EL CAJÓN FECUNDO DE UN SASTRE SINGULAR.

Con respetuosas condolencias para el Lic. J. Asunción Gutiérrez Padilla.

 

Luis Muñoz Fernández.

La vida provinciana en México se teje por manos invisibles; la trama está sostenida por el amor, el sacrificio, el desinterés y la fatiga; quienes marchan con la mirada en alto parece que no se dan cuenta de la dura tarea; trabajan alegremente, cantan en el amanecer fugaz o en las noches largas y van cubriendo de amables sonrisas el mundo que les rodea.

Pedro de Alba. Conchita Aguayo, la maternal. En Letras sobre Aguascalientes, 1963.

Llegué a Aguascalientes en julio de 1976, hace ya 38 años. He pasado aquí más de la mitad de mi vida y seguramente aquí moriré, así que todo aquello que me permite conocer y comprender, para mejor apreciar y querer, mi tierra adoptiva, que es la de mi esposa y de mis hijos, me acerca más a quienes amo y a quienes, dentro de mis limitaciones, trato de ser útil.

Hace nueve años que mi compadre y hermano del alma, el doctor Gerónimo Aguayo Leytte, me regaló un libro titulado Cajón de sastre (Instituto Cultural de Aguascalientes, 2005), una recopilación de columnas que Jorge Hope Macías, conocido por aquí como el padre Hope, escribió para el periódico El Sol del Centro entre mediados de los años cincuenta y principios de los setenta del siglo pasado.

Leí sus poco más de doscientas páginas con gran deleite por su estilo sencillo y elegante, ameno, sin dejar de ser profundo, y porque a través de ellas me pude asomar a un Aguascalientes que, cuando yo llegué, empezaba a fenecer. Todavía en las tardes de mis primeros veranos en esta tierra, se respiraba el ambiente que describe el padre Hope en aquel libro.

Pero en los escritos de este sacerdote encuentro algo de un valor inmenso y con frecuencia olvidado: la grandeza de las cosas cotidianas. Leerlo con detenimiento es asomarse al mundo, a la condición humana y al anhelo de eternidad que late en todos nosotros. Como muestra, un fragmento de La incertidumbre de la casa sola, escrito el 12 de abril de 1963:

Ayer acudí a prestar auxilios espirituales a un hospital. Desgraciadamente era tarde. En la estancia no había más que un cadáver destrozado y desnudo bajo la cansada luz. Me enteré de que el muerto era desconocido y que nadie se presentaba a reclamarlo. Y me invadió un sentimiento de piedad ante su desamparo y soledad.

Cuando salí, la ciudad estaba dormida, profundamente quieta. El cielo despejado, claro, barrido por un inmisericorde viento del noroeste. Había una claridad irreal, como esa que alumbra los sueños. Y las luces de una calle lejana, alineadas como las de una procesión o de un entierro, temblaban como con miedo o frío. Era impresionante el silencio, como si se hubiese escapado de la estancia del muerto e invadido las calles.

Sé que el ruido de la llave en la puerta de mi casa a nadie despierta, que no es esperado. Siempre me produce esto un sentimiento de abandono, pero el de ayer fue mayor, doloroso casi…

… La soledad es cosa íntima. Estado del alma. No significa que no haya otros seres presentes. porque aun en medio de las aglomeraciones y del estrépito de una gran ciudad comercial, es posible estar solo. Tampoco es la soledad lo mismo que desamparo, porque éste es cosa negativa, la simple falta de algo, una privación, una ausencia de ayuda, un extender las manos en el vacío, un clamor para el que no hay respuesta. En cambio, la soledad puede ser cosa positiva, un poder y una hazaña.

