UNA GUERRA INTERMINABLE.

Gracias, Compañero, gracias

Por el ejemplo. Gracias porque me dices

Que el hombre es noble.

Nada importa que tan pocos lo sean:

Uno, uno tan sólo basta

Como testigo irrefutable

De toda la nobleza humana.

 

Luis Cernuda. 1936, 1962.

 

Desde que tengo memoria, escuché historias parecidas en mi casa, contadas por mis abuelos, por mis padres, mis tíos y por varios amigos de la familia. La Guerra Civil Española (1936-1939) no fue una simple contienda bélica. Fue el enfrentamiento fratricida entre dos maneras polares de ver el mundo que hoy, en estos días de turbiedad y paños calientes, ya casi no se reconocen. Entonces y allí, se citaron a muerte no sólo españoles, sino comobatientes de muchos lugares del mundo. Fue un ensayo sangriento de la Segunda Guerra Mundial.

Mi abuelo Luis, que había emigrado de Galicia a los trece años para vivir otros catorce en Cuba, donde nació mi madre, regresó a su aldea (Sandiás, Ourense) antes del estallido de la Guerra Civil. Desde los primeros momentos del conflcito, Galicia quedó en manos de Franco y a partir de ese momento se empezó a perseguir a todo aquel que fuese del bando contrario. Lo mismo sucedía en el lado republicano en contra de quienes se suponía que eran afectos al general rebelde y futuro dictador.

No sé quien lo denunció ni tampoco qué motivos tuvo para hacerlo, pero a mi abuelo, que no había podido militar en partido político alguno al trabajar tantos años como mecánico en los ingenios azucareros cubanos, se le acusó de rojo, de republicano, de enemigo de Franco. Para limpiar la aldea de indeseables, llegaban de vez en cuando partidas de falangistas para buscar y detener a los rojos, a quienes conducían a la cárcel para después fusilarlos. Cada vez que llegaban esos escuadrones de exterminio, mi abuelo y sus hijos, entre ellos mi madre, se ocultaban en los campos que bordeaban la Laguna de Antela hasta que pasaba el peligro.

Historias como esas y otras muchas relacionadas con ellas las hay a cientos, tal vez a miles. Lo que viene haciendo la escritora madrileña Almudena Grandes desde 2009 es contarnos un puñado de ellas en torno a todos aquellos españoles que sufrieron la feroz represión del General Franco a partir del momento en el que ganó la guerra y se llamó a si mismo “Caudillo de España por la gracia de Dios”. El proyecto narrativo de Almudena Grandes tiene el título genérico de Episodios de una Guerra Interminable, consta de seis novelas de las que hasta el momento ha publicado tres. La primera fue Inés y la alegría (Tusquets, 2010). La segunda se titula El lector de Julio Verne (Tusquets, 2012) y la tercera lleva por título Las tres bodas de Manolita (Tusquets, 2014).

En estas novelas, Almudena Grandes da a conocer hechos, situaciones y sentimientos de quienes vivieron amenazados con la cárcel, los trabajos forzados y la muerte sólo por tener una ideología distinta de la oficial, o lo que es mucho peor, por haber sido hijos o hermanos de quienes fueron considerados enemigos del régimen político impuesto por Francisco Franco. Y nos revela también la existencia de quienes desde la clandestinidad, intentaron resistir el poder omnímodo del dictador.

Acabo de leer Las tres bodas de Manolita y a través de sus páginas podido acercarme un poco al inmenso sufrimiento de quienes padecieron en carne propia esa represión despiadada. Puedo decir que he vuelto a recordar aquellos relatos de mi madre sobre el triste destino de quienes fueron fusilados a espaldas de la pared de un cementerio, o los que murieron de desnutrición y tuberculosis encarcelados largos años en condiciones atroces. Muertes fulminantes y muertes lentas, muy lentas, de quienes por ser republicanos o hijos de republicanos fueron despojados de sus títulos profesionales, se les negó un trabajo y con él el sustento o se les contrató en condiciones de verdadera esclavitud. ¡Cuánto sufrimiento sin razón alguna!

