UN FILÓSOFO RADICAL (segunda parte).

El 31 de marzo de 1492, España cometió uno de esos actos de terrible locura autodestructiva a la que tienden las naciones muy poderosas: expulsó a sus judíos. Durante siglos, los judíos habían sido una presencia rica y próspera en Iberia. No fue casualidad que también beneficiaran económicamente a sus anfitriones, primero musulmanes y después católicos… Aunque algunos de los monarcas que los protegieron pudieron haberlo hecho por sentimientos humanitarios, la mayoría lo hizo pensando en su interés político y material. El rey de Aragón, por ejemplo, reconoció los beneficios prácticos de tener en sus tierras una comunidad judía económicamente activa. Los judíos eran hábiles mercaderes y controlaban una amplia red comercial. Hasta el final del siglo XIV, los judíos eran capaces de mantener una paz y seguridad razonables en sus comunidades. Incluso, algunos de sus intelectuales ocuparon cargos en las cortes reales.   

Steven Nadler. Spinoza. A life, 1999.

Deben haber sido años demenciales. En la España de los Reyes Católicos vivían unos 800 mil judíos. A partir del decreto de conversión o expulsión, muchos optaron por lo primero, aunque eso no los libró del fanatismo y, sobre todo, de los espías de la Inquisición. No era lo mismo ser cristiano nuevo –recién convertido al catolicismo–, que ser cristiano viejo, con varias generaciones de antepasados católicos. Aquellos siempre eran objeto de sospecha y no gozaban de los mismos derechos que éstos. Al menor indicio de que seguían practicando el judaísmo en secreto, eran denunciados, encarcelados, torturados y quemados en la hoguera, con la previsora incautación de sus bienes. Una de esas lindezas típicas de quienes antaño y todavía hoy siguen enarbolando esa entelequia absurda de la religión verdadera.

De aquellos judíos sefarditas –Sefarad era el nombre con el que los judíos llamaban a España–, unos 120 mil decidieron trasladarse al vecino reino de Portugal, en donde la garra de la Inquisición todavía no había llegado. Lamentablemente, esa seguridad sería transitoria, pues el Santo Oficio pudo llevar a cabo su cruel y macabra labor de exterminio en tierras lusitanas gracias a que Portugal se integró al reino de España bajo la monarquía de la Casa de Austria entre 1580 y 1640. Las autoridades portuguesas demostraron ser más eficientes que las españolas a la hora de descubrir y aniquilar a quienes profesaban en secreto la devoción a las leyes mosaicas.

Hacia 1590, la Inquisición puso sus ojos en la familia de Isaac Spinoza, un mercader lisboeta que vivía en Vidigueira, una villa ubicada en el sur de Portugal. Sabiéndose amenazado, Isaac, su hermano Abraham y sus respectivas familias, decidieron poner tierra de por medio. En los archivos inquisitoriales consta que huyeron antes de recibir el perdón, un eufemismo para ocultar la insidia con la que procedía esa “venerable” institución de la Iglesia Católica. Los Spinoza (a veces nombrados Espinosa, Espinoza, Spinosa o Despinosa) se establecieron en la ciudad portuaria francesa de Nantes, donde reanudaron su actividad comercial internacional. Abraham se mudaría  posteriormente a Rótterdam, para quedarse finalmente en Ámsterdam. De momento, Isaac permaneció en Nantes. Uno de sus hijos se llamaba Miguel y había nacido en Vidigueria. Este Miguel, comerciante como su padre, también se establecería en Ámsterdam. Tras un primer matrimonio sin hijos, se casó en 1628 con Hanna Déborah Senior. Uno de los frutos de ese matrimonio fue precisamente Baruch Spinoza.

