UN FILÓSOFO RADICAL (tercera parte).

Algunos filósofos simplemente “exponen” sus filosofías. Cuando acaban sus disquisiciones, cuelgan sus herramientas de trabajo, vuelven a casa y se permiten los bien merecidos placeres de la vida privada. Otros filósofos “viven” sus filosofías. Tienen por inútil toda filosofía que no determine la manera como emplean sus días, y consideran absurda cualquier parte de la vida que no incluya la filosofía. Estos filósofos nunca vuelven a casa. Spinoza pertenecía inequívocamente al segundo de estos grupos.    

Matthew Stewart. El hereje y el cortesano. Spinoza, Leibniz y el destino de Dios en el mundo moderno, 2006.

Un erudito polaco que visitó la escuela de la comunidad judía de Amsterdam en la época en la que Baruch Spinoza estudiaba allí hizo el comentario siguiente:

 

Vi a unos auténticos gigantes de la erudición: unos niños tiernos y pequeños como saltamontes… que a mis ojos eran auténticos prodigios por la insólita familiaridad que tenían con la Biblia y con la ciencia de la gramática. Sabían componer versos y poemas siguiendo las reglas de la métrica y hablaban un hebrero purísimo.

 

            Spinoza hizo los estudios elementales en aquella escuela y cuando iba a pasar al nivel superior, falleció su hermano mayor Isaac. Dado el desempeño destacado de Baruch en la escuela para menores, es muy probable que su padre abrigase la esperanza de que prosiguiese sus estudios hasta convertirse en rabino. Sin embargo, una desgracia familiar obligó a Manuel Spinoza a que abandonase sus sueños. Al morir su hijo mayor Isaac en septiembre de 1694, cuando Baruch casi había cumplido los 17 años, tuvo que interrumpir su educación escolar para incorporarlo a la empresa familar.

De este modo, Baruch Spinoza ya no ingresó a la escuela superior o alta Medrassim, en donde habría profundizado en los estudios del Talmud, que es el compendio de los comentarios rabínicos sobre las Sagradas Escrituras (la Torá). Sin embargo, eso no significa que abandonase totalmente los estudios judaicos, ya que existía la alternativa de la Yeshivá o grupos de estudios religiosos y literarios para adultos. Es muy probable que Spinoza perteneciese a alguno de ellos.

A pesar de ello, algo le empezó a suceder alrededor de los 22 años. No pudo satisfacer su curiosidad intelectual con las respuestas que le ofrecieron sus mayores y poco a poco se fue forjando en él un espíritu de rebeldía que mantuvo oculto por cierto tiempo. Ayudando a su padre en las labores comerciales, amplió sus contactos fuera de la comunidad judía y se relacionó con librepensadores de diversas corrientes que también se habían alejado de la ortodoxia calvinista dominante en Holanda. Es muy probable que ya desde entonces Spinoza asistiese a las reuniones de algunos grupos que, al margen de las ideas y dogmas predominantes, discutían sobre religión, filosofía y política.

¿Qué fue exactamente lo que apartó a Spinoza de la fe religiosa de sus antepasados? No lo sabemos con exactitud. Ya Enrique Tierno Galván, al inicio de su estudio preliminar del Tratado teológico-político/Tratado político de Spinoza (Tecnos, 2010), nos dice:

 

Esperamos que el lector no interprete como un ocasional comienzo retórico la afirmación de que el mecanismo psicológico de Spinoza es inescrutable. Por lo que he visto y voy viendo, la imagen más común de Spinoza, en cuanto hombre, está en abierta contradicción con quienes absorbieron e interpretaron su pensamiento.

 

Esta insatisfacción con la sabiduría revelada en la Torá para buscar más la verdad profunda, más allá de la religión fue también expresada por el propio Spinoza en el Tratado de la reforma del entendimiento (Tecnos, 2007):

 

La experiencia me enseñó que cuanto ocurre frecuentemente en la vida ordinaria es vano y fútil; veía que todo lo que para mí era causa u objeto de temor no contenía en sí nada bueno ni malo, fuera del efecto que excitaba en mi alma: resolví finalmente investigar si no habría algo que fuera un bien verdadero, posible de alcanzar y el único capaz de afectar el alma una vez rechazadas todas las demás cosas; un bien cuyo descubrimiento y posesión tuvieran por resultado una eternidad de goce continuo y soberano.

 

Habiendo identificado los tres principales obstáculos que le impiden al hombre alcanzar esa verdad profunda –la riqueza, los honores y el placer sensual–, Spinoza se acercó a un punto de ruptura con el tipo de vida que había llevado hasta entonces. Llegó a una especie de frontera de la que ya no pudo ni quiso regresar. Su búsqueda de la sabiduría fuera del judaísmo empezó a preocupar a los rabinos de su comunidad. En uno de esos pasos decidió aprender latín, lo que en sí no iba en contra de las normas religiosas, pero con una intención adicional: acercarse a un método de aprendizaje que le permitese progresar por caminos que esas mismas normas religiosas prohibían. Spinoza encontró a un maestro de latín que satisfizo plenamente sus intenciones.

Franciscus van den Enden aprendió latín con los agustinos y jesuitas de Antwerp (Bélgica), su ciudad natal y pronto se convirtió en un profesor muy apreciado. A pesar de su relación muy cercana con la Iglesia Católica, Van den Enden no era un hombre religioso y profesaba cierta forma de deísmo, es decir, que aceptaba la existencia de Dios a través de la razón y como una experiencia personal, en lugar de hacerlo a través de las verdad revelada dentro de las religiones tradicionales. También abrigaba ideas políticas democráticas muy adelantadas para su tiempo.

Spinoza se convirtió en uno de los alumnos más destacados de Franciscus van den Enden y algunos estudiosos consideran que la raíz de la disidencia del filósofo judío está precisamente en la influencia de Van den Enden. Aunque al momento de entrar en contacto con Van den Enden Spinoza ya había desarrollado algunas de las ideas centrales de su propio sistema de pensamiento, parece cierto que el maestro de latín fue un elemento decisivo en su desarrollo intelectual y personal.

En alguna ocasión, Spinoza se atrevió a revelar lo que él denominaba “su gran proyecto” a algunos amigos judíos que le preguntaron sobre sus ideas. Según su biógrado Lucas, uno de aquellos jóvenes le dijo: Si uno leer la Biblia detenidamente, parecería que el alma no es inmortal, que los ángeles no existen y que Dios tiene un cuerpo. ¿Qué opinas tú de todo esto? ¿Tiene Dios un cuerpo? ¿Es el alma inmortal?

           

            Baruch no midió el peligro de lo que estaba a punto de hacer y les contestó:

 

Confieso que ya que no es posible encontrar nada inmaterial o incorpóreo en la Biblia, no hay nada censurable en creer que Dios es un cuerpo. Tanto más cuanto que, como dice el profeta [Salmos 48:1], Dios es grande y es imposible comprender la grandeza sin extensión y, por consiguiente, sin un cuerpo… En cuanto a los espíritus, es cierto que las Escrituras no dicen que sean sustancias reales y permanentes, sino meros fantasmas… Por lo que respecta al alma, allí donde las Escrituras hablan de ella, la palabra “alma” se usa simplemente para referirse a la vida, o a cualquier cosa que esté viva. Sería inútil buscar un pasaje en apoyo de su inmortalidad.

 

            Spinoza acababa de firmar su condena. Pronto llegaría la terrible respuesta de la sinagoga.

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