LA PRIORIDAD OLVIDADA.

A la memoria de los enfermos que mueren abandonados, incluso dentro del hospital.

 

Ahora que sé que tengo cáncer de próstata, de los nódulos linfáticos y de parte de mi esqueleto, ¿qué es lo que deseo de un médico? Yo diría que busco a alguien que sepa leer el fondo de la enfermedad y que sea un buen crítico de la medicina. Me adhiero, o me ciño, a mi creencia en la crítica, que es la principal disciplina que he cultivado a lo largo de mi vida. Creo en secreto que la crítica es capaz de marchitar el cáncer. Asimismo, quisiera un médico que no sólo fuese un médico de talento, sino que fuese por añadidura un poco metafísico. Alguien capaz de tratar el cuerpo y el alma. Hay un yo físico que ha enfermado, hay un yo metafísico que ha enfermado. Cuando uno muere, su filosofía muere con él. Por eso quiero que un hombre metafísico me haga compañía. Para llegar a mi cuerpo, mi médico tiene que llegar a mi carácter. Tiene que atravesar mi alma. No basta con que me atraviese el ano. Ésa es la puerta de atrás de mi personalidad.

 

Anatole Broyard. Ebrio de enfermedad, 2013.

 

La Medicina no es lo que solía ser y al ejercerla ya no se puede dar nada por sentado. Ni siquiera aquello de “la relación paciente-médico es una confianza frente a una conciencia”, dicho por el doctor Ignacio Chávez y pronunciado con veneración en tantas ceremonias, puede aplicarse a todos los casos.

Más allá de la desconfianza de algunos pacientes hacia su médico y de varios ejemplos lamentables de poca conciencia entre los galenos, el centro de la relación entre ambos se está desplazando desde la autoridad antaño incuestionable del médico, hasta el papel cada vez más activo del paciente en el estudio y tratamiento de su propia enfermedad. El paciente, que antes era un simple receptor y ejecutor de las medidas dictadas por el médico, hoy quiere y debe ser el centro de esta relación tradicionalmente asimétrica.

Aunque la revolución está en marcha, no tiene el mismo       grado de avance en todas partes. Depende de muchos factores, entre ellos, del grado de modernización y desarrollo de la sociedad, tanto material como cultural. Con el secular rezago educativo que padece la inmensa mayoría de los mexicanos –conveniente tanto para el poder mundano como para el ultramundano–, en nuestro país este cambio apenas se está instalando. Sin embargo, aunque su desarrollo todavía puede calificarse de incipiente, lleva el camino de convertirse en el modelo dominante de la relación médico-paciente, tal como ha ocurrido ya en otros países.

La filosofía y práctica de la Medicina cambian a lo largo del tiempo y suelen reflejar las características socio-políticas de la sociedad en un momento dado. Por eso, el doctor Albert Royes Qui, Exprofesor de Ética Médica de la Facultad de Medicina y Secretario de la Comisión de Bioética de la Universidad de Barcelona, nos dice al respecto lo siguiente:

 

La ética médica debe ser entendida como la expresión en el ámbito de la sanidad de un marco de valores más general, los propios de las sociedades modernas, entendidas como: 1)plurales, en lo que se refiere al reconocimiento de que los diferentes individuos pueden tener diferentes prioridades; 2)no dogmáticas, por ejemplo no confesionales, y 3)que se basan en el respeto a los derechos de todos los individuos que forman la colectividad.

 

Es el reconocimiento del respeto a los derechos del paciente lo que ha provocado el cambio en la relación médico-paciente. Y es la actitud del médico ante esa relación la que origina los diversos modelos de la relación asistencial. Desde la actitud de evitación, que traduce una falta de compromiso del médico para solucionar los problemas que aquejan al enfermo y que conduce a una relación llamada de evasión, hasta la actitud de colaboración, que es la ideal, en la que el médico y el paciente identifican un objetivo común como el mejor posible y trabajan en conjunto para alcanzarlo. Esta actitud del médico origina el modelo asistencial llamado igualmente de colaboración, que es hoy considerado el mejor. En la actitud llamada de compromiso todos los involucrados en la relación asistencial (médico, enfermo, familiares, etc.) llegan a un acuerdo o pacto para tomar una decisión, mismo que se evalúa constantemente y que puede suspenderse si así lo indican las circunstancias. El modelo de asistencia sanitaria que deriva de esta actitud se llama también de compromiso y aunque no es tan bueno como el modelo de colaboración, por lo menos reconoce que el paciente es sujeto de derechos.

Otra actitud del médico ante la relación asistencial es la de coacción, en la que el médico pone sus prioridades por encima de las del paciente, lo que origina el modelo de asistencia llamado paternalista, tan común en nuestro medio. En el extremo opuesto de lo anterior está la actitud de adaptación, en la que el médico subordina sus prioridades, e incluso sus valores éticos, a los del enfermo o sus allegados, accediendo, por ejemplo, a realizar pruebas diagnósticas, a prescribir medicamentos o realizar intervenciones quirúrgicas que no están justificadas. De la actitud de adaptación deriva un modelo asistencial de tipo clientelar que puede conducir a lo que se ha llamado medicina defensiva.

¿Qué significa el reconocimiento de los derechos del paciente? De entrada, significa la conciencia de que, ante el médico, el paciente no sólo tiene deberes que cumplir. Pero también significa que ya no basta con que el médico sepa que no debe dañar al paciente (primum non nocere), sino que constantemente se debe esforzar por conocer lo que para el enfermo son beneficios y perjuicios. No debe sorprendernos si lo que el médico y el enfermo entienden por ello no coincide en algunos casos.

¿Y cómo va el médico a conocer las prioridades del paciente con las actuales características de la enseñanza y la práctica de la Medicina, cuando existe un dominio tan abrumador del saber técnico sobre el saber ético? Ese es uno de los grandes problemas que enfrenta la medicina actual y, a la vez, la explicación a lo que señala el historiador inglés Roy Porter en su libro “El más grande beneficio para el género humano: una historia médica de la humanidad” (The Greatest Benefit to Mankind: A Medical History of Humanity. WW. Norton & Company, 1999):

 

Asimismo, a la par que estamos más sanos que nunca, desconfiamos de los médicos y del poder de lo que denominamos “el sistema médico”. Este escepticismo se debe a que la ciencia médica parece capaz de llevar a la realidad nuestras pesadillas de ciencia ficción más disparatadas… Convertimos a los médicos en héroes, pero abrigamos sentimientos equívocos hacia ellos.

 

            De ahí la enorme importancia que tiene el humanismo en la Medicina, entendido como una actitud activa por parte del médico por adentrarse en la humanidad del paciente. No bastan para ello los instrumentos que la técnica proporciona. Es el estudio más que somero y la puesta en práctica de las disciplinas humanísticas y la búsqueda de sus correspondencias con el saber científico lo que nos puede dar la clave y proporcionarnos los medios para lograr los cuatro objetivos de la Medicina plasmados en el Informe del Centro Hastings en 1996:

1.-La prevención de la enfermedad y de las lesiones, y la promoción y el mantenimiento de la salud.

2.-El alivio del dolor y de los sufrimientos causados por la enfermedad.

3.-El cuidado y la curación de los enfermos y el cuidado de los que no pueden ser curados.

4.-Evitar la muerte prematura y procurar una muerte plácida.

 

Sólo el deber ético de la solidaridad, es decir, la promoción de la equidad (justicia) para toda la comunidad, puede estar por encima del respeto a la autonomía del paciente.

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