LA PEREGRINACIÓN ANUAL.

La ciudad quedó entregada a Tláloc, el dios cuatro ojos de la lluvia. Aún prevalecían, intocados, los colores de las montañas arboladas. Los cipreses de Xochimilco disputaban el reinado del valle a los ahuehuetes, los viejos del agua coronados de heno, a los cedros y a los fresnos de brillante ramaje. Las masas de verdor llegaban hasta el mismo borde del lago en el que flotaban, formando una ciudad vegetal, los huertos de las chinampas. A consecuencia de esta profusa vegetación las lluvias eran rigurosas. Desde el mediodía, los duendes tlaloques rompían con sus palos las vasijas de las nubes que se abrían tronando, y se iniciaba con violencia el aguacero. En la tarde y la noche descendía del cielo una lluvia blanda y monótona cuyo leve rumor sobre el lago acompañaban los oboes, los cornos y las flautas apagadas de las ranas. A la mañana siguiente, un mundo de tiernos verdes y de profundos azules se encendía en el valle bajo el claro sol del altiplano.

Fernando Benítez. Los primeros mexicanos. La vida criolla en el siglo XVI, 1962.

            Nos lo preguntábamos hace justo una semana, cuando volábamos a la ciudad de México aprovechando los bajos precios de introducción de una línea aérea que ha empezado a brindar sus servicios en Aguascalientes. ¿Cuándo empezamos a viajar en familia a la gran metrópoli para pasar allí unos días de vacaciones? No pudimos dar con la respuesta exacta, sin embargo, creemos que fue hace cerca de diez años.

Al principio, cuando algunos amigos y conocidos se enteraron de que habíamos escogido este destino turístico, no faltaron las bromas y los comentarios irónicos. En nuestro ambiente provinciano, donde viajar puede representar un signo de cierto brillo social, se escogen otros lugares más deslumbrantes, que se vuelven los temas de conversación preferidos en las reuniones sociales y que son cuidadosamente anotados para acudir a ellos en la primera oportunidad y ponerse así al mismo nivel de quien ya los visitó.

Lo nuestro empezó como una opción que nos dejó tan buen sabor de boca que empezamos a acudir a la ciudad de México cada año, hasta convertirse en una tradición familiar que disfrutamos muchísimo, casi siempre en el mes de julio o agosto, según la diposición de los días de vacaciones de nuestros hijos. He acabado llamando a esta costumbre la peregrinación anual a la Gran Tenochtitlan.

Conforme pasan los años, más me convenzo de que todos nuestros connacionales deberían conocerla para sentirse mexicanos con mayor profundidad, visitar y disfrutar muchos de los lugares que ofrece al turista y al residente y aprender tantas y tantas cosas sobre nuestras constumbres y modos de ser que se ven allí plasmados con gran claridad, a veces de manera espectacular, como en un mosaico de muchos colores.

En un principio mi esposa y yo no fuimos plenamente conscientes de las consecuencias de esta peregrinación anual, pero hoy vemos con mucho gusto y orgullo que no sólo disfrutamos juntos esta experiencia, y con ella reforzamos nuestros lazos familiares, sino que además hemos sido testigos de la lenta y sólida maduración de nuestros hijos, que hoy saben apreciar mucho mejor todo aquello que visitamos y conocemos.

Un elemento que hace que cada viaje sea particularmente placentero es que allí conservamos muy queridas amistades que buscan hasta lo indecible complacernos con sus atenciones y muchos detalles que tanto apreciamos, entre los que no quiero dejar de mencionar al señor Felipe –el chofer particular de la doctora Patricia Saltigeral Simental–, que se encarga de trasladarnos con toda comodidad y seguridad por toda la ciudad. Lejos de celebrar el que ya no  vivamos allá como ocurrió durante nuestra prepración de médicos especialistas, siempre consideramos a la ciudad de México como un lugar insustituible en nuestras vidas y, hoy en día, también en la de nuestros hijos.

En esta ocasión decidimos pasar toda una semana completa y preparamos como nunca antes y con toda anticipación un programa de visitas que incluyó algunos de nuestros lugares predilectos y nuevos sitios que no habíamos visitado con anterioridad. El programa incluyó la asistencia al teatro, un circuito de restaurantes, la visita a museos y centros culturales y lo que llamamos el tour de las librerías. Cumplimos con casi todo lo previsto, se agregaron otras cosas sobre la marcha y dejamos pendiente muy poco, que esperamos visitar el próximo año.

