PENSAMIENTOS TRISTES BAJO LA LLUVIA.

Los sistemas de sanidad públicos, accesibles, con organización y gestión esencialmente públicas y una elevada calidad de prestaciones, ofrecen resultados globales de salud mejores que otros modelos. Que el sistema sanitario público pueda mejorar su eficiencia (con más atención primaria y menos gasto farmacéutico), calidad (con más atención en salud mental por ejemplo) y equidad (protegiendo a toda la población) no puede ser excusa para que las fuerzas económicas y políticas que favorecen la mercantilización sanitaria destruyan un modelo conseguido a través de largas luchas sociales. La atención sanitaria debe ser un derecho ciudadano independientemente de la condición social y el lugar donde se viva y no una mercancía que solo consuman los “clientes” que puedan pagarla.

 

Joan Benach. Avanzar al pasado: la salud como mercancía, 2012.

 

Aunque la lluvia es casi siempre una bendición, también acentúa el sufrimiento de los enfermos. En este sentido y por fortuna, en Aguascalientes llueve poco. Tal vez por eso siempre nos sorprende el amanecer con el sonido del agua que cae desde el cielo. También por eso, en una ciudad que vive casi siempre en un régimen de secano, no existen drenajes suficientes y adecuados para canalizar el agua que cae en exceso.

Al llover, nuestras calles devienen en arroyos y, cuando estas calles llevan meses aguantando el ritmo paquidérmico de una remodelación interminable, se convierten el ríos, con sus rápidos y todo. Aunque dicen que Dios aprieta pero no ahoga, me pregunto cómo hubiésemos terminado esta mañana de viernes –escribo estas lìneas el 18 de julio de 2014– quienes intentamos llegar al Hospital Hidalgo remontando la calle Galeana. Por fortuna, fuimos rescatados a tiempo y una bondadosa colega nos dejó en las mismas puertas del Hospital, salvando con su vehículo las aguas impetuosas que descendían hacia la Avenida López Mateos.

El aviso de humedad que antecede al chubasco, indetectable salvo para las articulaciones degeneradas de los viejos, se filtra en el alma y cuando la lluvia llega, se empapan a la par el ánimo y las ropas. Para quienes pasamos muchos inviernos infantiles sumidos en la humedad y los cielos plomizos, ver que el sol no brilla y que su claridad apenas se adivina tras las nubes gordas y grises de estos días, nos llena de melancolía. Y entonces los pensamientos tristes ocupan nuestros centros discursivos.

Esta misma semana, por ejemplo, nos enteramos de que los pacientes que se afiliaron al Seguro Popular cuando ya eran derechohabientes del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) o del Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado (ISSSTE), van a ser dados del baja del Seguro Popular. Se trata, nos dijeron, de una depuración del padrón de dobles afiliados, esos quintacolumnistas de la cobertura sanitaria que nos estaban esquilmando. Una acción correctiva para evitar que esa afiliación duplicada siguiese erosionando los recursos siempre insuficientes que se destinan al cuidado de la salud de los mexicanos.

Debe señalarse que, cuando estos ciudadanos se afiliaron al Seguro Popular, pagaron la cuota correspondiente. Entre ellos, no hay duda que algunos ocultaron su afiliación vigente al IMSS o al ISSSTE, aunque también debe haber habido otros que simplemente omitieron exponerla sin ninguna intención oculta. Como también es probable que haya habido casos en los que la afiliación al IMSS o al ISSSTE haya sido transitoria en tanto mantuvieron un empleo temporal y que la perdieron al perder el trabajo.

Sin embargo, el quid del asunto no es ese. Lo que debemos preguntarnos es por qué una persona que ya cuenta con el IMSS o el ISSSTE decide afiliarse al Seguro Popular. Ya que se van a dar de baja un número significativo de derechohabientes del Seguro Popular, deberíamos aprovechar esta oportunidad para hacerles una encuesta con el propósito de identificar los motivos que tuvieron en su día para afiliarse al Seguro Popular cuando ya contaban con la cobertura sanitaria del IMSS o el ISSSTE. Con esos datos podríamos detectar posibles deficiencias de los servicios que brindan estas instituciones y así tomar las medidas para mejorar la atención de los enfermos y usurarios en general.

