EL COMPAÑERO DEL PATÓLOGO.

Para Rubén García Arellano, con profundo agradecimiento.

Sé que hay una explicación médica, pero aprendí en ese tiempo que la medicina no puede responder a todos los misterios de la vida. Desde entonces supe que escribiría este informe, un poco para despedirlo de este mundo, para sentirlo cerca antes de que desapareciera para siempre.

Rafael Pérez Gay. El cerebro de mi hermano, 2013.

 

Este viernes 29 de agosto de 2014 perdí a un compañero. Sólo lo veía por las mañanas, en las jornadas de trabajo que ambos compartíamos en el Hospital Miguel Hidalgo. Llevaba cerca de dos años enfermo y había estado hospitalizado las últimas tres semanas. Al final, su cuerpo cedió a la enfermedad y partió a la eternidad. Rubén García Arellano era nuestro técnico de autopsias.

A los patólogos siempre se nos relaciona con las autopsias. Es algo curioso, porque hoy en día hacemos pocos estudios de este tipo y, por el contrario, dedicamos la mayor parte de nuestro tiempo al estudio de las muestras que provienen de los pacientes vivos.

Sin embargo, en nuestro hospital todavía realizamos autopsias. Algunos de los casos que estudiamos mediante la autopsia se presentan en sesiones ex profeso llamadas anatomoclínicas. Escogemos para estas sesiones los casos de enfermedades poco frecuentes, aquellos que muestran de manera muy evidente la evolución natural de una enfermedad común o los que contienen hallazgos relevantes que no habían sido diagnosticados en vida por los médicos tratantes. Esto no significa necesariamente descuido o ignorancia, sino la gran dificultad que entraña en ocasiones el diagnóstico de las enfermedades.

Desde mis años como residente de anatomía patológica he conocido y trabajado con varios técnicos de autopsias. Todavía hoy conservo una gran amistad con mi tocayo Luis Sánchez, el técnico del turno vespertino de mis años de residente. Cuando un caso para autopsia llegaba cerca de su hora de salida a las nueve de la noche, le tenía que rogar para que me ayudase antes de irse. Nunca me dejó en la estacada. Cada vez que regreso al Instituto Nacional de la Nutrición, Luis me busca para saludarme y juntos recordamos los viejos tiempos.

Durante las guardias nocturnas de mi rotación por el Instituto Nacional de Pediatría tuve la fortuna de trabajar con Eusebio Tello, otro técnico de autopsias al que recuerdo con especial afecto. Cuando en alguna madrugada terminábamos la disección de un cadáver y limpiábamos la mesa de autopsias (a él le extrañaba que yo le ayudase en estas labores de limpieza), Eusebio encendía el mechero Bunsen y calentaba agua para preparar café. Él se tomaba el suyo mientras se fumaba un cigarrillo con gran deleite. Una imagen que no olvidaré jamás.

Rubén García llegó a nuestro Servicio de Anatomía Patológica hace trece años. No tenía experiencia previa como técnico de autopsias, pero deseaba aprender y lo hizo muy bien. Podíamos confiar en él para el manejo del cadáver y su disponibilidad para el trabajo, sin importar la hora, fue siempre una de sus grandes virtudes.

La realización de una autopsia es un procedimiento que, en algunos casos, puede ser extenuante. Por eso el auxilio de un técnico bien adiestrado es indispensable, pues hace más ligera la carga del trabajo y permite que el patólogo se concentre en los aspectos verdaderamente relevantes del caso. En pocas palabras, tener al lado a un compañero como Rubén García es una garantía de que la autopsia se va a llevar a cabo de manera adecuada. No hay que olvidar que es la última oportunidad para investigar y conocer aquellos aspectos de la enfermedad, de su diagnóstico y tratamiento que permanecieron sin aclarar al momento del fallecimiento del enfermo.