Fue Carlos Reyes Sahagún, compañero en la Corresponsalía del Seminario de Cultura Mexicana en Aguascalientes y también columnista de El Heraldo de Aguascalientes, quien volvió a recordarme al padre Hope. Lo hizo en su columna del 24 de mayo de 2014, titulada Otro Cajón de sastre. Presencia del padre Jorge Hope Macías. En ella anunciaba la aparición de otro libro sobre este aguascalentense tan especial. Me comuniqué con él para preguntarle dónde podía conseguir este libro y justamente hace una semana, tras salir de la reunión de Seminario de Cultura Mexicana, pasé por la librería y lo adquirí. Y volví por otro ejemplar ayer, para regalárselo al doctor Aguayo, en insuficiente pago a tantos y tantos regalos que su amistad fraterna me ha deparado.

A diferencia del primero, este segundo libro no sólo contiene algunas columnas más del Cajón de sastre del padre Hope. Hay además algunos poemas, la letra de una canción y un par de pastorelas suyas. Y especialmente valiosos son los testimonios de personas que lo conocieron y lo trataron lo suficiente para que dejara en sus vidas una huella imborrable. A propósito de la transferencia de unos sermones y discursos del padre Hope a un formato digital, Carlos Reyes Sahagún señala lo siguiente en este Otro cajón de sastre (Libros Mexicanos, 2014):

Desde luego uno puede no estar de acuerdo en todo con él, e incluso cuestionar el fundamento de algunas de sus afirmaciones; la temeridad con la que las hace. A veces reconoce que dice cosas que tal vez puedan sonar exageradas. Pero invariablemente están presentes en su discurso el clamor por la humanidad de la humanidad –¿o será más adecuado decir la “humanización” de la humanidad? –, la exigencia que debería permear en todos, por aspirar a un mundo que privilegie la justicia y la honestidad…

… Quizá resulte que el padre Hope no fue tan excepcional como nos lo parece a muchos, tal vez así ocurra, pero en todo caso su virtud radica en su convicción de tomarse en serio su responsabilidad, su ministerio, de no nadar de muertito, amparado en la sotana, y buscar en los documentos eclesiásticos, pontificios, en la literatura, en la prensa, en el cine y, desde luego, en la Escritura, los elementos de su quehacer, e incorporarlos en su discurso, para darle la actualidad que necesita, que necesitamos.

 Jorge Hope Macías estuvo en el epicentro de un conflicto religioso que dividió a la Diócesis de Aguascalientes en los años setenta. Y a ello hacen referencia también varios de los que escriben sobre él en este segundo libro. El Concilio Vaticano II se había celebrado en la primera mitad de la década de los sesenta y, como es sabido, introdujo una serie de reformas para actualizar a la Iglesia Católica. En Aguascalientes, estas reformas de la Iglesia –el aggiornamento, la puesta al día, como se las llamó­ fueron recibidas de una manera desigual. Un grupo de sacerdotes encabezados por el Señor Obispo se resistieron a aplicarlas y otro grupo, en el que destacaba el padre Hope, estaba a favor de esta modernización. La disputa fue virulenta en extremo, hasta llegar a las agresiones físicas en algunos casos, tal como ocurrió con el propio padre Hope.

Como era de esperarse y a pesar de que las reformas se fueron implantando con el paso de los años, aquella profunda desavenencia en el seno de la diócesis aguascalentense dejó profundas heridas. Jorge Hope fue castigado con extrema dureza. Estoy seguro que, además de los asuntos religiosos, en el escarmiento influyó decisivamente la envidia que despertaban sus muchas virtudes y talentos, su capacidad intelectual, su papel de líder indiscutible y su valentía para cuestionar a la autoridad de una manera respetuosa pero firme. Son características que aquí, todavía hoy, se pagan con la indiferencia, el desprecio y la exclusión del círculo de aquellos que se llaman a si mismos “la gente buena”. A partir de entonces, algunos de sus antiguos amigos lo trataron como a un apestado.

Sinceramente siento que con la represión de que fue objeto, tanto material como afectiva y espiritual, en Aguascalientes perdimos la oportunidad de alcanzar un nivel que como sociedad todavía seguimos sin alcanzar. Confundimos el miedo con la prudencia. Y lo pagamos muy caro.

Yo apenas conocí en persona al padre Hope. Sólo recuerdo que algo en él lo envolvía como un halo de grave reflexión. Falleció el 25 de junio de 2007.

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