UN FILOSOFO RADICAL (quinta y última parte).

Es una suerte que vivamos en una época en la que la Filosofía es considerada como algo inofensivo. Según se acercaba el otoño de 1676, sin embargo, Baruch de Spinoza tenía motivos suficientes para temer por su vida. Poco antes, uno de sus amigos había sido ejecutado, y otro había muerto en la cárcel. Los esfuerzos para publicar su obra definitiva, la ‘Ética’, habían concluido entre amenazas de interposición de un proceso criminal. Un destacado teólogo francés se refirió a él como ‘el hombre más impío y peligroso del siglo’. Un poderoso obispo lo denunció como ‘este hombre loco y malvado, que merece ser encadenado y azotado’. Para el público en general era conocido simplemente como ‘el judío ateo’.

Matthew Stewart. El hereje y el cortesano. Spinoza, Leibniz y el destino de Dios en el mundo moderno, 2006.

            Después de ser expulsado de la comunidad judía de Ámsterdam, Barcuh Spinoza dedidió mudarse a una casa en las afueras de la ciudad. Lejos de retractarse de los motivos por los que había sido excomulgado, lo que muy posiblemente le hubiese granjeado el perdón del poderoso rabino Morteira, escribió una defensa de su postura titulada Apología para justificarse de su abdicación de la sinagoga. La comunidad judía redobló la furia y el rechazo en su contra hasta límites nunca antes vistos.

Cortadas todas las relaciones con sus hermanos de religión y al dejar en manos de Gabriel, su hermano menor, el negocio familiar, Spinoza tuvo que dedicarse a otra ocupación para ganarse la vida. Con el florecimiento científico y artístico que caracterizó a la Edad de Oro Holandesa, había una gran demanda de lentes, tanto para telescopios como para los nacientes microscopios. Recordemos que Anton van Leeuwenhoek, el inventor del microscopio, era contemporáneo de Spinoza.

Así que aprendió a pulir lentes y se dice que llegó a adquirir una gran maestría en el oficio. Parece ser que Christiaan Huygens, el destacado astrónomo holandés que llegó a ser miembro de la Real Academía de Ciencias de París durante el reinado de Luis XIV e ingresó también a la recién formada Royal Society de Londres, utilizó lentes pulidos por Spinoza en la fabricación de sus afamados telescopios.

Lo mismo sucedió con Theodor (Dirk) Kerckring, el médico y anatomísta holandés que le dio apellido a los pliegues o válvulas características de la mucosa del intestino delgado. Kerckring utilizaba microscopios cuyos lentes habían sido preparados por Baruch Spinoza y, en correspondencia, Spinoza tenía en su biblioteca personal algunas de las obras anatómicas de Kerckring. El oficio de Spinoza, que desempeñaba en su cuarto durante el día –por la noche pulía su mente a la luz de una vela–, ha de haber tenido repercusiones sobre su frágil salud, ya que la exposición al fino polvo que emanaba del pulido de los cristales fue mermando lentamente su capacidad respiratoria.

En 1660 se trasladó a Rinjsburg, una pequeña localidad cercana a Leiden. Fue allí donde escribió Principia philosophiae cartesianae y los Cogitata metaphysica, en donde reflexiona sobre la filosofía de René Descartes, que se publicaron tres años más tarde. Desde su sencilla morada, mantuvo una nutrida correspondencia con numerosos intelectuales y grupos disidentes de Holanda y el resto de Europa. Estos pensadores independientes solían reunirse para discutir y aprender en lo que llamaban colegios, por lo que  pronto se les conocería como los colegiantes.

Fue por esa misma época cuando empezó la redacción de su Tratado sobre la reforma del entendimiento y la de su obra cumbre, la Ética demostrada según el orden geométrico. Spinoza publicó en vida sólo dos obras, las relativas a Descartes y el Tratado Teológico-Político. Casi la totalidad de las restantes saldrían a la luz después de su muerte, reunidas por sus amigos en la colección titulada Opera posthuma. Sólo su Tratado breve acerca de Dios, el hombre y la salud de su alma estuvo perdido dos siglos, para ser encontrado y publicado en 1852.

En 1663 se mudó a Voorburg, cerca de La Haya, donde entabló una estrecha amistad con Jan de Witt, gran pensionario o jefe del gobierno de las provincias unidas de Holanda. De Witt le ayudó a publicar de manera anónima su Tratado Teológico-Político, cuya crítica a la religión organizada provocó una enorme ola de protestas y despertó la curiosidad por conocer a su autor. Sus enemigos no tardaron mucho en descubrir que el autor del Tratado Teológico-Político no era otro sino el odiado Baruch Spinoza. La posterior caída y asesinato de Jan de Witt convencieron a Spinoza de no publicar en vida el resto de sus obras.

Al respecto, Matthew Stewart dice lo siguiente:

En su correspondencia, Spinoza usaba una sortija de sello que tenía grabada la imagen de una rosa con espinas y un lema de una sola palabra: ‘Caute’, o ‘cautela’. ‘La virtud de un hombre libre –explica en la Ética– reside tanto en saber evitar los peligros como en superarlos’.

 

            Desde 1670 hasta su muerte, Spinoza vivió en La Haya. En 1673, recibió la oferta del Elector del Palatinado, un territorio que pertenecía a Alemania, para desempeñarse como profesor de filosofía en la Universidad de Heildelberg. Sin embargo, rechazó el cargo para no comprometer su libertad intelectual, ya que de aceptar, se le imponía como condición no perturbar la religión públicamente establecida.

Unos meses antes de su muerte recibió la sorprendente visita del afamado filósofo alemán Gottfried Wilhelm Leibniz, que había criticado duramente a Spinoza y había promovido en su contra la crítica de otros intelectuales. Al parecer, a la luz del examen detallado de los documentos de Leibniz, su postura ante Spinoza era dual: lo criticaba en público y lo admiraba profundamente en privado. Posteriormente, Leibniz negaría aquella visita hecha a Spinoza. Hoy está bien demostrado que mintió al hacerlo. No sería la única ocasión que Leibniz mentiría o expresaría medias verdades a lo largo de su vida.

Con un pequeño poema de Jorge Luis Borges sobre Spinoza, concluyo este escrito sobre el judío excomulgado que sentó las bases del pensamiento moderno, visión del mundo que hoy forma parte indisoluble de nuestra cultura. En ellos, más que la densa lógica de sus razonamientos, asoma el alma del judío excomulgado y su afán por descubrir a Dios en la esencia del Universo:

Las translúcidas manos del judío

labran en la penumbra los cristales

y la tarde que muere es miedo y frío.

(Las tardes a las tardes son iguales).

 

Las manos y el espacio de jacinto

que palidece en el confín del Ghetto

casi no existen para el hombre quieto

que está soñando un claro laberinto.

 

No lo turba la fama, ese reflejo

de sueños en el sueño de otro espejo,

ni el temeroso amor de las doncellas.

 

Libre de la metáfora y del mito

labra un arduo cristal: el infinito

mapa de Aquel que es todas Sus estrellas

 

Minado por la tuberculosis, Bento, Baruch, Benedicto o Benito Spinoza murió un 21 de febrero de 1677 sin llegar a cumplir los 45 años.

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