LA DESIGUALDAD Y LA SALUD.

Dado que orden global institucional actual está previsiblemente asociado con una incidencia de tal magnitud de pobreza severa, su imposición (no compensada) manifiesta una continua violación de los derechos humanos; se puede argumentar que es la mayor violación alguna vez cometida en la historia de la humanidad. No es la violación “más grave” de los derechos humanos, en mi opinión, porque aquellos que la cometen no buscan el sufrimiento y la muerte que infligen, ya sea como un fin o como un medio. Simplemente actúan con indiferencia deliberada ante los enormes daños que causan mientras promueven sus propios fines, al tiempo que hacen todo lo posible por engañar al mundo (y algunas veces a ellos mismos) acerca del impacto de su conducta. Pero aún así, es la “mayor violación”.

Thomas Pogge. Hacer justicia a la humanidad, 2009.

 

Partamos de un punto evidente y difícilmente rebatible: el rasgo que más distingue a las relaciones humanas es la desigualdad. Así lo afirma sin ambages el doctor Leonardo Viniegra en su monumental obra “Penetrando el proceso vital. Más allá de la adaptación, el azar y la selección natural. Teoría de la interiorización del entorno y la anticipación: una mirada a través de la complejidad” (Programas Educativos, S.A. de C.V., 2012).

En ella, el doctor Viniegra hace un análisis extenso, profundo y heterodoxo del proceso vital y destaca que la cultura, fruto del orden psico-social introducido en el planeta por los seres humanos, ha logrado someter y reconfigurar a los otros órdenes del movimiento vital –el físico-químico y el biológico– que compartirmos con los demás seres vivos.

Sobre las relaciones humanas, nos dice textualmente:

 

           En los tiempos que corren, las relaciones sociales en sus más diversas formas: entre individuos, grupos, asociaciones afines, géneros, clases, sectores, etnias, etc., al interior de una formación social dada o entre los estados, naciones y bloques de la geografía planetaria, tienen una característica distintiva: su desiguladad, su asimetría…

           … En sus orígenes, las relaciones sociales se daban en función de la cooperación y a división de quehaceres para la reproducción social: las comunidades primitivas. Conforme las sociedades crecieron, se diversificaron, crearon bienes materiales excedentes de las necesidades materiales de la población y se organizaron para la convivencia y realizar los trabajos colectivos necesarios, surgieron grupos que, por su posición en la organización, se apropiaron de la riqueza socialmente generada; otros, en los que recaía la regulación y la preservación de la organización, y la coordinación de las labores colectivas: los dirigentes; otros más, depositarios de los saberes ancestrales e intermediarios legítimos entre los mortales y sus divinidades. Hicieron asi su aparición las jerarquías sociales: unos grupos parecían tener mayor valor intrínseco y/o extrínseco que otros (relaciones de poder). La historia fue testigo de cómo la complejidad creciente de las sociedades devino en la intrincada red de relaciones sociales de nuestra época…

           … Con el predominio del capitalismo como modo de producción de bienes y servicios, que instauró el lucro como razón primaria de las actividades económicas, las relaciones sociales de producción se constituyeron en la base organizativa de las sociedades que progresivamente se incorporaron al mercado mundial.

 

            Este predominio del espíritu capitalista y su afán de lucro, que es una de las caras más cuestionables de la globalización, se ha ido extendiendo de manera inexorable y hoy vive uno de sus momentos más altos. Permea prácticamente todas las actividades humanas. Hasta hace relativamente poco, el ámbito de la salud pública todavía resistía sus embates, pero resulta evidente que esta resistencia está llegando prácticamente a su fin. En aquellos países en los que los pobres constituyen la mayoría de la población, la merma en la oferta de los servicios públicos de salud es una verdadera tragedia, porque quienes más los necesitan son justamente los que no los pueden pagar. Pero incluso en los paises desarrollados, el predominio de los intereses privados en la salud pública llega a tener repercusiones negativas.

Así nos lo dice Meredith Fort en el libro “El negocio de la salud. Los intereses de las multinacionales y la privatización de un bien público” (Paidós, 2006):

 

Estados Unidos, el país más rico del mundo, gasta en asistencia sanitaria mucho más por persona que ningún otro país del mundo (más de 5,000 dólares anuales). No obstante, más de 40 millones de personas carecen de seguro médico y de éstos, una cuarta parte son niños. Casi uno de cada tres estadounidenses no ancianos no dispone de un seguro médico…

            … La realidad es que las organizaciones de asistencia sanitaria privadas, las compañías aseguradoras y la industria farmacéutica dirigen la industria sanitaria del país, una industria que está obteniendo beneficios récord pese a la creciente preocupación por los costos, la calidad y la eficacia de la atención médica gestionada. Y lo que es más importante, el afan de lucro que guía el sistema sanitario estadounidense está reñido con la asistencia sanitaria como un derecho humano básico.

 

Que esta desigualdad característica de las relaciones sociales, especialmente su vertiente económica, tiene un grave impacto en la salud de la población no es ningún secreto. Basta recordar el Informe Black, encargado en 1977 por el Secretario de Estado de Servicios Sociales del gobierno laborista inglés. El grupo de investigación fue dirigido por Sir Douglas Black (de ahí el nombre del informe), que era el presidente del Colegio de Médicos Británicos. ¿Podemos imaginarnos en nuestro medio al presidente de un colegio de médicos encabezando un estudio semejante sobre la salud pública que, como podrá verse, generaría fuertes inquietudes en los sectores sociales más conservadores?

Según la doctora Marisol Rodríguez Martínez, Profesora Titular de Economía Aplicada de la Universidad de Barcelona y Meritxell Solé Juvé, estudiante del Doctorado en Economía de esta misma casa de estudios, las conclusiones del Informe Black pueden resumirse de la siguiente manera:

 

El diagnóstico fue contundente; aunque en las últimas décadas la salud en general había mejorado, los avances de los pobres no habían sido paralelos a los de los más ricos, que habían mejorado mucho más, incrementándose así la brecha de desigualdad entre ambas clases sociales. Los hombres y mujeres de la clase ocupacional V (trabajadores no cualificados) tenían el doble de probabilidad de morir antes de llegar a la edad de jubilación que sus congéneres de la clase I (profesionales). Estas diferencias de mortalidad se dan a lo largo de toda la vida: en la niñez, en la adolescencia y en la edad adulta. El gradiente entre clases sociales se observaba para la mayoría de las causas de muerte, y era especialmente amplio en el caso de accidentes, enfermedades respiratorias e infecciosas. Más preocupante todavía era que las diferencias parecían haberse ampliado con respecto a lo que ocurría en los años cincuenta, sobre todo para los hombres en edad de trabajar.

 

            Si eso pudo demostrarse en un país desarrollado como Inglaterra, ¿qué podemos esperar en un país como el nuestro con tan grandes contrastes sociales y un preocupante nivel de pobreza en prácticamente la mitad de su población?

No faltará quien aduzca que esos datos son obsoletos, dado que fueron obtenidos hace varias décadas. Sin concederlo completamente, puede que lo sean hoy en día para la misma Inglaterra. ¿Lo serán en nuestro medio? Yo no lo creo.

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