Una de nuestras más queridas amigas, la ya mencionada doctora Patricia Saltigeral, quien fue también profesora de mi esposa Lucila durante su formación como infectólogo pediatra, nos invitó a desayunar en uno de nuestros restaurantes favoritos, El Cardenal, sólo que en esta ocasión el banquete matinal ocurrió en una nueva sede ubicada en San Ángel, en el edificio hoy bellamente remodelado de lo que hace años fue otro restaurante célebre, La Tasca Manolo, que tan buenos recuerdos nos trae a mi esposa y a mí. Los desayunos de El Cardenal son antológicos y hacen honor a una tradición gastronómica mexicana que no tiene nada que pedirle a la de ningún otro país.

Entre las seis librerías que visitamos, en esta ocasión quiero destacar la Cafebrería El Péndulo, de la que conocimos dos sucursales que no habíamos visitado anteriormente –conocíamos solamente la de Perisur y la de Santa Fe–, la ubicada en la Colonia Roma y, muy particularmente, la que se encuentra en la distinguida zona de Polanco. Esta última ha sido considerada por algunos medios de comunicación extranjeros –el inglés The Guardian y el nortemamericano The Huffington Post–  como una de las diez o veinte librerías más bellas del mundo. Es un lugar verdaderamente maravilloso, con una selección de libros espectacular, incluyendo novelas gráficas selectas que hicieron la delicia de mi hijo Luis y una versión en inglés de la novela Manhattan Transfer que mi hija Brenda no había podido localizar hasta ese momento, amén de la cafetería –de ahí la palabra Cafebrería = cafetería+librería– que es uno de los signos distintivos de El Péndulo.

Nuevamente nos reunimos con la hermosa familia de la doctora Ana María Sosa Vázquez, queridísima compañera de Lucila durante los años de la residencia en el Instituto Nacional de Pediatría, disfrutando en su casa de una cena deliciosa salpicada de divertidas anécdotas que nos hicieron reir y apreciar el gratísimo don de amistad verdadera, esa forma de lazo que nos une en el cariño sincero. Como nos supo a poco, nos volvimos a reunir a desayunar en el “Parque Ecológico Peña Pobre”, un remanso arbolado de paz junto a la antiquísima pirámide de Cuicuilco.

Esta ocasión fuimos también objeto de la afectuosa hospitalidad del doctor Arnoldo Kraus Weisman y su distinguida esposa Déborah, quienes nos invitaron a cenar y con quienes pudimos conversar animadamente. Arnoldo Kraus es un destacado médico reumatólogo, escritor y columnista que, a lo largo de los muchos años que tengo de conocerle, me ha honrado con su amistad y me ha ofrecido consejos muy valiosos en mi incipiente afición a la escritura. Conversar con él y con su esposa no sólo es un placer, sino un alimento para el espíritu que refuerza nuestras convicciones frente a lo que en ocasiones constitutye un medio profesional y humano que llega a ser hostil.

Una de las visitas más interesantes fue la que hicimos al Museo Soumaya, patrocinado por la “Fundación Carlos Slim”, de entrada gratutita, que contiene verdaderos tesoros artísticos y cuyo edificio, de un llamativo diseño moderno, es verdaderamente deslumbrante. Sus diferentes salas, que se recorren cómodamente, exhiben bellas colecciones de monedas y billetes mexicanos, pinturas de antiguos maestros europeos pertenecientes a las escuelas alemana, italiana, española, francesa y flamenca, arte virreinal, paisaje y retrato mexicano del siglo XIX, obra de Rodin y los impresionistas y pintura mexicana del siglo XX. Además, una muestra temporal de tallas asiáticas de marfil verdaderamente asombrosa.

Nuestra comida de despedida fue en la Casa Lamm, un destacado centro cultural situado en una mansión de la Colonia Roma con bellos jardines, su propia librería Pegaso –fue la última de nuestro tour– y un restaurante de alta cocina mexicana llamado “Nueve nueve. Bistro Mexicano”, donde se sirven verdaderas delicias que quitan el hipo.

Así que sólo me resta decir: ¡hasta el año que viene, grande y querida ciudad de México!

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