UN FILÓSOFO RADICAL (cuarta parte).

¿Qué mal mayor puede escogerse para un Estado que ver hombres honrados condenados como criminales al destierro, porque piensan de diversa manera e ignoran el fingimiento? ¿Qué, repito, más pernicioso que conducir a la muerte y considerar como enemigos a hombres que no han cometido crimen ni delito alguno, sino tener el pensamiento libre, para que el cadalso, terror de los malos, se ostente como admirable teatro en que se muestra la tolerancia y la virtud como clarísimo ejemplo, con oprobio manifiesto del soberano?    

Baruch Spinoza. Tratado Teológico-Político, 1670.

Con Franciscus van den Enden, Baruch Spinoza no sólo aprendió literatura clásica y filosofía, sino que incorporó a su acervo intelectual materiales más recientes y se familiarizó con los heraldos de la nueva ciencia, como Bacon, Galileo y Giordano Bruno. Van den Enden le presentó las obras de Erasmo, Montaigne y del filósofo y teólogo holandés Dirk Coornhert. En lo tocante a la política, Spinoza pudo conocer a través de su maestro lo escrito por Maquiavelo, Hobbes, de Groot, Calvino y Tomas Moro. Aunque en su preparación académica, se reconoce que la influencia más profunda la recibió de René Descartes. Su biógrado Colerus diría que Descartes sería para Spinoza el maestro de maestros (Leermester), cuyos escritos serían la guía en su búsqueda del conocimiento.

Aunque Spinoza siempre fue bastante discreto en lo tocante a sus pensamientos, poco a poco sus ideas llegaron a oídos de los líderes de la sinagoga, generando en ellos una inquietud creciente. No era para menos. Al respecto, Matthew Stewart nos dice que:

 

Estaba en juego algo más que la teología: cuando las autoridades permitieron a los judíos vivir y practicar sus cultos en Ámsterdam, lo hicieron con la condición de que los recién llegados se ciñesen a sus creencias y no contaminasen la atmósfera de la ciudad con herejías adicionales. Los líderes judíos sabían que la superviviencia de su comunidad dependía de evitar el escándalo.

 

            El 27 de julio de 1656, el siguiente texto, conocido como cherem (excomunión, separación, destrucción) fue leído muy posiblemente por el rabino Saúl Levi Morteira en hebreo frente al arca de la sinagoga portuguesa de Ámsterdam en el Houtgracht:

 

Los señores de la Mahamad (consejo directivo de la comunidad judía)… habiendo tenido conocimiento de las perversas opiniones y acciones de Baruch Spinoza, han intentado por varios medios y promesas apartarle del mal camino. Pero no habiendo podido reformarle, sino más bien al contrario, recibiendo diariamente más información sobre las abominables herejías que practicaba y enseñaba, y sobre las monstruosas acciones que cometía, y teniendo de ello numerosos testimonios fidedignos que han aportado a este efecto varios testigos en presencia del tal Spinoza, han decidido… que el tal Spinoza sea excomulgado y expulsado del pueblo de Israel… Maldito sea de día y maldito sea de noche; maldito al acostarse y maldito al levantarse. Maldito sea al entrar y maldito sea al salir. No quiera el Altísimo perdonarle, sino que su furor y su celo envuelvan a este hombre; lance sobre él todas las maldiciones escritas en el libro de esta Ley, y borre su nombre bajo los cielos.

 

Ser sujeto de un cherem traía serias consecuencias para un judío observante de la ley mosaica. Sus vínculos con la comunidad eran cortados de tajo y tanto el condenado como su familia se veían gravemente afectados en la esfera secular y religiosa. En palabras de un historiador, el excomulgado sentía que había perdido su lugar en este mundo y en el del más allá.

