EL MAESTRO DE LA DISCRECIÓN.

Para el doctor Arturo Ángeles Ángeles,

maestro benevolente y sabio discreto.

 

Cuando encontrares con algún valiente genio déstos, que entre millares será alguno, aunque lo busques con la antorcha a mediodía, logra la ocasión, desfruta las sazonadas delicias de la erudición; que si con hambre solicitamos los libros ingeniosos y discretos, con fruición se han de lograr los mismos oráculos de lo discreto, de lo juicioso, sazonado y entendido.

Baltasar Gracián. El Discreto, 1646.

 

¡Qué difícil es resumir la vida de un hombre! Lo es porque sólo conocemos de él lo que asoma, lo que nos deja ver, lo que dice o escribe, lo que nos hace sentir, lo que nos enseña y poco más. ¿Qué piensa en realidad, qué sentimientos abriga en su corazón? Lo ignoramos casi todo y, sin embargo, más que escudriñar en las entrañas del personaje, tal vez sea más aconsejable evocar las resonancias que el maestro ha dejado impresas en nuestra propia alma.

En este día en el que sus alumnos le brindamos un merecido homenaje, reflexiono en la cualidad más destacada del doctor Arturo Ángeles Ángeles, que aun poseyendo varias, sea la que más he admirado a lo largo de todos estos años. Me quedo con la discreción, que ya otros hablarán de las demás. No es virtud pequeña, aunque lo parezca, pues por escasa es preciosa y adorna más allá del brillo cegador a quien, gozando de merecida fama, se afana serenamente en ocultarla.

Las tres principales acepciones de la discreción las reúne nuestro homenajeado. A saber:

1. Sensatez para formar juicio y tacto para hablar u obrar; 2. Don de expresarse con agudeza, ingenio y oportunidad y 3. Reserva, prudencia, circunspección. Pocos son los que pueden concentrarlas todas y hacer de ellas una forma de vida.

Hoy la discreción es poco apreciada, pues la tónica dominante nos invita a competir, a ganar y a lucir el triunfo en toda ocasión. Enseñorear con ruido, haciendo gala de los dones reales e imaginarios, es lo que cuenta. La forma sobre el fondo, el tener sobre el ser.

El discreto pasa por apocado y el prudente por cobarde. Y, sin embargo, la discreción es para mí la gran lección que nos sigue dando el doctor Ángeles. Volviendo a Baltasar Gracián, he aquí en su obra Oráculo manual y arte de prudencia (1647) una descripción que se ajusta a través de los siglos al maestro que hoy celebramos:

 

Señorío en el decir y en el hacer. Hácese mucho lugar en todas partes, y gana de antemano el respeto. En todo influye: en el conversar, en el perorar, hasta en el caminar; y aun en el mirar, en el querer. Es gran vitoria ganar los corazones: no nace de una necia intrepidez, ni de la enfadosa dilación, sí en una decente autoridad nacida del genio superior y ayudada de los méritos.

 

            De la entereza del maestro irradia la diversidad de sus alumnos. Algunos pocos son como relámpagos inagotables, que iluminan con su luz aquellos campos del conocimiento que habían permanecido en la oscuridad. Otros, de suyo originales, exploran terrenos poco trillados con singular donaire. Los más son esforzados capitanes allá donde viven y trabajan. Varios son como discretas luciérnagas, cuya luminiscencia adorna más que ilumina, pero que hacen sentir su presencia de manera constante, fiel y solidaria cada vez que se les convoca. De todo tiene que haber en la viña del Señor.

 

Tal vez asombre saber que todo ello ocurre sin que Arturo Ángeles Ángeles mueva un solo dedo. Su dirección, como su persona, es también discreta. Según los usos actuales, podríamos decir que estamos frente a un liderazgo inalámbrico. Es esa conducción sin esfuerzo aparente que sólo pueden ejercer aquellos mentores que se ganan la buena voluntad de sus alumnos. Liderazgo, conducción, poder de convocatoria, conciliación de intereses divergentes que son una prenda más del cultivo de la discreción como apuesta vital.

Con los años, su sabiduría se ha vuelto más delicada, casi transparente, lo que exige del observador un mayor esfuerzo para adivinarla. Un destilado de experiencia cuyo secreto, o por lo menos parte de él, parece encontrarse en lo que Gracián llama “el arte de dejar estar”:

 

Y más cuando más revuelta la común mar, o la familiar. Hay torbellinos en el humano trato, tempestades de voluntad; entonces es cordura retirarse al seguro puerto del dar vado. Muchas veces empeoran los males con los remedios. Dejar hacer a la naturaleza allí, y aquí a la moralidad. Tanto ha de saber el sabio médico para recetar como para no recetar, y a veces consiste el arte más en el no aplicar remedios. Sea modo de sosegar vulgares torbellinos el alzar la mano y dejar sosegar; ceder al tiempo ahora será vencer después…

 

También nos ha enseñado a todos la sutil diferencia que distingue a la autoridad del poder. Aquella es la que viene implícita en el cargo, independientemente de los méritos. En cambio, ésta es la capacidad de influir en los pensamientos, las decisiones y los actos ajenos. Arturo Ángeles las ha tenido ambas, pero siempre se ha servido mucho más del segundo que de la primera. Y lo ha hecho esquivando casi siempre la tentación del abuso. Más de una vez ha preferido dejar estar que forzar e imponer.

Maestro en todo acto de la vida. Y lo ha sido hasta en el más reciente, su renuncia a la jefatura del Departamento de Patología del Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán, a la que el gran moralista belmontino parece referirse como adivinando lo que sucedería más de trescientos cincuenta años después:

 

No aguardar a ser sol que se pone. Máxima es de cuerdos dejar las cosas antes de que los dejen. Sepa uno hacer triunfo del mismo fenecer; que tal vez el mismo sol, a buen lucir, suele retirarse a una nube porque no le vean caer, y deja en suspensión de si se puso o no se puso. Hurte el cuerpo a los ocasos para no reventar de desaires; no aguarde a que le vuelvan las espaldas, que le sepultarán vivo para el sentimiento y muerto para la estimación. Jubila con tiempo el advertido al corredor caballo, y no aguarda a que, cayendo, levante la risa en medio de la carrera. Rompa el espejo con tiempo y con astucia la belleza, y no con impaciencia después, al ver su desengaño.

 

Ha cedido la autoridad, pero sigue conservando el poder benévolo que se ha ganado con tanto esmero y dedicación para beneficio propio y de todos nosotros. Esa influencia serena, carente de ambición, fruto espontáneo de una vida discreta y diligente.

Reciba de todos nosotros la admiración, la amistad, la fidelidad y, sobre todo, el cariño sincero. Hemos aprendido y seguiremos aprendiendo. Hemos disfrutado de su amistad y queremos seguir gozando de ella. Tiene usted lecciones suficientes y nosotros afecto asegurado para muchos, muchos años.

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