UN PANORAMA MÁS AMPLIO DE LA SALUD PÚBLICA.

De hecho, muchos de los conceptos sobre la salud pública que hoy están en boga desde el “costo-efectividad”, a la “sustentabilidad” o la “reproducibilidad”corren el riesgo de pervertirse a menos que la justicia social se mantenga como el eje central de la salud pública y la medicina. Enfocar la economía sanitaria y las políticas sanitarias desde los Derechos Humanos ayuda a mitigar los efectos negativos de la búsqueda del equilibrio entre la eficacia y la equidad.

 

Paul Farmer. Pathologies of Power, 2003.

 

El doctor Paul Farmer es un antropólogo y médico estadounidense especializado en enfermedades infecciosas, que desarrolla una labor muy destacada a favor de los enfermos pobres de varios lugares del mundo a través de su organización Partners in Health (“Compañeros en la Salud”). Los países en los que más ha trabajado son Haití, Ruanda, Rusia y Perú. Además, dirige el Departamento de Salud Global y Medicina Social de la Universidad de Harvard y es Editor en Jefe de la Revista Health and Human Rights que, como su nombre lo indica, trata de la relación que guardan, o deberían guardar, los asuntos relativos a la salud con los Derechos Humanos.

La doble cualidad de antrópologo y médico le ha permitido al doctor Farmer superar una de las limitaciones más importantes que tenemos los médicos, limitación de la que en muchas ocasiones no somos plenamente conscientes. Formados para estudiar y tratar de resolver los problemas de salud de cada paciente en lo individual, la mayor parte de los médicos tenemos serias dificultades para apreciar lo que Paul Farmer denomina “el panorama completo” (the big picture), es decir, las grandes fuerzas sociales que a menudo determinan quién se enferma y quién tiene acceso a los servicios de salud. En sus palabras textuales:

 

            En términos generales, los médicos y demás profesionales de la salud han sido entrenados para atender a los pacientes individuales en clínicas y hospitales, lejos de su familia y su comunidad. Sin embargo, son siempre las fuerzas económicas y sociales las que dictan el por qué y el cómo los pacientes llegan hasta allí. Hace mucho que los especialistas en salud pública han criticado esta debilidad de la medicina clínica y todos los médicos y enfermeras harían bien en hacer caso de este señalamiento. Además, con mucha frecuencia, los médicos vemos a nuestros pacientes bajo la óptica reduccionista de nuestra especialidad… “El panorama completo” es una comprensión honesta de aquello que causa un sufrimiento prematuro, qué puede hacerse para paliarlo usando los recursos viejos y nuevos y a quién le corresponde hacerlo. La tarea de la medicina social es justamente impulsar esta forma de comprensión.

 

            Una de la preocupaciones centrales del doctor Farmer siempre ha sido poner a disposición de los más desamparados la medicina de la más alta calidad posible. Considera una verdadera perversión la idea tan extendida entre quienes dictan las políticas sanitarias de que la única medicina que se considera apropiada para los pobres es la medicina barata, de bajo costo.

Es el mismo concepto que con cierta frecuencia se repite en nuestro medio: es un derroche inaceptable destinar cuantiosos recursos para atender las necesidades de salud de los más necesitados. Farmer resume este tipo de política sanitaria en estas cinco palabras: “mierda barata para los pobres”. E insiste una y otra vez que debe ser exactamente al revés, porque son justamente los pobres quienes más necesitan la medicina de la más alta calidad.

Su experiencia con la problemática sanitaria de los países del Tercer Mundo le ha hecho ver la importancia de la violencia estructural, término acuñado por el sociólogo noruego Johan Galtung y los teólogos de la liberación, que describe las estructuras sociales –económicas, políticas, legales, religiosas, culturales– que impiden a individuos o grupos el desarrollo pleno de sus potencialidades.

Si bien el término violencia evoca generalmente algún fenómeno físico o verbal que puede reconocerse fácilmente, la raíz de estas formas de violencia directa se encuentra justamente en la violencia estructural que, además, al estar tan profundamente integrada en nuestra vida social, pasa fácilmente desapercibida. Son ejemplos de violencia estructural que podemos ver en nuestro medio la inequidad en el acceso a los recursos, al poder político, a la educación, a la atención de la salud y a la protección legal. La idea de violencia estructural está ligada de manera estrecha a la injusticia social y a la maquinaria social de la opresión.

Hoy en México el término violencia está más vigente que nunca. Es la violencia directa de la que son protagonistas cotidianos los miembros del crimen y las fuerzas estatales que lo combaten. Sin embargo, nuestro país padece desde hace muchísimos años una violencia estructural tan añeja y profundamente arraigada en la vida cotidiana que es totalmente invisible para la mayoría de los mexicanos. Su prolongada permanencia entre nosotros ha logrado que no sólo nos acostumbremos a ella, sino que la aceptemos como el destino natural, ineludible e inmodificable de sus víctimas: los mexicanos que viven en la pobreza y que representan más de la mitad de nuestros conciudadanos.

Son muchas las facetas de esta forma de violencia tan devastadora como inaparente, aunque es posible englobarlas en tres sencillas palabras: falta de oportunidades. En el ámbito de la salud, esta violencia estructural se manifiesta, por ejemplo, en la imposibilidad de brindar la medicina más avanzada y de la más alta calidad a los más necesitados. La saturación crónica de los hospitales que, además de violar claramente los estándares fijados por la Organización Mundial de la Salud, pone en situación de riesgo a los pacientes y obliga a trabajar bajo condiciones inadecuadas al personal sanitario, es un problema para el que no hemos logrado encontrar una solución plenamente satisfactoria.

Para Paul Farmer, los argumentos y excusas económicas que suelen esgrimir las autoridades responsables –brindar servicios de salud pública de alta calidad no es costeable– no son más que la expresión de su ineptitud, su conformismo y, en ocasiones, de la existencia de intereses inconfesables. Farmer ha llamado a estas posturas de los dirigentes “fallos de la imaginación”, es decir, representan la incapacidad real o aparente para buscar y encontrar las soluciones que, por supuesto, existen y han demostrado sus bondades.

El doctor Farmer también señala que debemos reconocer que en la actualidad el modelo dominante de la atención médica tiene un enorme fallo: en la medida en la que los servicios médicos sigan siendo considerados una forma de mercancía, sólo estarán disponibles para aquellos que puedan pagarlos. Los seguros nacionales de salud verdaderamente completos y los demás sistemas de seguridad social, incluyendo los que garantizan la educación básica, la alimentación adecuada, el agua potable y la disposición higiénica de los desechos, son importantes porque protegen y aseguran los derechos de los ciudadanos, más que ofrecerles mercancías para su consumo.

Este enfoque de la salud pública desde los Derechos Humanos es superior al reconocimiento de los denominados “derechos del paciente” que se basan en la visión consumista de la salud, mientras que los “derechos humanos en la atención de los pacientes”, que son la expresión de los Derechos Humanos en el ámbito de la salud, parten de la dignidad inherente a todo ser humano y promueven la protección de los Derechos Humanos, tanto de los pacientes como de los propios profesionales de la salud. Pero este será el tema del siguiente escrito.

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