EL SABIO SOLITARIO.

Viajar es muy útil, hace trabajar la imaginación. El resto no son sino decepciones y

fatigas. Nuestro viaje es por entero imaginario. A eso debe su fuerza.

Va de la vida a la muerte. Hombres, animales, ciudades y cosas, todo es imaginado. Es una

novela, una simple historia ficticia. Lo dice Littré, que nunca se equivoca.

Y, además, que todo el mundo puede hacer igual. Basta con cerrar los ojos.

Está del otro lado de la vida.

Louis-Ferdinand Céline. Viaje al final de la noche, 1932.

 

La ciencia, que hoy lo describe todo, tiene dificultades para describirse a si misma. Minuciosa en los detalles, apegada al rigor metodológico, nos hace creer que sus protagonistas son seres puros, asépticos, obsesionados que buscan la verdad sin las flaquezas que tanto afligen al resto de los humanos. Custodia a sus oficiantes hasta hacerlos casi inaccesibles para quienes les gustarían seguir sus pasos o, al menos, inflamar su pecho con las proezas y beneficios que han derramado sobre todos nosotros.

Por fortuna, la literatura, que conoce otras facetas y puede explorar el mundo de los sueños, viene en auxilio de la ciencia y le presta aquellas palabras y expresiones felices que humanizan a los científicos, demostrando que son un poco como nosotros o que, si nosotros tuviésemos su celo, perseverancia y, tal vez un poco de su genio, podríamos ser tal vez como ellos. O por lo menos parecerlo.

Pienso en ello al toparme, en una de esas excursiones por las librerias que uno puede hacer sin moverse de su casa, con un libro cuyo título llamó de inmediato mi atención, Peste & Cólera (Anagrama, 2014), así, con el signo de la conjunción copulativa “y” que se usa comunmente en inglés. Su autor, Patrick Deville, un escritor francés, director literario de la Casa de los Escritores Extranjeros y los Traductores en Saint-Nazaire y gran aficionado a los viajes, en los que ha recorrido Oriente Medio, Nigeria, Marruecos, Argelia, Cuba, Uruguay y América Central.

Ese gusto viajero explica que su novela trate de la vida de Alexandre Yersin, el médico y bacteriólogo que, entre otras muchas cosas, descubrió el bacilo que causa la peste bubónica, enfermedad que hoy nos puede parecer cosa del pasado, pero que, como otras muchas, vive en un estado de animación suspendida, esperando la ocasión propicia para llevarse por delante a sus víctimas. ¿No lo está haciendo en estos momentos el virus Ébola del que hace un buen rato no se sabía nada? Pues eso.

El Yersin que nos describe Deville es un hombre muy inquieto, que atesora su soledad por encima de todos y de todo. Inmune a los galardones y a las tentaciones de la política, prefiere vivir aislado, en contra incluso de los deseos de aquellos a quienes tanto debe en su carrera profesional: Louis Pasteur y Émile Roux, ni más ni menos. Ellos le ruegan que se quede, pues saben de su devoción por el trabajo científico y de su capacidad para desentrañar los enigmas de las enfermedades infecciosas. En realidad, es capaz de resolver otros muchos misterios.

Yersin cede por momentos, les hace caso de vez en cuando, pero se cansa de esa jaula de oro y su insaciable curiosidad le lleva a explorar el mundo y a investigar todo aquello que captura su atención un tanto dispersa, cierto, pero inagotable. Por ello no se aviene al sistema que trata de retenerlo y por eso nunca recibirá el pleno reconocimiento, un Nobel, por ejemplo. Para ser premiado no basta con destacar en un campo del conocimiento, sino formar parte del mecanismo que otorga los premios, dejarse agasajar lo suficiente. Y tal parece que a Yersin eso le traía sin cuidado.

Alexandre Émile John Yersin (1863-1943) nació en Lavaux, Cantón de Vaud, Suiza y estudió medicina en Lausana (Suiza), Marburgo (Alemania) y París, donde a través de Émile Roux ingresó en el laboratorio de Louis Pasteur. Durante su estancia en París logró desarrollar un modelo experimental de tuberculosis y, junto a Roux, descubrió la toxina diftérica. Todo pintaba para que el joven científico desarrollase una brillante carrera al amparo de sus mentores, pero en Yersin latía la inquietud de conocer el mar. Roux se llevaba las manos a la cabeza. ¿Para qué conocer el mar?

