LIBERTAD DE EXPRESIÓN, ESCLAVITUD DE PENSAMIENTO.

Tantas maneras de vivir, tan naturalmente coexistentes me hacían sentirme como en un bosque encantado, donde cada cual se aparecía con sus verdades y hábitos respectivos, enseñándome a respetarlos y a comprenderlos hasta donde mis pocos años lo permitían. Vivía yo así en un mundo gratamente tolerante y permisivo. Por eso ahora me asombro cuando ciertos dogmáticos se alzan escandalizados contra lo que llaman “relativismo” y que no es otra cosa sino la biodiversidad: la fuerza multiforme de la vida. Aunque comprendo que así hablen quienes muestran bien poco aprecio por esta vida y la sacrifican a no sé cuál otra, llegando a aceptar, con el famoso personaje del poeta, que “el delito mayor del hombre es haber nacido”. ¡Qué barbaridad!

José Luis Sampedro. Sala de espera, 2014.

           Hay ocasiones en las que un escritor se convierte en una presencia muy querida para sus lectores y sus novelas trascienden el papel de un mero entretenimiento para convertirse en obligados puntos de referencia sobre diversos aspectos de la vida. A Lucila y a mí nos ha sucedido eso con José Luis Sampedro y su obra La sonrisa etrusca (Alfaguara, 1985). En sus páginas se descubre el profundo conocimiento del ser humano que tenía su autor. Un destilado de la sabiduría eterna.

Aunque José Luis Sampedro (1917-2013) estudió y ejerció la economía –llegó a ser subdirector general del Banco Exterior de España y catedrático de Estructura Económica en la Universidad Complutense–, el calificativo que más le queda es el de humanista. Su pasión por la literatura acabó por hacer a un lado su carrera profesional. Así lo refiere en Desde la frontera, su discurso de ingreso a la Real Academia Española de la Lengua, leído el 2 de junio de 1991:

 

Gratitud acrecentada por el hecho de que, no obstante haber discurrido mi principal vida pública por los campos de la economía, supisteis percibir que mi más intensa dedicación estuvo siempre consagrada a la literatura; y que mis novelas, lenta y encarnizadamente elaboradas, no eran un subproducto de mi trabajo, sino, al contrario, se habían apoderado ya de mis años antes de que pensara siquiera en cultivar las ciencias sociales.

 

            Ese humanismo que debe entenderse como una pasión afectiva e intelectual por el ser humano, no sólo en su sentido abstracto y general, sino muy concretamente por el hombre que sufre las privaciones a las que lo someten sus iguales. Humanismo que lo llevó a convertirse en una especie de líder moral, en el pleno y venerable sentido de la expresión, de muchos hombres y mujeres víctimas de diversas injusticias derivadas de los abusos de un capitalismo más que inmoderado –bautizado paradójicamente como capitalismo compasivo– que hoy se ha vuelto una especie de religión única para las élites financieras que dirigen el mundo.

Las expresiones de José Luis Sampedro en este sentido son numerosas. Basta recordar que escribió el prólogo a la edición española del libro de Stéphane Hessel ¡Indignaos! Un alegato contra la indiferencia y a favor de la insurrección pacífica (Destino, 2011):

 

Actualmente en Europa y fuera de ella, los financieros, culpables indiscutibles de la crisis, han salvado ya el bache y prosigue su vida como siempre sin grandes pérdidas. En cambio, sus víctimas no han recuperado el trabajo ni su nivel de ingresos…

… No se eliminan los paraísos fiscales ni se acometen reformas importantes del sistema. Los financieros apenas han soportado las consecuencias de sus desafueros. Es decir, el dinero y sus dueños tienen más poder que los gobiernos. Como dice Hessel, “el poder del dinero nunca había sido tan grande, insolente, egoísta con todos, desde sus propios siervos hasta las más altas esferas del Estado. Los bancos, privatizados, se preocupan en primer lugar de sus dividendos, y de los altísimos sueldos de sus dirigentes, pero no del interés general”.

 

Uno de los conceptos de José Luis Sampedro que más me han llamado la atención es la distinción tajante que establece entre libertad de expresión y libertad de pensamiento. Para Sampedro, la libertad de expresión es un señuelo que conduce a una trampa: la de ocultar que, sin libertad de pensamiento, la libertad de expresión es inútil y no nos dice nada sobre la salud democrática de una sociedad.

