EL BUEN MÉDICO (segunda y última parte).

… Dado que el conocimiento de la enfermedad tiene deficiencias y no puede actuar por si mismo, los enfermos necesitan a los médicos. Incluso si, como ocurre a menudo en estos días, los pacientes poseen esos conocimientos, siguen necesitando a los médicos debido a la naturaleza de la enfermedad, ya que siempre representa una amenaza real o imaginaria para la existencia y conlleva incertidumbres que obstaculizan e incluso paralizan la toma de decisiones efectivas para combatirla. 

Eric J. Cassell. The nature of suffering and the goals of medicine, 1991.

            Siguiendo con la definición de médico propuesta por el doctor José de Portugal en el libro Ser médico. Los valores de una profesión (Unión Editorial y Cátedra de Educación Médica de la Fundación Lilly-Universidad Complutense de Madrid, 2012), la siguiente palabra clave es:

3.-Formación, que se refiere al cuerpo de conocimientos, habilidades y actitudes que capacitan para desempeñar las tareas profesionales y permiten tomar decisiones en aras de solucionar un problema. Es muy importante agregar que la formación entraña un proceso siempre inacabado, que el médico debe continuar a lo largo de su vida. En este sentido, el doctor de Portugal nos dice que:

 

El buen médico será, obviamente, el que manteniendo constantemente el proceso, disponga en cada momento de un buen estado de formación, es decir, de conocimientos, habilidades y actitudes suficientes, adecuados y pertinentes.

 

Aunque el médico debe tener conocimientos de disciplinas tan diversas como la sociología, la antropología, la historia de la medicina, la ética y la economía, los que tienen aplicación clínica directa pueden dividirse en básicos e imprescindibles, que el estudiante empieza adquirir en la escuela de medicina y que denominamos ciencias básicas, como la anatomía, la bioquímica, etc. Luego están los conocimientos referidos a las enfermedades más frecuentes en el ámbito de acción del médico, en los que debe profundizar mediante el uso de los conocimientos básicos previamente adquiridos:

 

La mentalidad fisiopatológica aplicada a la clínica , a cada caso clínico, no sólo permite un más exacto y profundo conocimiento de los fenómenos patológicos que derivará en mejores actitudes diagnósticas y terapéuticas, sino que hace posible la ineludible concepción holística del proceso morboso y, ocasionalmente, la adaptación del juicio clínico a formas no habituales de presentación o evolución de las enfermedades.

Por último, están los conocimientos complementarios de los anteriores, que se refieren tanto a las enfermedades que no son frecuentes en la práctica clínica cotidiana, como a los que provienen de campos y especialidades distintos de los que ejerce el médico. José de Portugal nos dice que la principal cualidad de los conocimientos médicos debe ser su pertinencia, es decir, su estrecha correlación con los problemas de salud de la comunidad: buen médico será el que disponga de conocimientos con un alto nivel de pertinencia, lo cual permitirá transformarlos en útiles y aplicables. Eso no significa que los conocimientos complementarios de otras disciplinas no contribuyan, siquiera parcialmente, al bagaje del buen médico.

En relación a las habilidades prácticas, que conducen a la realización precisa y segura de un acto y que constituyen la destreza del que las ejecuta, el doctor de Portugal las divide en básicas o fundamentales, imprescindibles para actuar como médico, como la realización de la historia clínica; las específicas, propias de la especialidad que se cultiva; las accesorias, que el médico realiza de manera ocasional, como las maniobras de reanimación, colocación de sondas, la traqueotomía, etc.; y las especiales, que sólo realizan algunos médicos especialistas en ciertos campos.

Las actitudes son disposiciones afectivas, relativamente constantes, hacia alguien o algo. En el caso del médico, Hipócrates ya señalaba que el sentimiento más elevado es la filantropía, el amor al hombre como semejante. Es esa percepción del paciente como un hermano que ha caído en desgracia, que se nos ha adelantado en un camino que nosotros mismos tendremos que transitar. La relación entre el paciente y el médico se construye con elementos que ambos aportan: confianza y confidencia por parte del paciente; condolencia por parte del médico, cuya actitud tiene dos componentes, la benevolencia (volitivo) y la beneficencia (operativo). Paciente y médico llegan así a la concordancia, es decir, a la búsqueda conjunta del restablecimiento de la salud.

4.-El ejercicio profesional, la práctica médica, es la última palabra clave identificada por José de Portugal en la definición de médico:

 

Sea cual sea la forma cómo se desarrolle, pública o privada, o cualquiera de los ámbitos en que se realice: hospital, atención primaria, seguro médico, consulta privada., etc., el ejercicio médico está sujeto al menos a cuatro imperativos: la competencia, la ética, el humanismo y la profesionalización.

