UNA NUEVA AVENTURA INTELECTUAL.

La libertad de elección y la vulnerabilidad de nuestra condición son las bases de la ética, y nos imponen unas obligaciones. La reflexión ética pretende ayudarnos a entender cómo podemos ayudarnos los unos a los otros a convivir mejor, a disfrutar de la mejor vida posible. Y aunque no exista un código, podemos acudir a unas ideas útiles y consolidadas, emplearlas como instrumentos que nos ayuden a pensar qué clase de vida preferimos. Y como los problemas se renuevan casi a diario, debemos reflexionar constantemente, la vida razonada no termina nunca, y dura lo que dura la existencia.

Fernando Savater. Ética de urgencia, 2012.

            Hay momentos en la vida de los que, tiempo después de ocurridos, podemos decir que definieron un nuevo derrotero de nuestra existencia. A veces esos momentos no los elegimos, pues nos son impuestos por las circunstancias externas, pero los hay que son el fruto de una planeación o que pretenden serlo. Al rebasar la cincuentena, se ha sido gestando en mi interior la necesidad de planear la vejez que, aunque todavía no plenamente establecida, empieza a anunciar con las primeras manifestaciones su llegada ineluctable. Aquellos que, en las mismas circunstancias cronológicas o incluso algo mayores que yo, no son capaces de verlo, me provocan en el mejor de los casos una ternura que raya en la misericordia.

Tampoco se trata de una recomendación general, pues son muchos los caminos elegidos o seguidos por el hombre para ocupar sus años postreros. Además, muchísimas veces, esas circunstancias externas a las que hacía referencia en el párrafo precedente –piénsese en las necesidades económicas o en las mermas físicas y mentales– son las que imponen sus condiciones y nos obligan a llevar una vida determinada durante la vejez que no es precisamente la que hubiésemos deseado.

Pero supongamos por un momento que podemos elegir y planear el modo en el que desearíamos vivir esa etapa. De ser así, yo quisiera para Lucila y para mí una ocupación distinta de la que hoy desempeñamos con tanto entusiasmo, convicción, pasión y entrega.

En lo personal y para, digamos, dentro de unos quince años, yo ya no quisiera tener que respirar grandes cantidades de formol mientras corto úteros tachonados de miomas. Son tareas que me gustaría dejar para ese entonces en las manos de patólogos jóvenes, no sin asegurarme personalmente de que sern por el detalle obsesia cabo con el e de que seranpatsma obsersiun sentido. a los m y para, digamos, dentro de una quince años,ían capaces de llevarlas a cabo con el mismo cuidado y obsesión por el detalle con los que hoy las realizo yo mismo. A mí, por ejemplo, me gustaría reservarme el estudio de las biopsias de piel, asunto delicado que exige del ejecutante dosis equivalentes y mayúsculas de destrezas clínicas e histopatológicas, fusionadas en una especie de arte de la interpretación que no puede obtenerse por la sola consulta de los tratados dermatopatológicos. O recibir en consulta aquellos casos que entrañen el tipo de dificultad que se supera con la experiencia.

Tratando de adivinar el futuro, casi con seguridad aparecerá una nueva clasificación de los linfomas, se identificarán nuevos biomarcadores pronósticos, predictivos y de monitorización para diversos tipos de cáncer y se inventará un nuevo método para reducir los resultados falsos negativos de las citologías cérvico-vaginales o uno que reemplace al venerable Papanicolou. Para ese entonces, quizás yo ya no tenga la fuerza ni la fe para volver a aprender una vez más las últimas novedades de la profesión.

En veinticinco años de estar estudiando y ejerciendo la anatomía patológica he podido ser testigo de que el conocimiento científico no parece tener fin. Pero la vida humana termina algún día y es justamente la incertidumbre del momento en el que concluirá la mía lo que hoy que me hace reflexionar sobre el camino que me gustaría recorrer durante la vejez, tanto en lo intelectual como en lo humano. Un sendero en el que, recogiendo todas la experiencias, pueda darle a los míos –tanto inmediatos como mediatos– los frutos más maduros y más dulces e intentar con ello que lo vivido por mí les sirva a ellos para dar un paso hacia adelante, sólo un paso que les permita hurtarle un poco de tiempo al implacable suceder de los días.

