UNA MENTE ABIERTA.

Y es que, al menos hasta el momento, la historia ha ido enseñando que tan errados están el imperialismo de la ciencia única como el temor a tener que revisar los conocimientos ya consolidados y a tener que modificar algunos de ellos. Sócrates tenía razón, lo más inteligente es tratar de conocer el propio yo y el mundo en que se integra, con la modestia de quien es consciente de que sabe bien poco en cualquier caso y con la voluntad decidida de convertir los prejuicios en juicios razonados, cambiando lo que haga falta.

Adela Cortina. Neuroética y neuropolítica. Sugerencias para la educación moral, 2012.

 

Al estudiar bioética uno aprende muchas lecciones. La primera y más importante es tener una mente abierta, no encariñarse demasiado con las ideas propias hasta permitir que controlen nuestra forma de pensar, para acabar cayendo en la tentación de imponérselas a los demás.

Parece algo rebuscado, pero no lo es. El poder de las ideas que consideramos propias es enorme y, a la vez, pasa completamente desapercibido. Pensándolo mejor, esas ideas que consideramos propias fueron sembradas por otros en nuestra más tierna infancia o bien, más adelante, las tomamos de otros con quienes nos identificamos y deseamos formar parte.

Por eso es tan inquietante la época en la que estamos viviendo. Porque se están cayendo muchas certezas, que son las ideas propias que más apreciamos. El debilitamiento de las certezas es algo terrible para los estamentos más conservadores. Por eso nos advierten y ponen el grito en el cielo con la amenza del relativismo. A mí eso no me preocupa demasiado. Cada quien debería tener el derecho de alcanzar algunas certezas en la vida siguiendo su propio camino.

Y no es que las certezas sean necesariamente malas por si mismas. El problema es cuando en torno a ellas se organizan instituciones para tutelarlas, administrarlas, otrogarlas o denegarlas, según lo dóciles o rebeldes que resulten los destinatarios. Instituciones que acaban haciéndose rígidas, cada vez menos tolerantes y más impositivas. Y es que la administración de las certezas es un negocio muy jugoso.

La tarea de la bioética es verdaderamente titánica en más de un sentido y por eso, quien se incia en ella debe empezar con una mente abierta. En la introducción de Diálogos de bioética (Fondo de Cultura Económica-UNAM, 2013), Juliana González nos dice:

 

Un decisivo reto que han tenido que enfrentar estos “Diálogos” es el de aproximar dos lenguajes: el humanístico y el científico, lo cual es algo más que una dificultad lingüística. Es más bien el acercamiento de dos modalidades distintas de hablar de la misma realidad. Dos formas de ver, conocer y pensar, de hacer experiencia y vivencia, por caminos distintos, desde perspectivas diferentes y que, no obstante, pueden, con mayor o menor fortuna, entenderse, comunicarse y enriquecerse recíprocamente. Éste es quizá el fruto más importante de nuestra conversación acerca de los nuevos saberes y valores de la vida.

 

            De entrada, la bioética intenta ir más allá de esa especie de esa brecha, aparente insalvable, que hay entre científicos y humanistas y que C.P. Snow, al pronunciar la Conferencia Rede de 1959 en la Universidad de Cambridge, llamó “Las dos culturas”:

 

Un buen número de veces he estado presente en reuniones de personas que, por las normas de la cultura tradicional, se creen muy educadas y que con mucho gusto han expresado su incredulidad por el analfabetismo de los científicos. Una o dos veces me han provocado y he pedido a los interlocutores cuántos de ellos podrían describir la Segunda Ley de la Termodinámica, la ley de entropía. La respuesta fue fría y negativa. Sin embargo, yo estaba pidiendo algo que para los científicos sería equivalente a preguntar: «¿Has leído una obra de Shakespeare?».

Ahora creo que si yo hubiera hecho una pregunta aún más simple como ¿Qué entiende usted por masa, o aceleración, que es el equivalente científico de decir «¿Puedes leer?» no más de uno de cada diez habrían sentido que yo estaba hablando el mismo idioma. Por lo tanto, mientras el gran edificio de la física moderna crece, la mayoría de la gente inteligente en Occidente tiene el mismo conocimiento científico que habría tenido su antepasado del neolítico.

 

La tarea de la bioética es también descomunal porque ocurre justo ahora (y también para eso ocurre ahora), en el umbral de un cambio importante. Los avances científicos y técnicos han dotado al hombre de un poder sobre su propia vida, la de los demás seres vivos y sobre el destino del planeta entero que nunca había tenido antes.

Estamos en un momento de transición y, a la vez, frente a la bifurcación de un camino de cuyos ramales ignoramos casi todo. No podemos saber con anticipación cuál de los dos es el que más nos conviene y, para colmo, sospechamos que, tomemos el que tomemos, nuevas dicotomías se nos presentarán más adelante. La bioética, que esgrime el dilema como su más pura esencia, pretende (y es) el báculo que necesitamos para avanzar por este océano de aguas procelosas.

El primero de los hasta hora cinco espléndidos volúmenes que ha editado el Programa Universitario de Bioética de la Universidad Nacional Autónoma de México se titula justamente Dilemas de Bioética (Fondo de Cultura Económica-UNAM, 2007) y lleva en la portada una vieja moneda romana con la imagen del dios Jano, el de los dos rostros que miran en direcciones opuestas. No es casualidad. Juliana González, que dirige la colección de estos libros, nos lo explica:

 

Nuestro tiempo es en este sentido “jánico” (del dios Jano)… La ambigüedad y la ambivalencia, la doble y contradictoria posibilidad, el carácter “bifronte” y “dilemático”, revelan el significado especial que tienen, en particular, los nuevos potenciales de las ciencias y las técnicas de la vida…

… También la medicina, en sus orígenes griegos, hizo expresa su inherente ambigüedad: Esculapio es divinidad de la oscuridad y el inframundo, al mismo tiempo que es hijo de Apolo, el dios de la luz y la salud. Algo semejante ocurre, además, con el “phármakos” griego que es curación y veneno al mismo tiempo. El doble poder de la medicina explica la necesidad del “juramento” y de la purificación ética del médico hipocrático. Es en la ética en donde se encuentra la única posibilidad de superar la ambivalencia y el peligro de las fuerzas negativas de “Asklepio”.

 

Con estas lecturas podemos adentrarnos en el significado y la importancia de la bioética en el mundo de hoy. La bioética reconoce de entrada el peligro de nuestro propio conocimiento y nos obliga a mirarlo de frente, a no ignorarlo, sino a reflexionar sobre él para conjurarlo.

¿Cualquier bioética? No. Volvamos a los pensamientos lúcidos de Juliana González, que sabe expresar con tanta claridad:

 

El quehacer de la bioética no es meramente teórico, ni unívoco, ni solitario, ni mucho menos dogmático, definitivo y cerrado. No lo es si se concibe precisamente como bioética laica, no confesional, que es la forma que, a nuestro juicio, corresponde intrínsecamente a la bioética, por definición dialógica y, en efecto, “dilemática”. No se caracteriza solamente por su naturaleza multi e inter-disciplinaria, sino por su pluralidad y su carácter controversial y colectivo, teórico y práctico, reflexivo y activo, por su capacidad de buscar consensos y, a la vez, de asumir los disensos…

…El uso del saber y del poder tecnocientífico ha de ser, ciertamente, ético, no sólo eficaz; no ha de tener un mero valor técnico, económico y político, sino ético y social. Ha de ser el resultado de la búsqueda en común de consensos, de la deliberación conjunta, de las decisiones compartidas.

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