EL SILENCIO IRRESPONSABLE.

En toda colectividad existen unos pocos hombres que, por temperamento o convicción, no pueden inclinarse ante los Baales de la sociedad que les rodea y, al menos de pensamiento, se mantienen alejados del rebaño común. Tales hombres caminan una empinada y espinosa senda, y en cualquier época la humanidad ha gustado de convertirlos en sus mártires.

William Osler. Un estudiante de Alabama, 1895.

            Hace algún tiempo que un colega muy destacado en el campo de la enfermedades renales me propuso que dedicase uno de mis escritos para denunciar las prácticas médicas poco ortodoxas para la medicina occidental que menudean en nuestro medio. En aquella ocasión no hice caso a su propuesta por dos razones: me pareció que me quería utilizar para devolver algún golpe personal sin mancharse las manos y, en segundo lugar, porque el espíritu científico exige que este tema se trate con el mayor desapasionamiento posible y con el máximo apego a las propias reglas de la ciencia, so pena de incurrir precisamente en lo que se pretende criticar.

Al iniciar la lectura de una serie de biografías escritas por William Osler, editadas en un bello volumen que adquirí recientemente y a bajo precio en una de las casetas de la Cuesta de Moyano de Madrid (Un estudiante de Alabama y otros ensayos biográficos. Fundación Lilly/Unión Editorial, 2010) me sorprendió gratamente la que encabeza esta serie, dedicada al doctor John Young Bassett (1805-1851).

Este médico estadounidense, nacido en Baltimore, Maryland, practicó su profesión en el entorno rural de Huntsville, Alabama, y el propio William Osler lo consideró uno de los pioneros de la medicina preventiva. Su inquietud intelectual lo llevaron a ausentarse temporalmente de su entorno familar y profesional para viajar a Edimburgo, Glasgow, Belfast, Dublín y Londres. Luego se dirigió París para recibir las enseñanzas de François Broussais y, muy particularmente, de Alfred Armand Velpeau que trabajaba en el Hospital de La Charité:

Me levanto a las seis de la mañana y estoy en La Charité a las siete; sigo a Velpeau hasta las ocho, lo veo operar y enseñar hasta las nueve; desayuno a las diez en un café. A las once estoy en una escuela de anatomía práctica donde diseco hasta las dos. Luego asisto a clase de cirugía práctica hasta las tres, después escucho a Broussais y a Andral hasta las cinco; a continuación ceno. A las siete asisto a las clases de obstetricia de Helmagrande, que duran hasta las nueve; luego me retiro a mi habitación y leo o escribo hasta que me acuesto, a las once.

 

            Al parecer, permaneció en Europa poco más de un año y después regresó a su país y reanudó su consulta en Huntsville. Osler nos refiere que el doctor Bassett publicó dos artículos en el Southern Medical Reports:

 

Están escritos con mucho encanto y en cada página revelan al médico sabio; no sólo con la sabiduría de las universidades, sino con el profundo conocimiento del alma siempre equilibrada que “vio la vida con sensatez y la contempló en su conjunto”.

 

A propósito de las prácticas médicas poco ortodoxas, el doctor Bassett se refiere en uno de sus artículos a la práctica del curanderismo, es decir y según el diccionario, a la intrusión de los curanderos en el ejercicio de la medicina:

 

Aunque el curanderismo es tan natural en el corazón humano como robar o mentir, y siempre existirá, no obstante, florece en proporción inversa a la ciencia y a las calificaciones generales de la común parte de la profesión [médica]. Cuando médicos establecidos y con extensa clientela, armados con todos los diplomas requeridos y la experiencia de años, se hacen tan obtusos en el diagnóstico como para sangrar por la tarde a un enfermo de fiebe tifoidea –media hora antes de que muera por la tarde, tras haberlo estimulado durante el día, o hasta olvidar o comprometer la dignidad de su elevada vocación practicando el “mesmerismo” o recetando “remedio de madre” a una parturienta–, los hombres con menos pretensiones y más orgullo profesional, o mejor información, no deben sorprenderse y no se sorprenden, al ver brotar el curanderismo a su alrededor, cual setas en una mañana primaveral, allí donde una vaca gorda ha reposado durante la noche y calentado el suelo para su acogida.

 

Así que no debe sorprendernos que entre nosotros, lo que Bassett llamaba curanderismo, se dé con tanta frecuencia y prospere de una manera más que notable. Ya lo decía él: es tan natural en el corazón humano como robar o mentir. Como todo fenómeno humano, tiene una complejidad inherente y sus causas son múltiples. Puede que la primera sea lo ayunos que andamos por estos rumbos de espíritu científico, esa característica penosamente adquirida por los países desarrollados cuyos habitantes, para nuestro pasmo, están más que habituados a cuestionar a la autoridad establecida sin importar su origen, ya sea divino o humano.

Si bien esta carencia de espíritu científico tiene sus razones históricas que se pueden achacar a quienes nos conquistaron, el que haya permanecido sin corregir y siga siendo usada hoy por quienes administran con tanto provecho nuestros temores terrenales y ultraterrenos es indudablemente culpa nuestra. No hay escapatoria.

Como tampoco la hay para el gremio profesional al que pertenezco. Aquí y en otras muchas partes los médicos no hemos aprendido todavía que la unión hace la fuerza y que la falta de cohesión frente a las agudas cuestiones que desafían la buena práctica de la profesión no hace sino alimentar a nuestros verdaderos enemigos: la enfermedad y la injusticia.

Así ocurre con el curanderismo que florece en nuestro medio, como sucede con las condiciones en las que nos vemos obligados a ejercer la medicina o la calidad de los servicios que podemos ofrecer dentro del sector público y, en ocasiones, hasta en el medio privado. Todo ello prospera al calor de nuestra indiferencia, de nuestra falta de sentido gremial y, tal vez, del olvido en el que hemos incurrido, voluntaria o interesadamente, haciendo a un lado nuestros más caros ideales profesionales y humanos.

También debemos reconocer que quienes practicamos la medicina occidental no tenemos todas las respuestas a las múltiples cuestiones sobre la salud y la enfermedad. Es necesario admitir que en varios campos tenemos serias limitaciones para satisfacer las expectativas de quienes acuden a nosotros buscando el restablecimiento de su salud quebrantada o la salvación de su vida. Por otra parte, se ha demostrado científicamente la utilidad que ofrecen varias medidas terapéuticas provenientes de tradiciones médicas diferentes a la nuestra, particularmente las descubiertas y cultivadas por algunas formas de la medicina oriental.

Por eso creo de que ante la aparición de medicinas alternativas en nuestro medio, no debemos solamente elevar la voz para quejarnos de su existencia y lamentar la credulidad de nuestros conciudadanos. Lo que debemos hacer es exigir a las autoridades sanitarias que evalúen con el máximo rigor científico la utilidad terapéutica de estas medidas. Si, como muchos sospechamos, esa utilidad queda en entredicho o es claramente descartada, se debe aplicar todo el peso de la ley para impedir su práctica. Si en la medicina occidental los procedimientos diagnósticos y las medidas terapéuticas están sujetos a un control estricto que se basa en la demostración científica de su utilidad y seguridad, lo mismo debemos exigir para estas formas de medicina alternativa.

Y también debemos exigir a los medios de comunicación masiva que, mientras no existan pruebas cientificas independientes que demuestren de manera inobjetable sus beneficios, no deben difundir ni respaldar a quienes prometen la curación de las más graves enfermedades sin más pruebas que las de su verborrea. Callar es una irresponsabilidad y nos convierte en sus cómplices.

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