PASIÓN POR LA HUMANIDAD.

La medicina ha de ser concebida como inherente a la fábrica social e inseparable de ella. Es producto de un entorno social específico. La base de cualquier estructura social es económica. La teoría y práctica económicas en este país se llaman capitalismo. Se fundamenta en el individualismo, la competitividad y el beneficio propio…

… y también millones de personas están enfermas, cientos de miles sufren dolor, y decenas de miles mueren prematuramente por falta de asistencia médica adecuada, que está ahí, disponible, pero que no pueden costear. El problema de la economía médica es parte del problema de la economía mundial y es inseparable e indiscernible de él. La medicina, como la practicamos, es una mercancía de lujo. Vendemos pan a precio de diamante.

Norman Bethune. Charla sobre la medicina socializada, 1935.

 

El pasado 19 de marzo de 2014 fui invitado a impartir una conferencia ante la Sociedad Potosina de Estudios Médicos, una asociación civil fundada en 1951, de las más antiguas de San Luis Potosí, cuyos miembros se reúnen en una sesión semanal que se ha celebrado de manera ininterrumpida los últimos 63 años. Como en noviembre del año pasado ya había hablado sobre William Osler en la Facultad de Medicina de aquella ciudad, no podía repetir el tema. Y he aquí como el propio Osler me puso frente al personaje del que hablaría en esta ocasión.

A principios de este año recibí el último número del Boletín de la Biblioteca Osler de Historia de la Medicina. Al hojearlo, un artículo atrajo mi atención: Osler y Bethune: “hijos de la casa parroquial” y su “conjunción angelical de la medicina y la divinidad”. ¿Quién era ese Bethune del que hablaba el artículo? Su apellido me era remotamente conocido… ¿dónde lo había oído antes? Pronto caí en la cuenta de que lo había escuchado durante alguna charla familiar. La razón era muy simple: este médico había estado en la Guerra Civil Española.

Henry Norman Bethune nació el 4 de marzo de 1890 en Gravenhurst, a unos 150 km al norte de Ontario, Canadá. Su padre, Malcolm Nicholson Bethune, fue un pastor presbiteriano cuya rígida moral lo acabó apartando de su hijo. En cambio, para Norman resultó mucho más atractivo su abuelo paterno, de nombre Norman como él, que había sido médico, miembro del Real Colegio de Cirujanos de Londres y de Edimburgo, uno de los fundadores de la Escuela Superior de Medicina de Canadá y que, además, gozaba de cierto talento pictórico y literario. Como para equilibrar tal cantidad de dones, el abuelo Norman tuvo dos graves defectos: su incapacidad para administrar el dinero y su debilidad por la bebida. Con esta mezcla de hebras contradictorias se fue tejiendo la compleja personalidad de Henry Norman Bethune: una singular combinación de la vocación médica de su abuelo con el sentido de la justicia y la enérgica dedicación al trabajo de su padre.

Ante las estrecheces económicas crónicas de su familia, Norman decidió trabajar como leñador en los bosques madereros del norte de Ontario, donde además se desempeñó sin mucho éxito como maestro de inglés de su propios compañeros, la mayoría inmigrantes hechos a una vida dura.

Se inscribió en la Facultad de Medicina de la Universidad de Toronto en 1912. Dos años después, al estallar la Primera Guerra Mundial, se enroló como voluntario y participó en ella como camillero. En la Segunda Batalla de Yprès, Bélgica, fue herido de metralla en la pierna izquierda y tuvo que ser trasladado a Inglaterra para su recuperación. Regresó a Toronto y, tras una serie de cursos intensivos, se graduó como médico en 1916. Un año después, volvió a enrolarse como cirujano naval en el HMS Pegasus de la Armada Británica. Durante la famosa pandemia de influenza de 1918 –la mal llamada “gripe española”– cayó enfermo pero logró sobrevivir.

Tras una breve temporada en Ontario, regresó a Inglaterra. Tanto en Londres como en Edimburgo llevó una vida placentera dedicada a la compra y venta de obras de arte, dando rienda suelta a su pasión artística. En 1922, fue elegido miembro del Real Colegio de Cirujanos de Edimburgo, Escocia. Un año después, se casó con Frances Eleanor Campbell Penney, de la que se divorció en 1927. Se volvieron a casar en 1929 y se divorciaron por segunda y definitiva ocasión en 1933. No tuvieron descendencia.

