LA LUCIDEZ DEL BORRACHO (segunda y última parte).

El poder de mi padre y la debilidad que lo nutría me han acompañado todos los días de mi vida. He luchado para ser un no-él, para ser lo opuesto de lo que él fue, y en la lucha he desfallecido y caído muchas veces. Su persistente poder sobre mí ha sido la fuente de buena parte de mi debilidad. Y he respondido al desafío de su debilidad buscando hallar caminos para resistirla, siendo tan poderoso en su contra para volverme inatacable a esa gran parte suya que él mismo dejó en mi interior. Y, a la largo de este proceso, me he ido pareciendo más a él en lugar de menos.

Sherwin B. Nuland. Lost in America. A journey with my father, 2003.

            No cabe duda de que Ebrio de enfermedad (Ediciones La Uña Rota, 2013) es un libro sorprendente. Más allá de la cuarta y la quinta parte, que se titulan respectivamente Notas de un diario (mayo-septiembre de 1990) y La literatura de la muerte, 1981-1982, se encuentra un relato estremecedor, Lo que dijo la cistoscopia, que Anatole Broyard ya había publicado en 1954 en la revista Discovery. En relación con lo anterior y al enterarse del cáncer de Broyard, el famoso escritor norteamericano Philip Roth le escribió en una carta:

 

He leído que no aguantas los consuelos a la ligera, pero debo decirte que me dejò helado tener conocimiento de lo de tu cáncer. No sale a cuenta ni siquiera para escribir un relato tan espléndido como ‘Lo que dijo la cistoscopia’, no al menos mientras Aristófanes no sea Dios.

 

            En este relato, Broyard nos cuenta lo que le sucedió a su padre a partir de que le hicieron el  diagnóstico de un cáncer genitourinario. No queda claro si ese cáncer se originó en la vejiga o en la próstata, aunque en el momento del diagnóstico estaba ya en una etapa avanzada, con metástasis en los huesos. Aunque es un poco más frecuente que el cáncer de próstata se extienda a los huesos, el de vejiga también llega a hacerlo. Esta disyuntiva no tiene la menor importancia para lo que me importa compartir, pero no puedo evitar dejarme llevar por mi oficio de taxónomo de tumores.

La cistoscopia es uno de los varios procedimientos diagnósticos y terapéuticos con los que hoy se explora el interior del organismo aprovechando las bondades de la fibra óptica flexible. En este caso, se trata de introducir el cistoscopio, un instrumento tubular, delgado, similar a una manguera, por el orificio del pene para hacerlo avanzar en sentido retrógrado por el conducto de la uretra hasta desembocar en la vejiga urinaria. Ello permite en ocasiones tomar muestras (biopsias) de la vejiga e incluso quitar fragmentos de la próstata crecida para restablecer el flujo urinario interrumpido. Todo sin tener que realizar una operación quirúrgica convencional.

Leer Lo que dijo la cistoscopia me trajo muchos recuerdos porque mi padre murió de un cáncer de próstata avanzado, con metátasis óseas. Nunca olvidaré el ruido que emitìan sus huesos carcomidos por la enfermedad cada vez que se desplazaba por la casa. Por eso puedo decir con todo conocimiento de causa que hay cánceres que también se oyen, que incluso gritan, como si no fuese bastante con ver sus efectos devastadores en el aspecto físico del enfermo y quisiesen celebrar el triunfo inexorable de su crecimiento indetenible proclamándolo a voces.

A veces tengo la impresión de que el diagnóstico precipita la enfermedad. No tengo un argumento lógico para sustentar lo que parece una ocurrencia, pero no es infrecuente que el paciente, hasta entonces prácticamente asintomático, se derrumbe, empiece a perder la batalla de la que acaba de enterarse en cuanto cobra conciencia de su diagnóstico. Este fenómeno parece comprobar la idea cada vez más extendida de que la enfermedad es mucho más que las alteraciones estructurales y funcionales que los médicos descubrimos en el organismo aquejado por el mal.