Así lo escribe en verso el doctor Leslie H. Sobin en su curiosa obrita “El último reconocimiento. La guía de la autopsia en verso para el prosector” (The Last Examination. The Prosector’s Guide to the Autopsy in verse. Nomad Press, 1996):

 

When you’re looking for the answer

was it infarct, ulcer, cancer

thrombosis or a chronic inflammation

After patient’s gone to rest

and the physicians done their best

it’s the Autopsy, the Last Examination

Cuando estás buscando la respuesta

ya sea infarto, úlcera, cáncer,

trombosis o inflamación crónica,

después de que el paciente descansa en paz

y los médicos hicieron su mejor esfuerzo,

la autopsia es el último reconocimiento.

 

Pronto empezó a encargarse Rubén de otras labores dentro del Servicio. Creó y organizó un archivo de bloques de tejidos que funciona bien. Él mismo confeccionaba las cajas en las que guardaba los bloques en orden numérico. Este sistema, aunque artesanal, nos ha permitido obtener los bloques archivados de una manera confiable y razonablemente rápida.

El trabajo que exige mayor dedicación es la patología quirúrgica, el estudio de las biopsias y órganos de los pacientes vivos que se obtienen en los diferentes consultorios y quirófanos. En el Hospital Miguel Hidalgo le dictamos la descripción macroscópica de las muestras –“la macro”, es decir, la descripción que se hace a simple vista)– a un ayudante. En los últimos años nos han auxiliado en esta labor los residentes de radiología que rotan temporalmente en nuestro Servicio. No se trata de una tarea sin importancia, pues la descripción precisa de las características (medidas, peso, etc.) de la biopsia u órgano extirpado y las lesiones que se encuentran al disecarlo permiten seleccionar que partes van a ser estudiadas y nos acercan al diagnóstico que confirmaremos en el análisis microscópico. Siempre he dicho que, para cualquier médico, una buena descripción representa el 80 por ciento del diagnóstico.

Fue justamente en esa tarea en la que Rubén se volvió mi mano derecha. Procesar –incluir, en el argot profesional– las biopsias y piezas quirúrgicas fue una experiencia placentera. Fue tal nuestra compenetración en este trabajo que él se tomaba la libertad de redactar por adelantado las descripciones de buena parte de las muestras más frecuentes, como los apéndices cecales, las vesículas biliares y las biopsias del tubo digestivo. Se había aprendido de memoria mis propias descripciones y sólo dejaba en blanco la medida y el peso que yo le dictaba algunas horas después. Rubén vigilaba en silencio cada corte que yo seleccionaba y me avisaba si había pasado alguno por alto o lo había colocado en un orden distinto del convencional:

– Doctor, le faltó incluir un corte del ovario izquierdo.

– ¡Caray, Rubén, tienes razón, ahora mismo lo incluyo!

 

La rutina es uno de nuestros peores enemigos, sobre todo porque poco a poco, de una manera imperceptible, va desgastando nuestra sensibilidad. Acudimos al trabajo cotidiano una y otra vez y empezamos a perder de vista lo que parece un paisaje conocido que nunca se modifica. Nos concentramos en nuestro propio quehacer y, sin advertirlo, cosas y personas se va volviendo borrosas hasta desaparecer de nuestra conciencia. De esta manera uno se va haciendo insensible, incluso a las tragedias que un lugar como el Hospital Miguel Hidalgo son el pan de cada día.

A veces, esa insensibilidad progresiva nos ciega para reconocer la invaluable contribución de tantos y tantos modestos compañeros de trabajo que, con su dedicación y fidelidad, permiten que nosotros podamos realizar bien nuestra tarea. El personal de intendencia que mantiene limpias las instalaciones y nuestro lugar de trabajo, las técnicas que nos preparan los cortes histológicos o las secretarias que reciben las muestras y elaboran los reportes de patología. Creí justo hoy reconocer a Rubén, nuestro técnico de autopsias, al que deseo un merecido descanso en el más allá.

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