Ya veo los gestos de desaprobación de mis pares y de mis maestros –en especial de quienes cultivan la patología como una monomanía–, por lo que debo hacer aquí una advertencia. Hoy declaro enfáticamente que no acuso ninguna flaqueza en mi vocación profesional. Sé que elegí bien y disfruto mucho ejerciéndola y, cuando me es posible, enseñándola. Pero advierto también que los desafíos a los que se enfrenta, que forman parte de los que hoy encara la medicina en su conjunto, no pueden resolverse con un mínimo de satisfacción ahondando en el pozo sin fin de sus conocimientos. Es necesario buscar más allá.

Para nadie medianamente informado es una novedad que vivimos un momento del devenir de la medicina en el que los grandes descubrimientos científicos y tecnológicos se adelantan a nuestra capacidad de reflexionar sobre sus dimensiones éticas. En ocasiones, estos avances son tan espectaculares y asombrosos que incluso pasan por buenos y deseables sin mayores consideraciones. Máxime si, como suele ocurrir, son impulsados por fuertes intereses económicos.

Por eso me parece no sólo conveniente, sino urgente, prepararse lo mejor posible para la reflexión ética. Allegarse de los conocimientos y los instrumentos para responder con algo más que ocurrencias y lugares comunes a las preguntas que surgen de temas como el aborto, la eutanasia, los adelantos de la genómica, el desarrollo de medicamentos, los nuevos tratamientos contra el cáncer, entre tantos temas de una actualidad apremiante.

Así que decidí seguir los consejos de mi buen amigo Arnoldo Kraus, miembro fundador del Colegio de Bioética A.C. y destacado médico y escritor, quien me recomendó que recurriese al Observatorio de Bioética y Derecho de la Universidad de Barcelona. Me informé con detalle y me complació comprobar que tiene, según reza su página electrónica, un enfoque laico, pluridisciplinar y flexible. Tras cumplir con los requisitos exigidos, fui aceptado para cursar la XVI Edición del Máster (Maestría) en Bioética y Derecho (2013-2015) que imparte el Observatorio y que forma parte de la Cátedra de Bioética de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO).

Esta maestría tiene como punto de partida la situación que se vive actualmente dentro de las ciencias biológicas en general y de la medicina en particular:

 

Los avances científicos en biotecnología y biomedicina tienen una proyección sobre la dignidad y los derechos humanos que ha dado lugar a una problemática bioética de rango global. En estas circunstancias, es necesaria la realización de un debate público informado que permita aproximar la biotecnología a la sociedad…

… El origen de la vida, el concepto de la muerte, la capacidad de tomar racionalmente decisiones difíciles, el valor del principio de autonomía o el papel del Estado en la política sanitaria, son buenos ejemplos para ilustrar la trascendencia de los nuevos problemas que han propiciado la emergencia de la Bioética como disciplina y el enorme florecimiento que, en las últimas décadas han experimentado las relaciones entre biología, medicina, ética y derecho.

 

            El Máster en Bioética y Derecho consta de tres módulos, en los dos primeros se cubren los temas contenidos en el plan de estudios y el tercero corresponde a la elaboración de la tesina con la que, una vez satisfechos los demás requisitos, el alumno accede a la posibilidad de graduarse.

Convencido de que en estos momentos es importante y pertinente prepararse con toda la seriedad posible en esta área del conocimiento, es mi deseo a unas pocas horas de iniciar esta nueva aventura intelectual ponerla al servicio de todos los que me rodean, es decir, de mi familia, mis colegas médicos dentro y fuera del Hospital Hidalgo, de los compañeros consejeros de la Comisión Estatal de Arbitraje Médico y, muy particularmente, ponerla al servicio de los pacientes, que son, al fin y al cabo, quienes dan sentido a todo lo que hacemos en el campo profesional.

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