 

Hoy, la competencia parte del componente científico-técnico y se extiende a otros aspectos que cobran cada vez más importancia y que son objeto de la inspección y control por varios grupos sociales, políticos, financieros, etc., quienes, a la postre, determinan justamente esa competencia profesional del médico:

 

Situado con frecuencia  entre su perspectiva puramente médica hacia el enfermo y la perspectiva socioeconómica hacia la enfermedad de la Administración sanitaria, el médico está obligado a conjugar ambas tendencias en un ejercicio que se espera que resulte beneficioso para el paciente y la sociedad. Buen médico será no sólo, por supuesto, el aplicado cumplidor de los criterios de gestión, sino el que añada a su fundamental competencia clínica y a los compromisos éticos y humanistas de la medicina, la atención necesaria a cuestiones administrativas de la práctica, en un equilibrio potencialmente conseguible.

 

Al leer este párrafo del doctor de Portugal y voltear a ver la realidad cotidiana me doy cuenta que ese equilibrio potencialmente conseguible es muy difícil de alcanzar, por lo que ese ejercicio que se espera que resulte beneficioso para el paciente y la sociedad no lo llega a ser en todas las ocasiones. Es evidente que llegar a ser un buen médico no es tarea sencilla y que el esfuerzo cotidiano por lograrlo, si se ve coronado por el éxito, no garantiza su repetición al día siguiente. El compromiso del médico es siempre una tarea inacabada que exige el esfuerzo de una renovación cotidiana.

            La ética médica descansa en tres principios morales que son la beneficencia, la autonomía y la justicia, que corresponden, respectivamente, al médico, al paciente y a la sociedad. Tampoco aquí hay nada asegurado y en todo caso difícil se pone a prueba la viabilidad de estos principios.

El humanismo médico está constituido por dos formas: la que deriva de la actitud del médico hacia el paciente, ya comentada, y la que deriva del estudio y conocimientos científicos de las múltiples facetas del ser humano. Esta última debe cultivarse con aplicación por el médico.

La profesionalización no sólo incluye la adquisición de conocimientos y pautas de comportamiento propios de un profesional de la medicina, sino también la llamada socialización profesional, un proceso social que genera en el médico una imagen idónea que lo satisface.

 

AVISO A MIS LECTORES: Por motivos personales relativos al estudio de una maestría, he decidido no continuar con estas colaboraciones semanales. Muchas gracias.

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2 thoughts on “EL BUEN MÉDICO (segunda y última parte).

  1. Es un buen discurso el del Dr. José de Portugal y los comentarios suyos. Y me veo reflejado.
    Debería haber programas creados en las diferentes escuelas de medicina que lo necesiten, para aquellos estudiantes de medicina que aunque ya con una buena colección de conocimientos pero que aún son un poco mensos socialmente. Otras veces el médico en ciernes (este es mi caso) no ha tenido relaciones más allá de sus varios círculos sociales-económicos-culturales inmediatos. Y llegado el primer día de práctica clínica se encuentra de golpe con una realidad que no conoce, con las exigencias y ritmo que un hospital, clínica o centro de salud requiere: es como subirse de golpe a un vehículo en movimiento.
    Por otro lado está otro fenómeno, y que es que usualmente uno evita aquellas personalidades que nos repelen de manera natural. ¿Pero qué pasa cuando esas personas son nuestros pacientes? Vaya que cuesta trabajo estarse esculpiendo uno mismo a través del contacto con muchos y diferentes pacientes, pero también con el intercambio de opiniones y experiencias con los colegas y sus maneras de encarar ciertas situaciones.
    Si bien es tarea de uno mismo cruzar esa puerta del conocimiento empírico, que finalmente a uno le sueltan el asiento de la bicicleta para conducirnos nosotros mismos por el largo camino de la ciencia y arte médica, hay quienes necesitan que los lleven un poco más de la mano, hay quienes tienen sus facultadas intelectivas desbalanceadas de manera tal que no se produce un buen médico. Qué tanta intervención podría o debería haber por parte de un programa de la escuela de medicina o de una institución (privada o gubernamental) aparte que se encargue de enderezar o pulir esas habilidades, como si se entrenasen militares o estadistas. Quizá ya deba detener mi discurso porque empieza a sonarme un poco fascista.

    Saludos!

  2. Apreciado Alviseni:
    Como sea, yo creo que los programas de las escuelas de medicina, incluso sus métodos de selección, deberían evaluar esas facultades personales a las que se les da tan poca importancia y que, al final, son definitivas ara tantas cosas.
    Un abrazo.
    Luis Muñoz.

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