UN DESCUBRIMIENTO PELIGROSO (primera parte).

La filosofía, en su período griego, pero también después, ha presentado siempre un doble rostro, del que se muestra y se privilegia un solo lado. Pues, al salir triunfantes, Platón, los estoicos y el cristianismo imponen su lógica: odio al mundo terrenal, aversión a las pasiones, las pulsiones y los deseos, desacreditación del cuerpo, el placer y los sentidos, sacrificados a las fuerzas nocturnas, a las pulsiones de muerte. Es difícil pedir a los vencedores que escriban objetivamente la historia de los vencidos…

Michel Onfray. Las sabidurías de la antigüedad. Contrahistoria de la filosofía (I), 2007.

            Que un libro lleva a otro parece ser un principio absolutamente cierto. Hace apenas una semana que, tras un estupendo viaje a Guadalajara para ser testigo de la bienvenida a los nuevos estudiantes de la carrera de medicina del Tec de Monterrey en aquella ciudad, me topé con una “novedad” literaria al hojear Babelia, el suplemento cultural del periódico El País.

Entrecomillé la palabra novedad porque el texto en cuestión no es de factura reciente, todo lo contrario. De rerum natura (Sobre la naturaleza) fue escrito por el filósofo y poeta romano Tito Lucrecio Caro hacia el año 50 antes de Cristo. Al leer la reseña de esta nueva edición de De rerum natura (Editorial Acantilado, 2012), me enteré de que se trataba de una edición bilingüe (latín y español), que incluía una presentación de Stephen Greenblatt y que había sido traducido del latín por un gran filólogo catalán, Eduard Valentí Fiol.

No podía tener mejores credenciales. Así que, siguiendo una corazonada, me conecté a la página electrónica de una librería de la ciudad de México y, ¡bingo!, el libro estaba disponible para ser comprado y ya se encuentra hoy entre mis manos. Una verdadera suerte porque, en la mayoría de las ocasiones, lo que reseña Babelia tarda en llegar a México bastante tiempo… ¡si es que llega!

¿Por qué me parece tan relevante la lectura de este libro tan antiguo? Primero, porque cada vez me doy más cuenta de que la filosofía puede ser una guía insuperable para navegar con fortuna en las procelosas aguas de este mundo. La otra razón es que, precisamente gracias a Stephen Greenblatt, me enteré de la importancia de este texto latino en la concepción del mundo moderno.

Stephen Greenblatt es profesor John Gogan de Humanidades en la Universidad de Harvard y autor de un libro que terminé de leer hace apenas unos días. Se trata de El Giro. De cómo un manuscrito olvidado contribuyó a crear el mundo moderno (Editorial Crítica, 2012). En esta obra, Greenblatt nos cuenta la historia del descubrimiento del manuscrito de De rerum natura, que había permanecido oculto en un monasterio alemán durante muchos siglos.

El autor de ese descubrimiento trascendental para nuestro mundo fue un humanista italiano llamado Poggio Bracciolini. Según Greenblatt,

Un hombrecillo de corta estatura, genial y sagazmente despierto, de casi cuarenta años, alargó un buen día la mano, cogió de un estante de la blblioteca un viejo manuscrito, vio con entusiasmo lo que había descubierto y encargó que le hicieran una copia. Eso fue todo; pero fue suficiente.

Como es natural, el descubridor del manuscrito no pudo darse cuenta plenamente de las implicaciones de su hallazgo ni prever su influencia, que tardaría siglos en desarrollarse. De hecho, si hubiera tenido una mínima intuición de cuáles eran las fuerzas que iba a desencadenar, quizá se lo hubiera pensado dos veces antes de arrancar una obra tan explosiva de la tiniebla en la que dormía.

