ANATOMÍA DE UN DISCURSO.

Descarnadura y abertura que se hace de un cuerpo humano para considerar sus partes interiores y su compostura; cosa necessaríssima á los médicos y cirujanos, y assí en las universidades ay cátedras de esta facultad y se executa algunas vezes en los cuerpos de los ajusticiados y otras en los que mueren en los hospitales y en algunas otras personas particulares.

Sebastián de Covarrubias. Tesoro de la lengua castellana o española, 1611.

            Anatomía es una palabra con profundas resonancias para todos los médicos, algunas entrañables y otras no tanto porque nos remite a aquellas horas interminables robadas al sueño para memorizar los infinitos detalles de la geografía corporal. Según nos dice Ricardo Soca en su libro La fascinante historia de las palabras (Asociación Cultural Antonio de Nebrija, 2004), para los antiguos griegos, anatomía significaba cortar de arriba abajo o disecar.

Como profesor de numerosas generaciones de estudiantes  y residentes, William Osler dictó a lo largo de su vida numerosos discursos y conferencias que posteriormente fueron recopilados y publicados en libros. Tal vez sea Aequanimitas (La ecuanimidad) el discurso más famoso. El doctor Osler lo pronunció el 1º de mayo de 1889, durante la ceremonia de fin de cursos de la Facultad de Medicina de la Universidad de Pensilvania, en la que se había desempeñado como profesor  de medicina clínica. Fue también la ocasión de despedirse de aquel prestigioso cuerpo académico para iniciar un nuevo proyecto que habría de tener inmensas repercusiones en todo el mundo: la Facultad de Medicina y el Hospital de la Universidad Johns Hopkins en Baltimore, Maryland.

Osler tomó el concepto de ecuanimidad tal como fue expresado muchos siglos antes por el emperador romano Marco Aurelio, quien, refiriéndose a su padre adoptivo, el emperador Antonino Pío, escribió en sus Meditaciones (José J. de Olañeta Editor, 2008) lo siguiente:

 

Compórtate en todo como discípulo de Antonino. Imita su constancia en los asuntos razonablemente calculados, su ecuanimidad en todo, su religiosidad, la serenidad de su semblante, su indiferencia por la gloria, su pundonor en los asuntos, en tal conformidad, que no abandonaba nunca cuestión alguna sin haberla penetrado a fondo y claramente comprendido; observa cómo sabía aguantar los reproches inmerecidos sin contestar con otros reproches; cómo no se afanaba por cosa alguna; cómo desechaba las delaciones; cómo estudiaba de cerca los caracteres y las acciones; cómo no humillaba a nadie y evitaba el alboroto, la suspicacia, la palabrería…

 

En Aequanimitas, William Osler coloca en el centro de su discurso las dos cualidades del médico que él considera como las más importantes: la imperturbabilidad y la ecuanimidad. Aunque ambas están estrechamente relaciondas, la primera es física y la segunda mental. Sobre la imperturbablidad dice lo siguiente:

 

Imperturbabilidad significa frialdad y presencia de ánimo en cualquier circunstancia, calma en medio de la tormenta, claridad de juicio en momentos de grave peligro, inmovilidad, impasibilidad…

… Lo primero y           esencial es que controléis bien vuestros nervios. Incluso en las más serias circunstancias, el médico o el cirujano que permita a “su comportamiento manifestar el correlato externo de la emoción espontánea y del estado de su corazón”, y cuyo semblante traicione la más ligera muestra de ansidedad o temor, no tiene sus centros medulares bajo el máximo control, y está al borde del desastre en cualquier momento.

 

            Osler reconoce que, si bien esta virtud corporal de la imperturbabilidad es una especie de don que poseen algunos agraciados, los demás tenemos la posibilidad de alcanzarla ejercitándonos en el control de nuestras emociones y sabiendo que “está asociada con una amplia experiencia y un conocimiento íntimo de los variados aspectos de la enfermedad”. También advierte que esta cualidad puede ser malinterpretada, juzgándose erróneamente al médico que la posee de excesivamente duro e insensible. Por ello, Osler aconseja lo siguiente:

 

Cultivad, pues, caballeros, la insensibilidad en tan juiciosa medida que pueda capacitaros para satisfacer las exigencias del ejercicio profesional firme y valiente, sin edurecer, al mismo tiempo, “el humano corazón por el cual vivimos”.

 

El equivalente mental de la imperturbabilidad es la ecuanimidad:

 

¡Cuán difícil de conseguir, y cuán necesaria, tanto en el éxito como en el fracaso! El temperamento natural tiene mucho que ver con su desarrollo, pero un claro conocimiento de nuestra relación con el prójimo y con el trabajo de la vida es también indispensable. Uno de los principios básicos para asegurar una ecuanimidad bien madurada es no esperar demasiado de las personas entre quienes vivís.

 

            Con la última frase del párrafo precedente, William Osler pone el dedo en la llaga y amplía este punto con las siguientes palabras:

 

… y en asuntos médicos el ciudadano ordinario de hoy día no tiene ni un ápice más de sentido común que los antiguos romanos, a quienes Luciano hostigaba por su credulidad, que los hacía caer fáciles víctimas de los curanderos de su tiempo… Tratad amablemente, pues, a esta vieja naturaleza humana deliciosamente crédula con la cual trabajamos, y refrenad vuestra indignación… Es inevitable que ofensas de este tipo sobrevengan; esperadlas, y no os sintáis vejados…

… Curiosos, raros y complejos son estos semejantes a cuya merced vais a estar: llenos de manías y excentricidades, de antojos y fantasías; pero cuanto más de cerca estudiamos las pequeñas debilidades de una clase u otra que vemos en su vida interior, más convencidos estamos de la semejanza entre sus flaquezas y las nuestras.

 

            La ecuanimidad es necesaria tanto al ser testigos de la desgracia ajena y para soportar sin desgaste espiritual excesivo los años de prestigio profesional y prosperidad económica que podemos esperar en nuestra carrera, como para cuando llegue el momento del declive, la vejez, la enfermedad y el enfrentamiento con la muerte que con toda seguridad nos esperan a todos sin excepción. Es incluso indispensable para asimilar con cierto provecho las lecciones del fracaso que llegará a pesar de todo.

Por último, Osler reconoce que él mismo no siempre logra estar a la altura de todos los elevados principios que expone a los estudiantes y que constituyen su propia filosofía de la vida:

 

Mientras os predico la doctrina de la ecuanimidad, yo mismo soy un náufrago. No siguiendo mi propio consejo, ejemplifico la inconsecuencia que tan fácilmente nos acosa.

 

Dado que este discurso fue la despedida de sus colegas y alumnos en la Facultad de Medicina de la Universidad de Pensilvania, la que sigue fue su última frase:

 

Caballeros, –Adiós y llevad con vosotros en la lucha el lema del buen anciano romano– Aequanimitas.

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