UN FILÓSOFO RADICAL (primera parte).

Para muchos cortesanos, funcionarios, maestros, abogados, médicos y sacerdotes, la filosofía y los filósofos parecían haber irrumpido en la escena europea de finales del siglo XVII con una fuerza aterradora. Innumerables libros reflejan el cataclismo intelectual y espiritual sin precedentes –y embriagador para algunos– de aquellas décadas; una inmensa turbulencia en cada una de las esferas del conocimiento y las creencias que sacudió la civilización europea hasta sus cimientos. Una sensación de choque y agudo peligro penetró incluso en las más remotas y protegidas fortalezas de Occidente.

Jonathan I. Israel. La Ilustación radical. La filosofía y la construcción de la modernidad, 1650-1750, 2012.

 

 

            No lo puedo evitar. Siempre me pongo del lado de los débiles, de los que sufren alguna injusticia, de los menos favorecidos por la fortuna, de los que padecen los abusos de los poderes de este mundo, sean civiles, religiosos o económicos. Y me pongo de su lado aunque no siempre parezca lo más razonable. En casa, mis padres y mis abuelos, que fueron víctimas del desplazamiento humano que provocó la infinita soberbia y la locura sanguinaria de un dictador, me enseñaron a querer y a entender a los desprotegidos. Privilegiado como soy al no haber padecido nunca estrecheces, me siento su deudor de por vida.

            Por eso no pude evitar que su mirada triste captara de inmediato mi atención aunque estuviese plasmada en la portada de la última novela de Irvin D. Yalom El problema de Spinoza (Editorial Destino, 2013). Ocurrió en mi reciente viaje a la ciudad de México, apenas entrar en la primera librería que Lucila y yo visitamos acompañados de nuestros hijos. Yo ya había cargado desde Aguascalientes con un libro para leer en nuestro viaje, pero la novela de Yalom desplazó a ese libro y a casi a todos los demás que iría adquiriendo al paso de los días en la capital.

            Sólo un libro resistió el embate, ya que lo compré para empezar a ampliar lo esbozado en la novela de Yalom: el Tratado teológico-político/Tratado político del propio Baruch Spinoza (Tecnos, 2010), en una estupenda edición traducida por Enrique Tierno Galván, que contiene una introducción de María José Valverde Rico y un estudio preliminar del mismo profesor Tierno Galván (1918-1986), aquel famoso, venerable y sabio sociólogo, jurista, escritor y político socialista español, que fue también uno de los alcaldes más queridos que ha tenido Madrid.

            Como la mayor parte de los detalles de su vida, aquel retrato de Spinoza, en el que sus ojos expresan una melancolía infinita, está envuelto en el misterio. De un pintor desconocido que vivió en el siglo XVII, se encuentra expuesto en la Biblioteca Herzog Augusta de Wolfenbüttel, en la provincia de Baja Sajonia, Alemania. Es la imagen que suele acompañar a todos los escritos sobre Spinoza y a mí me despierta una simpatía inmediata. A pesar de la languidez que traslucen sus ojos, ese rostro expresa también una serenidad y un desapego de lo mundano que me resultan muy atractivos. Emergiendo de la sombra, su rostro parece decirme: ¡confía en ti mismo! ¡Persiste!

            Baruch Spinoza nació en Amsterdam el 24 de noviembre de 1632 y su nombre en hebreo significa “el bendito”.  Durante su infancia y juventud se le llamó Bento, el equivalente de Baruch en portugués, ya que su familia pertenecía a la comunidad de judíos sefarditas que, para escapar de la amenaza de la Inquisición, abandonó su pueblo Espinosa de los Monteros, perteneciente a la provincia de Burgos en España, para instalarse en Portugal. Posteriormente y por el mismo motivo, aquellos judíos y muchos otros huyeron de Portugal para acogerse en el ambiente más tolerante y plural de Holanda. Como académico, Spinoza utilizaría la versión latina de su nombre: Benedictus.