La comunidad judía de Ámsterdam gozaba de una organización notable y contribuyó significativamente al florecimiento económico, científico y cultural de lo que hoy conocemos como la Edad de Oro Holandesa, ese período de la historia de aquel país que transcurrió durante buena parte del siglo XVII. En 1632, el año en el que nació Baruch Spinoza, nacieron también otras lumbreras neerlandesas en Delft, nada más y nada menos que Anton van Leeuwenhoek, el inventor del microscopio, y Johannes Vermeer, famoso pintor entre un pléyade de genios de la pintura como Rembrandt quien, sin ser judío, vivía a escasos metros de la casa de Spinoza. Ámsterdam era una ciudad envidiable en muchos aspectos. En ella se gozaba de una tolerancia religiosa que, si bien no era total, resultaba muy avanzada para su época y era inexistente en otras latitudes. Además, tenía espléndidos edificios públicos, elegantes mansiones privadas en barrios residenciales, bajos índices de criminalidad, hospitales numerosos y bien equipados. Sus habitantes vestían con pulcritud y disponían de los mejores avances científicos y tecnológicos de la época, como el alumbrado público, los relojes, telescopios y microscopios.

Entre 1572 y 1640, Ámsterdam cuadruplicó su población y se convirtió en el centro neurálgico del comercio mundial. Así nos lo describe Matthew Stewart en su obra El hereje y el cortesano. Spinoza, Leibniz y el destino de Dios en el mundo moderno (Biblioteca Muridán, 2006):

Sus barcos mercantes crijían bajo el peso de una plétora de azúcar brasileño, lana española, sal portuguesa, trigo del Báltico, lana turca de mohair, fruta y vinos del Mediterráneo, especias de las Indias Orientales, una gran variedad de productos manufacturados en Holanda, como telas de primera calidad, tapices, cerámica, muebles, pipas de tabaco y, por supuesto, los colorantes que necesitaban los frenéticos artistas de la República…

… Los judíos portugueses trajeron consigo una extensa red de contactos comerciales en la Península Ibérica y en América del Sur, mercados a los que sólo muy recientemente habían accedido los comerciantes holandeses. A mediados de siglo, la comunidad judía controlaba en torno al quince por ciento del comercio exterior de Ámsterdam.

 

Como en la mayor parte de los hogares judíos de Ámsterdam, en la casa de Spinoza se hablaba el portugués, por lo que su nombre familiar era Bento. Sin embargo, los judíos de Ámsterdam utilizaban el español para las cuestiones relativas a la literatura y, desde luego, el hebreo cuando trataban asuntos religiosos y leían los textos sagrados.

A los siete años, al poco de morir su madre Hanna muy probablemente de tuberculosis, Bento fue inscrito en la escuela de la comunidad judía que para ese entonces ya tenía fama internacional y estaba regulada por la Sociedad Talmud Torah, institución educativa fundada por las dos congregaciones judías más importantes de la ciudad, la Beth Jacob, que era la más antigua, y la Neve Shalom (“Morada de la Paz”).

Ambas congregaciones, que originalmente tenían sinagogas separadas con sus respectivos rabinos, se fusionarían en 1639 y sería el rabino Saúl Levi Morteira el líder máximo de aquella comunidad unificada de judíos sefarditas. Es curioso que el rabino Morteira, nacido en Venecia, fuese judío askenazi –Askenaz era el nombre que los judíos le daban a la región centroeuropea de donde provenían– y no sefardita. Este rabino tendría un papel decisivo en la vida de Spinoza.

Bento Spinoza destacó muy pronto como estudiante. Jean Maximilian Lucas, un protestante francés refugiado en Holanda, que conoció personalmente a Spinoza y se convirtió en uno de sus primeros biógrafos (La Vie et l’esprit de Monsieur Benoît de Spinosa, 1677) señaló que Spinoza tenía un talento excepcional, como lo confirmaría Johan Köhler, ministro luterano de Düsseldorf y otro de sus biógrafos tempranos:

La naturaleza le dotó de un ingenio agudo y de una gran inteligencia… Todavía no tenía quince años y ya planteaba problemas que incluso los judíos más cultos de la comunidad tenían dificultades para resolver.

 

Y no sólo era inteligente hasta la exasperación, sino que además tenía una gran confianza en sí mismo. Sin embargo, al notar el embarazo que provocaba con sus cuestionamientos, asentía con la cabeza y simulaba estar conforme con las respuestas que le daban. Esa conducta no se debía tanto a una pobre opinión de si mismo, como al poco valor que le concedía a las opiniones de quienes lo elogiaban. Pronto empezaría a convertirse en un peligroso rebelde de modales reservados.

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