La dureza y duración de la excomunión eran variables. Algunas duraban sólo unas horas, mientras otras se mantenían por años, aunque siempre existía la posibilidad de reconciliación tras un arrepentimiento y, en ocasiones, el pago de una multa. La reincidencia endurecía la condena. Con los registros que se conservan, se puede afirmar que el cherem impuesto a Spinoza fue de un rigor nunca antes visto. Se sabe también que se le ofrecieron vías alternas para evitarlo, mismas que el filósofo rechazó para mantenerse fiel a sus ideas. Todo parace indicar que esa fidelidad pasaba necesariamente por la separación irreversible de su comunidad originaria.

¿Por qué una excomunión tan cruel? En ningún documento de la época se ofrecen explicaciones claras acerca las terribles acusaciones que se le formularon, los actos y opiniones diabólicas, herejías abominables y obras monstruosas. En aquel momento, sólo tenía veintitrés años y todavía no había publicado ninguno de sus libros. El mismo Spinoza parece haber guardado un absoluto silencio sobre aquellos días, pues no contamos con ningún documento suyo en el que haya hecho mención del asunto.

Si la respuesta no se encuentra en su afición a la filosofía pagana, sus contactos con los gentiles y su interés por los nacientes conocimientos científicos, entonces está en las herejías y opiniones maléficas citadas en el cherem. Por fortuna, contamos con ciertas evidencias indirectas de lo anterior en los informes que el monje agustino español Tomás Solano y Robles rindió a la Inquisición tras viajar a Ámsterdam, en donde se reunió con Spinoza y Juan de Prado, otro judío excomulgado.

Fray Tomás Solano declaró que ambos hombres le habían dicho que eran observantes de la ley judía, pero que habían cambiado su manera de pensar, especialmente en lo relativo a Dios, el alma y la misma ley mosaica. A los ojos de la congregación de los fieles, habían llegado a los límites del ateísmo. Por estas declaraciones, las hechas también por el capitán Miguel Pérez de Maltranilla, otro visitante español en Ámsterdam, y lo expresado por el propio Spinoza en sus obras póstumas, conocemos los detalles de su pensamiento herético.

De acuerdo a lo que nos indica Steven Nadler (Spinoza. A life. Cambridge University Press, 1999), Baruch Spinoza negaba la inmortalidad del alma humana y, por tanto la existencia de una vida después de la muerte. Aunque admitía que la mente (o parte de ella) es eterna y permanece en Dios después de la muerte física, creía que el alma personal desaparecía al morir el cuerpo. Así que no había razón para preocuparse o temer un premio o castigo eternos en la otra vida. De hecho, señalaba claramente que la esperanza y el miedo eran simplemente emociones que los líderes religiosos manipulaban en su beneficio con el propósito de mantener a los fieles controlados y sumisos.

Spinoza señalaba que la noción de Dios como un juez que dispensa premios y castigos era una forma absurda de antropomorfismo, es decir, de investir a Dios de cualidades puramente humanas. De igual manera, opinaba que Dios no necesitaba la veneración de los hombres y que cada quien podía ofrecerle una devoción personal, sin la intervención obligada de rabinos o sacerdotes. En pocas palabras, que las bases de la religión organizada son la superstición, la ignorancia y los prejuicios.

Para Spinoza, Dios es simplemente la sustancia infinita y que, como tal, es idéntica a la naturaleza. Todo lo que existe sigue por necesidad a la naturaleza de Dios. Asimismo, Spinoza negaba que los seres humanos fuesen libres en un sentido pleno o que pudiesen hacer algo por si mismos para contribuir a su salvación y bienestar.

En su Tratado Teológico-Político, afirmaba que el Pentateuco no fue escrito por Moisés y que sus preceptos no tienen tampoco un origen divino. Si bien sus páginas contienen “un mensaje divino” incluido en sus enseñanzas morales, la Biblia es una obra completamente humana, fruto de numerosos autores y editores. Sostenía la opinión de que el pueblo judío sólo podía considerarse elegido en términos de una “felicidad física temporal” y cierta autonomía de gobierno. La noción de que los judíos son un “pueblo elegido” carece de bases metafísicas y morales y en ese sentido no lo son más que otras naciones. Tampoco son superiores ni más sabios que otros. Y eso no es todo.

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