            He aquí la descripción que se tiene de su persona, proporcionada por la profesora de la Universidad Complutense María José Villaverde Rico:

 

Baruch de Spinoza era un hombre de mediana estatura, de tez cetrina y facciones bien proporcionadas, de pequeños y vivaces ojos oscuros enmarcados por espesas cejas negras, y de cabello azabache y rizado que caía sobre sus hombros. Al decir de sus principales biógrafos, su aspecto revelaba de manera inconfundible sus orígenes judeo-portugueses. Vestía de negro, con el calzón a la altura de la rodilla según la moda del siglo XVII, capa negra, y negro también el ancho sombrero con que se tocaban los burgueses holandeses retratados en los cuadros de Johannes Vermeer. Sólo la gorguera blanca y los puños igualmente inmaculados suavizaban el toque sombrío de su vestimenta.

           

            Benito Spinoza, que ese era su nombre en español, fue una víctima de la intolerancia religiosa que extiende todavía sus tentáculos hasta nuestros días. Aunque conozco de sobra ejemplos como el suyo y sé de la vigencia que tiene este fenómeno, me es imposible aceptar que un hombre sea condenado y asesinado por este motivo. Al ir conociendo su vida, mi simpatía por él, en un principio instintiva –de origen español, perseguido religioso y político–, ha ido creciendo y se ha transformado en una gran admiración que comparto con otros muchos. Esa admiración se basa en su valentía, en su discreción y, sobre todo, en sus ideas, tan adelantadas a su tiempo que desataron en su contra la furia de las autoridades políticas y religiosas. Autoridades que ayer como hoy se consideran guardianas y dueñas de nuestras conciencias.

            En la novela de Irvin D. Yalom, profesor de psiquiatría en la Universidad de Stanford, la vida de Spinoza se entreteje con la de un prominente funcionario de la Alemania nazi Alfred Rosenberg, ideólogo de la superioridad racial aria y del antisemitismo y, además, uno de los poderosos Reichsleiter (líderes del Reich), encargado en su caso de registrar, confiscar y trasladar a Alemania los bienes culturales de los países ocupados por los nazis.

            La relación que Yalom establece entre ambos personajes, eje de esta novela, es completamente ficticia, pero su posible existencia no resulta descabellada. El problema de Spinoza hace alusión al enigma que representa para Rosemberg que el escritor Johann Wolfgang von Goethe, que era para él la encarmación del espíritu ario, admirase y se viese influído por la obra filosófica de un judío como Baruch Spinoza.

            Como parte de la ficción, una vez que los nazis invaden Holanda, Rosenberg se dirige al Museo Spinoza en Rijnsburg, confisca la biblioteca del filósofo judío que se conservaba en ese lugar y se lleva los libros a su oficina en Berlín. Sin embargo, al final no es capaz de resolver el enigma que lo obsesiona. En la realidad histórica, Alfred Rosenberg terminó tristemente sus días. Fue capturado por la policía militar norteamericana al terminar la II Guerra Mundial, juzgado en Núremberg y condenado a morir en la horca, lo que ocurrió el 16 de octubre de 1946.

            La fascinación por Spinoza no es algo ficticio. Jonathan Irvin Israel, profesor de Historia e instituciones holandesas en la Universidad de Londres, le concede a Baruch Spinoza un papel central en la génesis de la Ilustración, el movimiento que dio nacimiento a lo que hoy conocemos como mundo moderno. En su libro La Ilustración radical. La filosofía y la construcción de la modernidad, 1650-1750 (Fondo de Cultura Económica, 2012), expresa lo siguiente:

 

Supongo que muchos académicos se sentirán bastante sorprendidos por la importancia dada aquí al papel de Spinoza y al spinozismo, no sólo en el continente, sino incluso en el contexto británico, en donde, historiográficamente, no se ha querido reconocer que Spinoza hubiera tenido alguna influencia. Sin embargo, una lectura más atenta de los principales materiales sugiere fuertemente, al menos para mí, que Spinoza y el spinozismo fueron de hecho la columna vertebral intelectual de la Ilustración radical europea en todas partes, no sólo en Holanda, Alemania, Francia, Italia y los países escandinavos, sino también en Gran Bretaña e Irlanda.

 

            ¿Estamos listos para adentrarnos en la vida y pensamiento de este hombre extraordinario?

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2 thoughts on “UN FILÓSOFO RADICAL (primera parte).

  1. Estoy tan orgullosa de tu blog que has mantenido ya casi por 2 años y que ahora formo parte activa de él, como de todo lo que te rodea. Un beso . Lucila .

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