LA EVOLUCIÓN DE LOS DERECHOS HUMANOS.

Resulta difícil precisar qué son los derechos humanos porque su definición, su misma existencia dependen tanto de las emociones como de la razón. La pretensión de evidencia se basa en última instancia en un atractivo emocional; es convincente si toca la fibra sensible de toda persona. Además, estamos casi seguros de que se trata de un derecho humano cuando nos sentimos horrorizados ante su violación.

 

Lynn Hunt. La invención de los Derechos Humanos, 2009.

 

Largo ha sido el recorrido de los Derechos Humanos desde que en 1776 Thomas Jefferson los incluyera en el segundo párrafo de la “Declaración de Independencia de los trece Estados Unidos de América”:

 

Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad; que para garantizar estos derechos se instituyen entre los hombres los gobiernos, que derivan sus poderes legítimos del consentimiento de los gobernados…

 

Trece años más tarde, siendo Jefferson el embajador de los Estados Unidos en Francia, aquella idea de los Derechos Humanos resonó en la “Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano” emitida por la Asamblea Nacional que representaba al pueblo francés:

 

Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos. Las distinciones sociales sólo pueden fundarse en la utilidad común… La libertad consiste en poder hacer todo aquello que no perjudique a otro…

 

            Y volvería a resonar dos siglos después, cuando en 1948 la Asamblea General de la ONU aprobó la “Declaración Universal de Derechos Humanos”:

 

… que la libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana.

 

La dignidad humana es la noción central en la que descansan los Derechos Humanos. La doctora Juliana González Valencia se pregunta en su libro “Genoma humano y dignidad humana” (Anthropos Editorial-UNAM, 2005) qué ha de entenderse por dignidad humana:

 

Dignidad puede considerarse como el valor propio del ser humano, distintivo de su especificidad, de su naturaleza propia o esencial, de su grandeza, cifrada fundamentalmente en su “libertad”…

La dignidad es ciertamente una manera de comprender al hombre, de la cual deriva una manera de “tratar” al hombre…

Y la otra gran concepción de la dignidad humana es, manifiestamente, la de Kant:

“Aquello que tiene precio puede ser sustituido por algo equivalente; en cambio, lo que se halla por encima de todo precio y, por tanto, no admite nada equivalente, eso tiene una dignidad […] la moralidad y la humanidad, en cuanto ésta es capaz de moralidad es lo único que posee dignidad”.

 

Abundando en el mismo tema, la doctora María Casado, Directora del Observatorio de Bioética y Derecho de la Universidad de Barcelona nos dice:

 

¿En qué estriba la dignidad humana? ¿Qué es lo específicamente humano que hace al hombre acreedor de esta especial dignidad?… Si partimos de una concepción que no se sitúe en el terreno de las creencias, lo que distingue al hombre de los otros seres es precisamente su libertad y las consecuencias derivadas de usar de la misma: la responsabilidad por sus propios actos y la necesidad de respetar al otro como poseedor de libertad y dignidad idénticas.

 

           Y en este recorrido de más de dos siglos se ha pasado a través de varias generaciones de Derechos Humanos. María Casado nos dice que a los derechos civiles y políticos se les denomina derechos de primera generación, ya que constituyen el núcleo a partir del cual se va consolidando el contenido y el mismo concepto de los derechos del hombre.

Siguiendo su razonamiento, los derechos de segunda generación amparan las adecuadas condiciones de vida en los aspectos económicos, sociales y culturales y dan sustento material a los derechos de libertad e igualdad enunciados en la primera generación. Los incluye la citada Declaración de la ONU en su artículo 22.

Y, por último, los derechos de tercera generación engloban en su protección a la humanidad misma, incluyendo a la futuras generaciones, frente a los problemas derivados de la Biotecnología y la Biomedicina, cuyo poder puede poner en riesgo al medio ambiente y a la esencia biológica (genética) del ser humano. Estos derechos han sido claramente expresados en el “Convenio Europeo sobre los derechos humanos y la biomedicina/Convenio para la protección de los derechos humanos y la dignidad del ser humano con respecto a las aplicaciones de la Biología y la Medicina”, emitido por el Consejo de Europa en 1997.

Dado que la historia nos ha demostrado que la violación de los Derechos Humanos ocurre con notable frecuencia, se ha hecho necesario un sistema de garantías que defienda al individuo frente a las infracciones de sus derechos. Por eso se ha buscado incorporar estos derechos a los textos constitucionales de cada país, para hacerlos de cumplimiento obligatorio y dotarlos de una eficacia real. Nos dice la doctora Casado que “los Derechos Humanos no sólo se conciben como derechos frente al estado, sino que tratan de proteger al individuo de cualquier intromisión por parte de un poder ajeno”.

A diferencia de los derechos de la primera y la segunda generación, que exigen políticas públicas que los desarrollen y hagan efectivos, los derechos de tercera generación exigen además la colaboración activa de la sociedad civil. Un buen ejemplo lo proporciona, en el tema de la protección del medio ambiente, el movimiento ecologista impulsado por numerosas organizaciones de ciudadanos al margen de los gobiernos, las llamadas organizaciones no gubernamentales. Es evidente que cuando los ciudadanos se organizan en torno a la defensa de sus derechos pueden lograr cambios significativos, aunque esta particular lucha diste todavía de haber terminado.

La complejidad inherente a la Biotecnología y la Biomedicina ha representado un obstáculo para que la mayor parte de los ciudadanos comprendan tanto sus alcances, como sus consecuencias reales y potenciales. Incluso en algunos casos, los medios masivos de comunicación dirigidos por oscuros intereses han propiciado la desinformación divulgando una serie de mitos que han calado hondo en el ánimo adverso de la ciudadanía frente a la “amenaza científica”. De ahí el papel tan valioso de quienes informan con rigor y seriedad sobre estos temas a la sociedad, en especial en aquellos países en donde la mayoría de la población tiene un bajo nivel de cultura general.

Los riesgos de un uso inadecuado de estos instrumentos científicos y tecnológicos son reales y crecen conforme el conocimiento científico avanza patrocinado por una poderosa industria que siempre busca obtener mayores rendimientos económicos. Tal es el caso de la industria agroalimentaria y de la industria farmacéutica.

            La protección de los Derechos Humanos siempre es insuficiente ante la aparición de nuevos retos o el descuido de viejos desafíos, como los que tienen que ver con el acceso a la atención sanitaria y la calidad de la misma. Dedicaremos a ello algunas reflexiones en fecha próxima.

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