 

Stephen Greenblatt no se limita al momento en el que Bracciolini encontró aquel olvidado ejemplar de De rerum natura, sino que gracias a su libro nos lleva en un viaje maravilloso por el despertar del Renacimiento y el mundo mismo de los libros que eran copiados y celosamente guardados en aquellos monasterios europeos. Relata con maestría aquella pasión por recuperar la sabiduría antigua que, tras el convulso fin del Imperio Romano y el establecimiento de aquellos siglos de aparente oscuridad llamados la Edad Media, se había dispersado, olvidado y, muchas veces, perdido para siempre:

Cuando el imperio se hundió, cuando empezaron a decaer las ciudades, cuando disminuyó el comercio, y la gente, cada vez más aterrorizada, sólo era capaz de escrutar ansiosamente el horizonte intentando adivinar por dónde iban a llegar los ejércitos bárbaros, todo el sistema romano de educación elemental y superior se vino abajo… Las escuelas fueron abandonadas, las bibliotecas y las academias cerraron sus puertas, y los gramáticos y maestros de retórica profesionales se encontraron sin trabajo. Había cosas más importantes por las que preocuparse que la suerte que pudieran correr los libros.

 

Nunca podremos agradecer lo suficiente la tarea a la que se dieron los monjes copistas en aquellos monasterios. Gracias a su paciente labor, podemos hoy conocer y disfrutar una fracción de todos los pensamientos valiosos que concibieron los sabios griegos y romanos de la antigüedad clásica. Esos monjes trabajaban aprovechando la luz solar en un espacio especialmente destinado para ello en los monasterios conocido como el scriptorium y plasmaban su trabajo en pergaminos:

Como el papiro se había vuelto inasequible y el uso del papel no se generalizó hasta el siglo XVI, durante más de mil años el material empleado para la confección de libros fueron principalmente las pieles de los animales: vacas, ovejas, cabras y, en ocasiones, ciervos…

… El mejor pergamino, el que hacía más fácil la vida de los copistas y el que debió constituir su sueño más apreciado, estaba hecho de piel de ternero lechal y se llamaba vitela. Y la mejor vitela era la uterina, hecha con la piel de terneros nonatos. De una blancura resplandeciente, estas pieles, suaves y duraderas, se reservaban para los libros más preciados, aquellos que se adornaban con elaboradas miniaturas, semejantes a verdaderas joyas, y en ocasiones encuadernados con tapas que llevaban incrustadas auténticas joyas… obra admirable de copistas que vivieron hace setecientos u ochocientos años y que trabajaron horas incontables para crear algo tan hermoso.

 

Nos dice Greenblatt que el scriptorium tenía reglas muy estrictas, pues todos lo que no fueran copistas tenían prohibida la entrada. Era un lugar de profundo silencio y a los copistas no se les permitía escoger los libros que iban a transcribir, ni romper el silencio solicitando en voz alta los libros que desearan consultar para llevar a cabo la tarea asignada. Para este efecto, “se inventó un elaborado lenguaje de gestos para facilitar las peticiones que estaban permitidas… Si solicitaba un libro pagano, tras hacer el signo general para libro, empezaba a rascarse la oreja por detrás, como hacen los perros para quitarse las pulgas. Y si quería que le llevaran algún libro considerado por la Iglesia particularmente ofensivo o peligroso, se metía dos dedos en la boca, como si fuera a vomitar”.

 

Poggio Brocciolini hizo su descubrimiento en 1417, cuando como secretario del Papa Juan XXIII había acudido a la ciudad alemana de Constanza, donde aquel Sumo Pontífice fue depuesto, perseguido y encarcelado. Hasta su nombre fue borrado de la lista de los sucesores de San Pedro, lo que explica que cinco siglos después se atreviera a utilizarlo de nuevo el Cardenal Roncalli, cuando en 1958 se convirtió en el papa número 261 de la Iglesia Católica.

¿Por qué tuvo un impacto tan potente como inesperado en la historia del mundo el ejemplar de De rerum natura que descubrió por casulidad Poggio Brocciolini en el siglo XV? Ese será el tema de la siguiente parte de este escrito.

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