A PROPÓSITO DE UN DÍA.

La totalidad de la vida, conocida como biosfera por los científicos y Creación por los teólogos, es una delgada membrana de organismos que envuelve la Tierra. Tan delgada que no puede ser vista de lado desde una nave espacial y con una complejidad interna tal que la mayoría de las especies que la componen permanecen sin ser descubiertas. Es una membrana sin interrupciones. Desde el pico del Éverest hasta el fondo de la Fosa de las Marianas, criaturas de un tipo u otro pueblan prácticamente cada centímetro cuadrado de la superficie planetaria. Obedecen al principio fundamental de la geografía biológica: donde haya agua líquida, moléculas orgánicas y una fuente de energía, habrá vida.

Edward O. Wilson. The future of life, 2002.

           Empiezo a escribir estas líneas durante las últimas horas del jueves 5 de junio de 2014, declarado Día Mundial del Medio Ambiente. En general, me abruma que casi cada día del año tenga una dedicatoria. Me parece innecesario y lamento que muchas veces esta costumbre sólo sirva para que la clase política de todas las latitudes y niveles se luzca en público con declaraciones en las que no cree, sobre temas que no conoce, exhibiendo un compromiso que se encuentra muy lejos de asumir.

Sin embargo, reflexionar sobre el medio ambiente es imprescindible. No podemos desentendernos del grave deterioro que ha sufrido. Degradación de la que los humanos somos responsables, que nos ha colocado frente a la posibilidad cierta de la extinción de numerosas especies, la nuestra entre ellas. Esta reflexión también es parte de la bioética.

La demostración de esta amenaza –piénsese en el cambio climático– se debe obtener con métodos científicos. Ya se ha hecho. Sin embargo, todavía hoy se encuentra con relativa facilidad a quienes siguen negando lo que la ciencia ha declarado “un hecho observado”. Los hay desde despistados más o menos inofensivos, hasta poderosos fundamentalistas e interesados potentados capaces de influir en la opinión pública y en la clase política, retrasando el inicio de aquellas medidas que frenen la debacle.

No basta un día para encontrar soluciones eficaces. El problema es de tal magnitud y está tan enraizado en nuestra forma de organizarnos y comportarnos como seres sociales, que será una labor de décadas, tal vez de siglos. Pero debemos empezar hoy.

Así como en el tratamiento de las enfermedades crónicas se necesita un cambio sustancial del estilo de vida del paciente, la enfermedad que hoy padece el planeta exige también un profundo cambio en la forma de comportarnos como especie, como individuos y como sociedad.

Como en tantas otras facetas de la vida humana, la educación juega aquí un papel muy importante. Se necesita un debate público coordinado por expertos que incluya programas permanentes de educación a la ciudadanía. Tenemos que aprovechar el poder de los medios de comunicación masiva para algo más que no sea banalidad, frivolidad y tácticas de distracción.

Se trata de una urgencia y tenemos que echar mano de todos los recursos. Poner de nuestro lado a todos los poderes, incluyendo a los sobrenaturales. Los ministros del culto han demostrado a lo largo de la historia que son eficaces a la hora de difundir mensajes e influir en las conciencias. Hoy, sin ser las únicas, la ciencia y la religión son dos fuerzas poderosas que mueven al mundo.

Por eso me gusta mucho la idea de Edward O. Wilson, destacado biólogo estadounidense que lleva muchos años estudiando y escribiendo sobre la biodiversidad y las amenazas que la desafían. En su libro “La Creación. Un llamado para salvar la vida en la Tierra” (The Creation. An Appeal to Save Life on Earth. W.W. Norton & Company, 2006), Wilson se dirige a un imaginario pastor de la Iglesia Bautista en un diálogo conciliador para unir esfuerzos a favor de la conservación de la vida en la Tierra, a pesar de las diferencias esperables entre un científico no creyente y un ministro religioso. El libro tiene la forma de una carta personal que Wilson le escribe al pastor. En ella empieza confesándole lo siguiente:

 

Confío en que si nos reunimos para platicar en privado sobre nuestras creencias más profundas, será con un espíritu de respetuo mutuo y buena voluntad. Sé que compartimos muchos preceptos morales…

… Le escribo ahora para solicitarle consejo y ayuda. Al hacerlo, es inevitable que confrontemos nuestras diferencias y puntos de vista sobre el mundo. Usted es un intérprete literal de las Sagradas Escrituras… Yo soy un humanista secular…

… Para usted, la gloria de una divinidad invisible. Para mí, la gloria del universo revelado al fin… Usted ha encontrado su verdad última. Yo todavía estoy buscando. Puede que yo esté equivocado o que usted lo esté. Tal vez ambos tenemos en parte la razón…

… Le sugiero que hagamos a un lado nuestras diferencias para salvar a la Creación. La defensa de la naturaleza viviente es un valor universal. No nace de ningún dogma ideológico o religioso ni lo promueve. Más bien sirve sin discriminación a los intereses de toda la humanidad.

 

Según Wilson, los científicos estiman que si la modificación del medio ambiente y otras formas de destrucción generadas por el hombre continúan a la velocidad actual, la mitad de las especies de las plantas y animales que hoy existen habrá desaparecido hacia finales de este siglo. Suponer que la desaparición de una especie, en especial si es exótica, no nos afecta es una equivocación. En nuestro planeta todo está relacionado y, aunque no lo percibamos con claridad, vivimos gracias a un equilibrio precario que hoy se ve gravemente amenazado.

Hace apenas unos días, el pasado martes 27 de mayo, el mundo recordó a Rachel Louise Carlson, una bióloga extraordinaria cuya obra dio inicio al movimiento en pro de la defensa del medio ambiente. Hasta el buscador electrónico Google le dedicó su imagen de portada.

Cuando Carlson publicó “La primavera silenciosa” (Silent Spring. Houghton Mifflin Company, 1962), el libro en el que denunciaba el efecto nocivo de los pesticidas usados en la agricultura, fue tildada de histérica y alarmista por la industria química, los científicos gubernamentales y muchos medios de comunicación. Se descartaron sus evidencias y se dudó de su competencia profesional, en especial por ser mujer. Aquel año, la revista Time puso en duda las conclusiones de su libro. Pero Rachel Carlson tenía razón. Varias décadas después, la misma revista la consideró una de las personas más influyentes del siglo XX.

En el capítulo inicial de su libro, titulado “Una fábula para el mañana”, Rachel Carlson nos relata el cambio que sufrió un pueblecito de los Estados Unidos por efecto del DDT:

 

Entonces, una desgracia se abatió sobre el lugar y todo empezó a cambiar. Una maldición diabólica se asentó en la comunidad…

… Era una extraña enfermedad. Los pájaros, por ejemplo, ¿a dónde se habían ido?… Los pocos que podían encontrarse estaban moribundos, temblaban violentamente y no podían volar. Fue una primavera silenciosa. Las mañanas, que antaño bullían al amanecer con los sonidos de los petirrojos, los sinsontes, las palomas, los azulejos, los chochines y las voces de otros pájaros, estaban ahora completamente mudas. Sólo el silencio se posaba sobre los campos, los bosques y las ciénagas…

… En las canaletas bajo los aleros y entre las tejas, un polvo blanco y granular todavía formaba parches; semanas antes, había caído como la nieve sobre los tejados y el pasto, sobre los campos y los ríos.

No era brujería, ningún enemigo externo había impedido que brotara nuevamente la vida en ese mundo herido de muerte. Era su propia gente la que había causado todo aquello.

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