EL BUEN MÉDICO (primera parte).

El médico de hoy ha pasado de ser un profesional liberal a ser un funcionario que, sometido en parte a las exigencias del sistema, parece haber reemplazado la práctica basada en la vocación y los valores médicos por una relación médico-paciente despersonalizada, dando más importancia al sinfín de datos clínicos de los que dispone, al cumplimiento de objetivos, a la realización de tareas administrativas y a las cargas burocráticas, que a la actuación médica frente al paciente y el proceso de curación en si mismo.

José Antonio Gutiérrez Fuentes. Ciencia, valores y arte médico, 2012.

            Cuando se empieza a estudiar la carrera de medicina, la cuestión de lo que implica ser un buen médico parece reducirse a unos años de estudio intenso en la universidad y a la adquisición de ciertas destrezas prácticas, tanto clínicas como quirúrgicas, durante las rotaciones en los diferentes hospitales. El mismo proceso de selección para ingresar a la escuela de medicina suele estar sesgado, pues descansa principalmente en la medición de los conocimientos científicos que se empiezan a estudiar en el bachillerato, el dominio del idioma inglés (especialmente su comprensión lectora) y algunas pocas cosas más.

Las mismas tendencias actuales de la profesión refuerzan este esquema simplista del buen médico. Es muy claro que hoy se concede un gran valor a los aspectos científicos y tecnológicos por encima de las demás facetas que deben integrarse de manera equilibrada en un buen profesional de la medicina. Salvo raras excepciones, poco se toma en cuenta su universo afectivo, aquellas cualidades y virtudes que serían esperables en quien tiene la delicada responsabilidad de velar por la salud y la vida de sus semejantes.

Por todo lo anterior, exponer, aunque sea de una manera somera e incompleta, las características que debe reunir quien aspire a ser un buen médico no es tarea sencilla. Por fortuna, recibí recientemente un libro titulado Ser médico. Los valores de una profesión (Unión Editorial y Cátedra de Educación Médica de la Fundación Lilly-Universidad Complutense de Madrid, 2012), en el que el doctor José de Portugal Álvarez, médico internista, catedrático de la Universidad Complutense de Madrid y miembro de la Real Academia Nacional de Medicina de España escribe un capítulo titulado El buen médico. Tras haberlo leído, coincido plenamente con su contenido y creo que merece la pena compartirlo en los párrafos siguientes.

Refiriéndose a los aspectos humanos, éticos, sociales y profesionales del médico, el doctor de Portugal señala lo siguiente:

El prestigio y la necesidad de estos componentes han sido erosionados por la brillante eficacia de los procesos científicos y técnicos de la medicina actual y, sin embargo, siguen siendo imprescindibles en la correcta composición del médico para conseguir eficacia clínica y satisfacción en el paciente.

 

Su análisis parte de la definición de médico –el hombre (o mujer, por supuesto, pero seguiremos con hombre en sentido genérico) que desde la decisión de adquirir tal condición, desarrolla y mantiene una formación específica que le permite transformar la decisión inicial en ejercicio–, definición en la que reconoce de una generalidad e inespecificidad tales que podría aplicarse a cualquier profesión. Sin embargo, detecta en ella cuatro palabras clave “cuyo desarrollo conceptual permite especificar la definición de médico y caracterizarle como bueno o malo. Esas palabras son: hombre, decisión, formación y ejercicio”. Para exponer su visión del buen médico, José de Portugal desarrolla estas palabras una por una.

1.-Hombre: empieza señalando que, para ser buen médico, el hombre necesita imprescindiblemente una condición ética de la persona y, accesoriamente, ciertos rasgos de personalidad:

 

.… ¿se puede ser buen médico sin ser buena persona? Paracelso, la gran cabeza medieval de la medicina, dio su respuesta: “vir bonus medendi peritus”, el hombre bueno es perito en el arte de curar… Pero es necesario saber qué debe entenderse por ser buena persona. Es, en principio, una condición ética que tiene traducción social en norma de conducta. Esta condición ética necesita como fundamento la coherencia entre las ideas y los actos, coherencia tan profunda y constante que se constituye en la manera de ser y de actuar de la persona. Pero obviamente, las ideas a las cuales han de acoplarse los actos han de ser éticamente buenas. Tres son, a mi juicio, las que básicamente constituyen la esencia de la buena persona: el respeto, la tolerancia y la solidaridad, transformables en actos como norma de conducta.

 

            Además de lo anterior, hay otras condiciones que facilitan la bondad del médico y que dependen de su carácter, temperamento e inteligencia. El médico que por sus condiciones personales insuficientes o defectuosas no pueda establecer una buena relación con su paciente o no pueda ser capaz de sensibilizarse con su problema físico, psíquico o social y comprender su realidad, no podrá ser buen médico en un sentido pleno. Aunque no son del todo imprescindibles, la formación cultural, intelectual y artística facilitan y estimulan la sensibilización y el conocimiento del médico en su relación con el paciente.

2.-Decisión: el doctor de Portugal reconoce que son varias las razones que nos hacen tomar la decisión de estudiar la carrera de medicina. En algunos casos se trata de lo que él llama mimetismo personal. Es decir, el deseo de imitar a una figura o modelo que uno conoce de manera personal o indirectamente, a través de la literatura, el cine, la televisión, etc. También influye en la decisión el deseo de obtener un modo de vida, es decir, la ocupación profesional de la vida y la obtención de recursos para ello.

También identifica otras tres razones que pueden desviar al médico de los tres componentes de la buena persona –el respeto, la tolerancia y la solidaridad– y que son, respectivamente, el deseo de adquirir prestigio, el deseo de conseguir poder y el deseo de ganar dinero. Son razones lícitas y éticamente aceptables siempre y cuando no se salgan de control y se incurra en la desmesura.

Otras dos razones resultan las más importantes a la hora de decidirse por el estudio y el ejercicio de la medicina, una tiene que ver con el conocer y la otra con el ayudar. La primera es el deseo de saber, es decir, el poseer un conocimiento científico de la naturaleza humana con el que el joven trata de satisfacer su curiosidad natural sobre el hombre y su aspiración de poder influir y modificar en los dictados de la enfermedad. La segunda es el deseo de ayudar. Nos dice José de Portugal:

 

En esta voluntad de ayuda al hombre enfermo, que emerge desde la condición de buena persona y habrá de realizarse en la actitud amorosa hacia el paciente, está la razón más fuerte y más específica de la decisión de ser médico. En ella reside la vocación de médico y ella mantiene esta condición…

… Pero si en el contenido de la decisión faltan las razones de conocer y ayudar y si éstas se han perdido en el que ya ejerce la medicina, la primera no será suficiente para llegar a ser buen médico y el segundo habrá perdido su condición intrínseca de tal. Porque en esencia, ser médico es a la vez una condición intelectual y otra afectiva, que se ensamblan para realizar técnicamente una acción y si falta una de ellas no se puede ser un buen médico, porque el saber sin voluntad de ayuda termina en el nihilismo skodiano y el ayudar sin saber se queda en un gesto humanitario no pocas veces peligroso. La posesión de las dos condiciones constituye el buen médico; disponer sólo de la segunda a lo más que conduce es a hacer un médico bueno.

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