro medio no solemos atender a pacientes con la preparación y la agudeza de Anatole Broyard. Basta con leer el primer encuentro que tuvo con el urólogo para darnos cuenta de sus alcances y su maestría como crítico:

 

Desde el primer momento tuve una sensación negativa sobre ese médico. Era un hombre de aspecto tan inofensivo que parecía no ser suficientemente intenso ni voluntarioso para imponerse a algo tan poderoso y demoníaco, como es la enfermedad. Era insulso, afable, difuso, cortés allí donde la cortesía era irrelevante. Tuve la impresión de que sería cortés incluso con mi enfermedad, fuera la que fuese. Me recordó a un vendedor, sólo que no tenía otra cosa que vender que su condición de ser inofensivo. No me gustó su manera de hablar: me resultó intencionalmente intencionada, la manera de hablar que adoptaría un hombre en pura pose, interpretando el papel de un médico. No vi en él ninguna señal de que apreciase el sentido trágico de la vida, no aprecié un enfurecido deseo de oponerse al destino. Comprendí, cómo no, que lo que estaba buscando era irracional, que estaba exigiendo nada más y nada menos que un médico ideal.

 

            A pesar de que Anatole Broyard admite sus prejuicios hacia aquel urólogo –“Por Dios bendito, ceñíos a vuestros prejuicios. Son los únicos gustos que tenéis”, les decía a sus alumnos–, decidió cambiar de médico. Necesitaba uno distinto. Me di cuenta de que deseaba que mi médico tuviera magia, además de tener capacidad médica, nos confiesa.

Es justamente en El paciente examina al médico, la tercera parte del libro, cuando Broyard expone lo que espera de su médico:

 

Yo diría que busco a alguien que sepa leer a fondo la enfermedad y que sea un buen crítico de la medicina… Asimismo, quisiera un médico que no sólo fuese un médico de talento, sino que fuese por añadidura un poco metafísico. Alguien capaz de tratar el cuerpo y el alma. Hay un yo físico que ha enfermado, hay un yo metafísico que ha enfermado. Cuando uno muere, su filosofía muere con él. Por eso quiero que un hombre metafísico me haga compañía. Para llegar a mi cuerpo, mi médico tiene que llegar a mi carácter. Tiene que atravesar mi alma. No basta con que me atraviese el ano. Ésa es la puerta de atrás de mi personalidad.

 

Creo que el siguiente párrafo es maravilloso, deslumbrante y a la vez, entrañable:

 

Yo pondría mi esperanza en que la autoridad y el carisma de mi médico contribuyesen a protegerme de lo que el antropólogo Richard Shweder denomina “pérdida del alma”, una sensación de vacuidad terrible, un sentimiento de que el alma ha abandonado el cuerpo maltrecho y quejumbroso como abandonan las ratas un barco que se hunde. Cuando sale el alma, la enfermedad entra sin impedimento. Antes me inquietaba al oír hablar del alma, pero ahora estoy mejor informado. El alma es la parte de uno a la que uno recurre en caso de emergencia. Según señala Shweder, no es preciso tener creencias religiosas para creer en las almas, ni para tener una.

 

Acostumbrados como estamos los médicos a que en la relación con los pacientes nosotros siempre llevamos la voz cantante, las siguientes palabras de Broyard son muy llamativas y tal vez más que eso, profundamente desconcertantes:

 

Tengo el nostálgico deseo de que nuestra relación sea bella de una manera que no logro identificar del todo… Tal como encarga unos análisis de sangre y un escáner de mi estructura ósea, me gustaría que mi médico me escanease a mí, que me palpase el espíritu además de la próstata. Sin algún reconocimiento, no soy más que mi enfermedad…

… Así como ineludiblemente se siente superior a mí porque él es el médico y yo el paciente, me gustaría que supiera que yo también me siento superior a él, que él también es mi paciente, que tengo mi diagnóstico de su caso. Tendría que existir un lugar en el que nuestras respectivas superioridades pudieran encontrarse y retozar juntas. Por último, sería más feliz con un médico ingenioso, que supiera apreciar la comedia además de la tragedia de mi enfermedad, sus manías y excentricidades, los chistes de una perdonalidad que ya no tiene nada que perder…

… ¿Cómo va a presuponer el médico que puede curar a un paciente si no sabe nada de su alma, de su personilidad, de sus transtornos de carácter? Todo forma parte del plan.

 

Ese grado de compenetración con el paciente es casi inconcebible en la medicina actual e implica un grado de sintonía con los aspectos más delicados y profundos del ser humano que parece imposible de lograr con nuestra forma actual de ser médicos. Implica un replanteamiento de la enseñanza y la práctica de nuestra profesión que no sé si estaríamos dispuestos a llevarla a cabo. Broyard lanza un desafío y deja en el aire una cuestión cuya respuesta permanece sin responder.

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