Lo anterior tiene alguna conexión con el momento en el Anatole Broyard, guiado por una enfermera, acudió a recoger a su padre que todavía estaba tendido una camilla, justo después de que se le había realizado la cistoscopia:

-Se padre está ahí –dijo con un sucinto gesto de la mano.

Pero allí no estaba mi padre. Espatarrado sobre la camilla, increíblemente fuera de lugar, se encontraba un Prometeo de yeso, de mediana edad, decrépito, recién vaciado por el pico de un águila, barnizado, vidriado, como si aún estuviera húmedo. Tal vez, en una inspección más a fondo, aquello era una ilusión nacida de una idea, y lo que allí había era un gallo viejo al que se le hubieran vaciado las tripas, desplumado, blanco, la piel brillante de un sudor más doloroso que la sangre… Fuera lo que fuese, no era mi padre. Podría haber sido un vejestorio tembloroso que mirase fijamente a la eternidad, al cual ayudé, sorteando los charcos de la vejiga que le había reventado, a vestirse, y que salió renqueando a duras penas, sujeto a mi brazo, aunque no era ni mucho mejor parecido, no tenía ninguna semejanza con mi padre, que seguía siendo un hombre relativamente joven, delgado, erguido, de paso vivo y ojos oscuros.

 

Recuerdo cuando a mi propio padre le tomaron biopsias de la próstata. Después del procedimiento, empezo a sangrar a través de la orina. La molestia inicial en el bajo vientre se convirtió en un dolor insoportable, con episodios paroxísticos cada vez más urgentes e intensos. Cambió el color de su piel y el temor apareció por primera vez en su mirada, mezclado con cierta incredulidad, como si intuyese una amenaza inesperada. El urólogo le proporcionó alivio inmediato insertándole de nuevo la sonda urinaria por la que salió presurosa la orina retenida, teñida con numerosos coágulos de color rojo oscuro. Creo que a mi padre se le empezó a ir la vida desde aquel preciso instante, diluida con su orina sanguinolenta, vida que terminaría dos años después.

El doctor Windelband, el médico que atendía al padre de Broyard, no tuvo ninguna consideración a la hora de comunicarle el diagnóstico para, acto seguido, desentenderse de su paciente:

-El cáncer le ha llegado a los huesos –dijo–. Le doy seis meses…

-¿Lo va aceptar como paciente suyo?

No se me ocurrió nada mejor que decir.

Se quitó los quevedos de la nariz.

-No admitimos casos incurables –dijo.

-No, claro, los ponen de patitas en la calle –dije, y me mordí los labios para contener una risa histérica…

… Se puso los quevedos. Su padre es un buen hombre –dijo, y se fue por el pasillo.

 

Finalmente, el padre de Anatole Broyard fue internado en el Hospital Kings County, que el propio Boyard describió como “un hospital con demasiados enfermos y demasiado pocos sanos para cuidarlos… Era un inmenso taller de reparación de organismos humanos, una factoría cuyos compromisos siempre excedían su capacidad, en realidad una fábrica de ésas en las que se explota a los trabajadores, pero en la que todos hacían las cosas lo mejor posible con lo que tuvieran a mano”. Me recordó mi propio Hospital Miguel Hidalgo, el viejo centenario donde las carencias se tienen que suplir con un entusiasmo que es cada vez más difícil de recuperar, de reproducir, de renovar.

Broyard describió con gran dramatismo el momento en el que murió su padre:

-Papá –dije, inclinándome un poco más–. Papá –pero al abrir los labios para pronunicar la última vocal , vi que soltaba un hondo suspiro y me lanzaba a la boca una enorme bocanada de aire. La absorbí y dejé que penetrase en todo mi cuerpo. Me la tragué como un brindis, sin saber si era un veneno o un elixir. Me la tragué entera y sentí que me inflaba, hasta que me vi increíblemente hinchado en el espejo de sus ojos.

 

            Según su esposa Alexandra, el propio Anatole Broyard “estaba vivo, tal y como había esperado y deseado, cuando murió”.

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