A pesar de los consejos de Roux, Yersin decidió viajar a la Indochina Francesa, al extremo sur conocido como la Cochinchina, lo que hoy corresponde a la zona meridional de Vietnam. Se enroló como médico en los buques de la Compañía de Mensajería Marítima. Primero hizo numerosos viajes entre Saigón y Manila (Filipinas) y, después, entre Saigón y Hai Phong, en la costa norte del actual Vietnam. Así lo describe Deville:

 

Cada mes, en el viaje de ida desde Saigón, los comerciantes habituales de la línea llevan productos de Europa para los filipinos ricos: vestidos de París y porcelanas de Limoges, jarras de cristal y vinos finos. A la vuelta, se traen a cambio, en el fondo de la bodega, productos fruto del sudor de los filipinos pobres: conos de azúcar, puros de Manila y vainas de cacao. De un puerto a otro hay tres días y tres noches de travesía, por un mar amarillo y conradiano de oleaje apretado y débil, en el que la proa se abre camino como con desdén… A partir de ese momento, la vida de Yersin adquiere, durante todo un año, la regularidad de un péndulo.

 

            En una de esas travesías recalará en la bahía de Nha Trang que, con el tiempo, se convertirá en su lugar de residencia definitiva, el hogar a donde siempre deseará volver de sus estancias temporales en París, por más que Roux intente retenerlo en el Instituto Pasteur. Sin embargo, la banda de los pasteurianos, como la llama Deville, no cede y en 1894 le piden a Yersin que acuda a Hong Kong para que estudie los embates de la peste bubónica y averigüe si la produce algún germen contra el que pueda desarrollarse un remedio.

Cuando Yersin llega a Hong Kong, ya está instalado allí Shibasaburo Kitasato , quien goza del total apoyo de los ingleses, colonizadores de aquel rincón de China. El bacteriólogo japonés es discípulo predilecto de Robert Koch y, por lo tanto, enemigo de los científicos franceses. A Yersin le prohiben el acceso a los cadáveres. Sólo Kitasato puede hacerles la autopsia. Cuando termina, los arrojan en una fosa, los cubren con cal y les echan ácido sulfúrico.

Yersin no se amilana. Prácticamente a escondidas, saca algunos cadáveres, raspa la cal que cubre sus ingles y les extirpa los ganglios linfáticos inflamados (bubones). El colega japonés desprecia los bubones. Él busca en otros órganos y hace análisis de sangre. En cambio, Yersin prepara frotis que tiñe en su modestísimo “laboratorio”. Y en ellos descubre miríadas de bacilos rechonchos. Sabe que son la causa de la peste y sospecha que las ratas, que mueren por miles, tienen que ver algo en el asunto.

Aquellos bacilos viajan bien empaquetados a París y son recibidos en el Instituto Pasteur. El propio Yersin los estudiará allí mismo y junto a Émile Roux, Albert Calmette y Armand Borrel desarrollará el primer suero en contra de la peste. Con ello, Yersin alcanzará fama internacional pero, como ya lo hemos dicho, eso a él no le interesa.

Quiere volver a Nha Trang. Allí lo esperarán otras inquietudes. Cultivará el árbol del caucho, tratará de aclimatar el árbol de la quina, que en aquellas latitudes palúdicas es una prioridad, y llegará a convertirse en explorador, agricultor, ganadero, meteorólogo, embriólogo, ingeniero y, gracias a sus exportaciones de caucho, se relacionará con Armand Peugeot y Louis Renault, y se comprará un automóvil que enviará por barco a Saigón. ¡Qué hombre tan inquieto!, podrá decirse. Nadie lo va a negar.

Como otros grandes, hoy su recuerdo es débil, salvo en Vietnam, donde es venerado. Por eso se agradece que Patrick Deville haya escrito este libro que, según cierto crítico literario francés, es “la novela de invención sin ficción”. Buena lectura para unas vacaciones veraniegas.

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