Uno de los hechos que esta novela revela es el Patronato de Redención de Penas, un mecanismo perverso e inmisericorde mediante el cual los hijos de los republicanos presos fueron atraídos con engaños y obligados a trabajar como esclavos para redimir las penas de sus padres. En la novela, Manolita, que vive en Madrid, tiene dos hermanas, Isabel y Pilarín, de las que ella consiente en separarse para aliviar un poco su penuria económica, con la esperanza de que reciban educación, techo y alimento en una escuela de monjas en Bilbao, a casi 400 km.

Todo resulta un engaño. Las monjas, aliadas fieles del dictador que contaba con la bendición y la complicidad de la Iglesia Católica –“España es el bastión espiritual de Europa”, se decía– toman bajo su tutela y educan a Pilarín, la menor, pero a Isabel, como a otras adolescentes como ella, la ponen a trabajar como lavandera. Era un negocio redondo para las religiosas. Los hoteles, restaurantes y escuelas de los alrededores pagaban al convento para que se lavase su ropa. Las internas de mayor edad eran obligadas a hacerlo en jornadas extenuantes, no se les pagaba salario alguno y apenas se las alimentaba. Tampoco recibían instrucción escolar, sólo se les leía por las noches la vida de los santos. Además, en lugar de jabón, tenían que lavar con sosa caústica, por lo que terminaban con las manos destrozadas. Isabel no sólo sufre de llagas muy dolorosas en las manos y muñecas, sino que padece de una desnutrición grave al punto que deja de menstruar. Por fortuna, es rescatada de aquel infierno por su hermana Manolita, aunque tardará años en recuperarse físicamente. Las heridas psíquicas nunca llegarán a desaparecer, pero con el tiempo tendrá la oportunidad de llevar una vida normal.

A mi juicio, la más hermosa lección que nos deja esta novela es la condición indomable del espíritu humano. A pesar de tantas injusticas, de tantos sufrimientos, Manolita logrará sobreponerse y llegará ser feliz al lado de Silverio, aquel preso de la cárcel de Porlier, el condenado a treinta años que purga con trabajos forzados en el Valle de Cuelgamuros, con el que se casará tres veces. Manolita, personaje ficticio –su hermana Isabel sí existe–, es la voz de ese espíritu admirable que es capaz de superar, no sin algunas secuelas, esa adversidad en la que vive largos años. Lejos de lo que se dice, se da cuenta de que Dios aprieta y, además, ahoga. Al final, su esperanza y perseverancia se ven recompensadas. Manolita logra eludir, tal vez de manera definitiva, la presa mortal de ese Dios que parecía haberse puesto del lado de los que habían ganado la Guerra Civil:

 

Porque existen hambres mucho peores que no tener nada que comer, intemperies mucho más crueles que carecer de un techo bajo el que cobijarse, pobrezas más asfixiantes que la vida en una casa sin puertas, sin baldosas ni lámparas…

…Había aprendido que renunciar a la felicidad era peor que morir, y que el anhelo, el deseo, la ilusión de un porvenir mejor, aunque fuera tan pequeño como el que cabe entre una pena de muerte y una condena de treinta años de reclusión, era posible, era bueno y legítimo, era digno, honroso, hasta en aquella sucursal del infierno donde había hecho cola todos los lunes del mejor verano de mi vida. Aspirar a ser feliz en una cárcel era una forma de resistir, y eso, aunque mi madrasta jamás lo entendería, no era una renuncia a la normalidad, a la comodidad, al destino apacible de la gente corriente, sino una elección libre y soberana. El fruto de la única libertad que me quedaba.

 

            Desde estas líneas, quiero agradercerle a Almudena Grandes que esté escribiendo estos Episodios de una Guerra Interminable. No sólo porque avalan y completan los que yo escuché desde niño, sino porque me hacen darme cuenta de que hasta ahora he vivido sin tener que experimentar penurias semejantes a las que padecieron mis padres y mis abuelos.

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One thought on “UNA GUERRA INTERMINABLE.

  1. Dr que doloroso fue todo pero lo que me duele más es que Franco dejó una generación aún viva , que es sumisa y fiel a esos ” falsos valores morales” . Se habla más de la guerra civil en en extranjero que en España , aqui es tema casi prohibido. Eso es más doloroso, querer olvidar a esos muertos y esos españoles que se fueron huyendo de la muerte. Eso duele màs

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