En 1924, al terminar la luna de miel en la que se gastó casi todos sus ahorros, el doctor Bethune se estableció en un barrio marginal de Detroit, Michigan. Si bien en un principio tuvo poca clientela, o la que tuvo apenas le pagó o lo hizo en especie, poco a poco se fue dando a conocer como un hábil cirujano y llegó a convertirse en el cirujano de moda para las clases acomodadas. Sin embargo, nunca se sintió plenamente satisfecho con la práctica privada de la profesión.

En 1926 se le diagnosticó tuberculosis pulmonar, por lo que decidió internarse en el afamado Sanatorio Trudeau, junto al Lago Saranac, en la región boscosa de Adirondack, Nueva York. Como era habitual en la época. sólo esperaba la muerte y pronosticó que ocurriría 1932. Tras leer sobre las bondades del neumotórax (el colapso pulmonar al insuflar aire dentro del tórax) para el tratamiento de la tuberculosis, se sometió a este procedimiento con muy buenos resultados. En diciembre de 1927 fue considerado curado y dado de alta. Posteriormente, se le realizó una sección del nervio frénico izquierdo “para hacer descansar a su pulmón”. Él mismo se practicó después varios neumotórax de refuerzo.

A partir de 1928 desarrolló una carrera fructífera como cirujano de tórax en Montreal, Canadá. Primero bajo la tutela del doctor Edward William Archibald en el Hospital Royal Victoria. Tras varios desencuentros con su tutor, fue despedido de aquel hospital, aunque luego fue nombrado Jefe de Cirugía Pulmonar en el Hospital del Sagrado Corazón en Cartierville, Montreal. Se dedicó a la docencia y a la investigación, desarrolló diversos instrumentos para mejorar la cirugía torácica y fue pionero en el uso de larvas de mosca para tratar los procesos piógenos crónicos. En 1935 fue nombrado Miembro del Consejo de la Asociación Americana de Cirugía del Tórax.

Con un marcado interés por la medicina socializada inexistente en aquel entonces, fundó con varios médicos canadienses, entre ellos Frederick Banting, uno de los descubridores de la insulina, el Grupo para la Seguridad de la Salud Pública de Montreal y en noviembre de 1935 se afilió al Partido Comunista de Canadá, una organización ilegal.

En octubre de 1936 se trasladó a España y allí organizó el Servicio Canadiense de Transfusión Sanguínea (el primero en su tipo) para auxiliar en el mismo frente de batalla a las tropas republicanas durante la Guerra Civil Española. Al enterarse del éxodo de miles de habitantes de Málaga que huían de las tropas franquistas hacia Almería, haciendo a pie una travesía de 200 km bajo el bombardeo incesante de los aviones y el cañoneo de los barcos del General Franco y sus aliados alemanes e italianos, no dudó en poner su vehículo a la disposición de los que trataban de escapar para acelerar su traslado y ponerlos a salvo. Con sus acciones salvó a miles de seres humanos durante aquella sangrienta contienda. Tras regresar a Canadá en junio de 1937, siguió recolectando fondos a favor de la República Española.

En enero de 1938, durante la Segunda Guerra Chino-Japonesa, viajó a China para unirse como médico al Octavo Ejército en Ruta de Mao Zedong. A pesar de enfrentar carencias inimaginables, Norman Bethune trabajó como nunca en su vida. En una ocasión, llegó a realizar 115 operaciones quirúrgicas sin interrupción durante 69 horas. Además, organizó el sistema sanitario del ejército chino y fundó un hospital-escuela. Tras cortarse e infectarse con la herida purulenta de un soldado, el doctor Bethune falleció por septicemia el 12 de noviembre de 1939.

Por órdenes de Mao Zedong, sus restos reposan desde entonces en el Mausoleo de los Mártires Revolucionarios en Shijiazhuang. Mao dio a conocer la obra de Bethune en toda China y hasta hoy representa para aquel país uno de los más altos ejemplos de la solidaridad y la generosidad sin límites. Los chinos, que no podían pronunciar su nombre, lo llamaban Pai Chu, “el extranjero blanco enviado para salvar”.

 

 

 

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