Por eso me parece absurdo que se celebre cada año el día de la libertad de expresión sin reparar siquiera en un hecho mucho más importante y significativo: la mayoría de los ciudadanos carecen de libertad de pensamiento. Sin ella, esa libertad de expresión es un espejismo. La libertad de expresión sin libertad de pensamiento hace de los ciudadanos un rebaño dócil que acata los dictados de los poderosos.

¿Y cómo se obtiene la libertad de pensamiento? Ese bien público y privado, que debería ser considerado el más importante en una sociedad que aspira a vivir una democracia plena, se empieza a adquirir desde la más tierna infancia. Ahí es donde la calidad de la educación pública tiene un papel fundamental. En un país como el nuestro, donde la mayoría de los niños provienen de familias de escasos recursos, la educación pública debería ser la solución para superar esa desventaja de origen. Pero no es así. Reformas van y reformas vienen, sin embargo, la calidad de la educación pública sigue siendo pobre. Uno llega a pensar que así conviene para ciertos intereses.

Los futuros ciudadanos se incorporan al mundo desarmados, vulnerables a todo tipo de influencias que medran en el ambiente. Si al menos tuviésemos medios de comunicación masiva que colaborasen en la tarea educativa de la población, algo se podría remediar. Pero tampoco es así. Salvo algunas excepciones, la oferta cultural de la televisión es muy magra. Y lo que es peor. Este medio de comunicación fomenta la banalidad, la vulgaridad y mantiene a grandes sectores de la población cautivos del pensamiento mágico. En muchos de sus programas se plantea que el ser humano no debe esforzarse para labrarse un futuro mejor, sino que debe ponerse en manos de la providencia y esperar la llegada de un salvador que lo saque de su precaria situación.

En la construcción de nuestra democracia, todavía incipiente y casi reducida al momento electoral, se ha privilegiado el desarrollo de los marcos legales y las instituciones que la representan, pero me parece que se ha puesto mucho menos énfasis en la formación sólida de quienes son en realidad su esencia: los demócratas, los ciudadanos autónomos (guiados por su voluntad libre y racional) que han hecho de la democracia su forma de vivir y que, por lo tanto, no aceptan ninguna forma de autoritarismo. Y no me refiero al descuido de la capacitación política de los ciudadanos, sino a su culturización, que el diccionario define como acción y efecto de civilizar.

Aunque no se debe generalizar, podríamos decir que vivimos en una democracia con una minoría muy acusada de demócratas. Siguen persistiendo en el ambiente social y político, en la vida cotidiana, muchas prácticas autoritarias y paternalistas, muchas costumbres antidemocráticas que heredamos de un pasado dictatorial, ya fuese personal o corporativo, seglar o religioso. Esta situación no puede revertirse de inmediato, pero se puede ir acotando impartiendo una enseñanza dirigida a que el alumno alcance la libertad de pensamiento. Así lo decía José Luis Sampedro:

 

La fuerza de la democracia es el voto. Pero si el voto se hace condicionado el pensamiento por esa educación, condicionado por el dominio de los medios de comunicación que están en manos de los poderosos, y por tanto, divulgan lo que les interesa y ocultan lo que no les interesa…

… Porque, si mi pensamiento no es libre, tener la libertad de expresión no tiene valor. Porque si lo que pienso no es lo que yo pienso, sino lo que me han dicho que piense, entonces no vale nada y el voto se fabrica, como de hecho se fabrica.

 

Aherrojada la mente, la esclavitud permanece.

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2 thoughts on “LIBERTAD DE EXPRESIÓN, ESCLAVITUD DE PENSAMIENTO.

  1. Un tema interesantísimo y lamentablemente una dura realidad. Es relativa la libertad de expresión. Aquí en España ahora con la coronación de Felipe VI lo veo. Ya a todo mundo se le ha olvidado que Franco puso al Rey Juan Carlos…. La población está bastante amaestrada y aunque Franco ya no está su ideología está viva. Por ello los ciudadanos están así, sin tener un criterio objetivo para discernir , más preocupados por el futbol que por un sistema decadente y corrupto herencia de la dictadura

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