Un análisis superficial de esta problemática nos permite mantener la calma (keep calm…), pero si nos detenemos un momento para reflexionar sobre las consecuencias que puede tener una decisión como esa, la calma se trastoca en inquietud y la depuración en purga. Y ya se sabe, las purgas –explusión o eliminación de funcionarios, empleados, miembros de una organización, etc., que se decreta por motivos políticos, y que puede ir seguida de sanciones más graves, según el DRAE– suelen ser amargas.

De los pacientes que van a ser depurados, nos preocupa particularmente el destino que les espera a los enfermos de cáncer, tanto niños como adultos. Aunque todas las enfermedades merecen nuestra atención, los tumores malignos se cuecen aparte. No se trata de una simple ocurrencia. Mel Greaves, director del Centro de Biología Celular y Molecular para la Investigación de la Leucemia del Instituto para la Investigación del Cáncer en Londres, Inglaterra, nos dice lo siguiente en su libro Cáncer. El legado evolutivo (Oxford University Press, 2000):

 

Permítanme empezar con las malas noticias, ¿de acuerdo? Estadísticas. Aproximadamente, a uno de cada tres entre nosotros se le hará en algún momento el diagnóstico de cáncer, poniéndolo al mismo nivel de los presidentes, las estrellas de cine, los obispos, los atletas, los premios Nobel, los judíos y los gentiles, los blancos y los negros, los pudientes y los menesterosos. Cada día, unos 1,500 estadounidenses mueren de cáncer y, no hace falta decirlo, mueren muchos más por la misma causa fuera de ese país. En todo el mundo se diagnostican cada año unos ocho millones de casos nuevos.

 

Aunque el tratamiento del cáncer es distinto dependiendo del tipo de tumor del que estemos hablando y aunque en las últimas décadas se han agregado nuevas y prometedoras modalidades terapéuticas derivadas de los más recientes descubrimientos cientificos, la quimioterapia y la radioterapia siguen siendo dos formas de tratamiento muy utilizadas. Ambas se administran en ciclos, es decir, en dosis fraccionadas durante varias semanas o meses hasta completar la dosis total.

Dejar un tratamiento a medias no es aconsejable y entraña ciertos riesgos. Por ejemplo, el tumor, que había respondido a las primeras dosis, puede volver a crecer. Si había desaparecido puede volver a aparecer y también puede adquirir mutaciones que lo hagan resistente al tratamiento con el que se le estaba combatiendo. Por tanto, no se trata de un juego. Se trata de un grupo de enfermedades que, hoy por por hoy y a pesar de los avances innegables que se han logrado para controlarla, sigue siendo una fuente inmensa de sufrimiento para el que la padece y para sus allegados.

¿Qué sucederá con los enfermos de cáncer que están a la mitad de su tratamiento y que ahora van a ser dados de baja del Seguro Popular? ¿Podrán reanudar su quimio o radioterapia sin las desaconsejables demoras en el IMSS o en el ISSSTE? Dado que en Aguascalientes los hospitales de ambas instituciones son de segundo nivel y están ya saturados, ¿serán enviados estos pacientes a los hospitales de ciudades como León, Guadalajara o México para que reciban los tratamientos que no se les puedan administrar en Aguascalientes? ¿Es ético agregar al sufrimiento de la enfermedad las complicaciones, incertidumbres y demoras de un traslado de esta naturaleza?

Así como ocurre tras la lluvia pertinaz, cuando el viento disipa las nubes y el sol reaparece para traer de regreso el optimismo, estoy seguro de que quienes tienen el poder de las decisiones han hecho un análisis concienzudo de las acciones y las reacciones y han previsto todas las consecuencias. Quiero creer que se impondrá la cordura.

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