UN DESCUBRIMIENTO PELIGROSO (segunda parte).

Los más prominentes espíritus, desde Lucrecio hasta Nietzsche, se han visto fuertemente atraídos por su pensamiento. De algún modo todos ellos comprendieron que detrás de los presupuestos comunes y superficiales en torno a Epicuro, había oculto un espíritu de claridad y grandeza excepcionales. Nietzsche llegó a decir que en todo cuanto pensaba y deseaba, mantenía la vista fija en Epicuro, y que sentía la mirada de éste fija en él.

Walter F. Otto. Epicuro, 2005.

            Tras leer la primera parte de este escrito, mi querido amigo Jorge Valdivia, que conoce a profunidad la cultura clásica, me envió un mensaje electrónico en el que me agradecía que hubiese tratado el tema de Lucrecio y, a continuación, me compartió una frase que Virgilio escribió sobre este poeta y filósofo romano: …Lucrecio fue capaz de enfrentar todos los miedos. Basta una frase como esta para que uno sienta deseos de saber más sobre Tito Lucrecio Caro.

Habiendo escrito De rerum natura, el poema filosófico que tuvo una influencia tan importante en el nacimiento del mundo moderno, llama la atención lo poco que se conoce sobre la vida de Lucrecio. El filólogo catalán Eduard Valentí Fiol, autor de la versión bilingüe de De rerum natura recientemente editada (Editorial Acantilado, 2012), nos dice que el informe más completo que tenemos sobre la vida de Lucrecio es la breve noticia tomada probablemente de Suetonio, que San Jerónimo intercaló en el Chronicon de Eusebio. Se trata de una nota corta por la que podemos saber que Lucrecio nació en el año 94 a.C. y que murió a los 43 años de edad.

Aunque no está plenamente demostrado, se dice que Lucrecio sufría algún tipo de enfermedad mental, atribuida a la ingesta de un filtro amoroso, con episodios de lucidez entre las crisis de insania. Durante los lapsos de cordura escribió su obra y en el último rapto de locura se quitó la vida.

Las copias que se conservan de De rerum natura se dividen en dos grupos: uno más antiguo, formado por los dos códices de Leyden y fragmentos de otros dos, y uno moderno, constituido por un conjunto de textos italianos. A este último grupo pertenece el descubierto por Poggio Bracciolini en la biblioteca de un monasterio que posiblemente correspondió a la Abadía Murbach, en Alsacia, que aunque hoy pertenece a Francia, en aquel entonces era parte de Alemania.

Stephen Greenblatt, autor de El Giro. De cómo un manuscrito olvidado contribuyó a crear el mundo moderno (Editorial Crítica, 2012), nos explica que De rerum natura es un poema que contiene un total de siete mil cuatrocientos versos:

Dividido en seis libros que no llevan título, el poema combina momentos de inmensa hermosura lírica, meditaciones filosóficas sobre la religión, el placer y la muerte, y complejas teorías sobre el mundo físico, la evolución de las sociedades humanas, los peligros y las alegrías del sexo, y la naturaleza de la enfermedad. Su lenguaje es con frecuencia retorcido y difícil, su sintaxis complicada, y la altura de su ambición intelectual en general asombrosa.

 

También nos dice que al leerlo hoy, este poema contiene afirmaciones que nos resultan muy familiares, lo que no es de extrañar, puesto que buena parte de los argumentos fundamentales de la obra constituyen los cimientos sobre los que se ha construido la vida moderna. En cambio, para Poggio, su descubridor, la mayor parte de lo expuesto en el poema debió resultarle prácticamente incomprensible. Lo que le movió a solicitar una copia del escrito en aquel monasterio alemán fue su devoción de humanista, su deseo de rescatar del olvido un fragmento de su amado mundo clásico. Greenblatt piensa que Poggio ignoraba el potencial revolucionario de aquel escrito y que, de haberlo anticipado, habría pronunciado las mismas palabras que Freud le dijo a Jung cuando se dirigían al puerto de Nueva York en donde iban a ser recibidos por sus admiradores americanos: “¿Acaso no saben que les traemos la peste?”. Y concluye:

Un nombre para la peste que traía consigo Lucrecio –acusación que a menudo se le imputó, cuando su poema empezó a ser leído de nuevo– sería sencillamente ateísmo.

 

Sin embargo, Greenblatt aclara de inmediato que Lucrecio no era en realidad un ateo, que creía en la existencia de los dioses, aunque precisamente por ser dioses, no les preocupaban en lo más mínimo los seres humanos, eran indiferentes a sus cuitas y, gozando de una vida eterna y una paz absoluta, no necesitaban y mucho menos exigían nuestra veneración.

¿Cuáles son las principales afirmaciones que nos revelan el asombroso pensamiento de Lucrecio en De rerum natura? Stephen Greenblatt las resume de la siguiente manera:

 

Todo está hecho de partículas elementales y eternas. Lucrecio seguía las ideas de Leucipo y Demócrito, que habían descrito los átomos de los que está formado todo lo existente, aunque él prefirió utilizar sinónimos como “primeros elementos”, “primeros seres” o “Las semillas de las cosas”. Estas partículas son inmutables, indivisibles, invisibles e infinitas en número, se encuentran en constante movimiento, uniéndose entre si por cierto tiempo para dar lugar a las cosas que vemos, incluyendo nosotros mismos, para luego separarse en una danza constante de creación y destrucción. Llevado al plano humano, nuestra muerte no es más que la separación de los átomos que nos constituyen. Si bien las partículas son eternas, los seres que se forman con ellas son transitorios. Según el filósofo norteamericano de origen español George Santayana (1863-1952), el concepto de Lucrecio sobre la mutación constante de formas compuestas de sustancias indestructibles era “la idea más grande que se le había ocurrido nunca a un ser humano”.

 

Las partículas elementales son infinitas en número, pero limitadas en cuanto a la forma y al tamaño. Estas partículas no se combinan entre si de cualquier manera, sino que, según Lucrecio, lo hacen siguiendo un código que, si bien era desconocido para él, podía ser investigado y comprendido por la ciencia humana. A mí me parece que esta es una intuición verdaderamente genial de Lucrecio, con la que se anticipaba, por ejemplo, al concepto del código genético, principio de organización de los seres vivos que regula la combinación de las moléculas biológicas.

 

Todas las partículas están en movimiento en un vacío infinito. El espacio como el tiempo son infinitos. No existen comienzos, intermedios, finales ni límites. El universo está formado en su totalidad por materia y entre las partículas que se unen y separan sólo existe un espacio intangible y vacío, nada más.

 

El universo no tiene creador ni ha sido concebido por nadie. Las partículas elementales que forman todo lo que vemos no han sido creadas ni pueden ser destruidas. No hay un orden divino preconcebido, por lo que para Lucrecio, la Providencia es simplemente una fantasía. La existencia ni tiene fin ni propósito, sólo existen la creación y la destrucción incesantes, que se dan de una manera totalmente azarosa, sin un plan diseñado por un arquitecto supremo.

 

Cuando uno lee a Lucrecio siente una profunda inquietud, incluso temor, porque lo que expone en De rerum natura contraviene algunas de nuestras creencias más entrañables, inculcadas por quienes nos transmitieron la religión que profesamos desde nuestra más tierna infancia. A eso se refería Geenblatt cuando señalaba la peste que traía Lucrecio. Sin embargo, creo que vale la pena no dejarse llevar por este temor y penetrar con valor en este poema extraordinario, armados con eso que tanto escasea entre nosotros: el espíritu científico. Así lo seguiremos haciendo en la siguiente entrega.

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