VEINTE TESIS PARA UNA BUENA MUERTE (primera parte).

Se ha dicho que la muerte nos iguala a todos. Pero el morir no. El morir nos diferencia mucho. Tanto como la forma de vivir, de disfrutar o de sufrir. A buen seguro que en esto de saber integrar la enfermedad y la muerte en nuestras vidas, y en definitiva de integrar nuestra vida en la naturaleza, hay diferencias de predisposición individual, de carácter. Y he creído constatar que estas diferencias no dependen mucho de la inteligencia de cada cual, ni de la erudición, ni de la adscripción y la fe religiosa, sino de la concepción más o menos realista que cada cual tenga sobre uno mismo.

 

Marc Antoni Broggi. Por una muerte apropiada, 2013.

 

Estaba casi seguro de que al redactar estas líneas este sábado 1º de noviembre de 2014, Brittany Maynard, una joven estadounidense de 29 años, se estaría quitando plácidamente la vida mientras escuchaba su música favorita ante la mirada emocionada, a la vez triste y alegre, de sus seres queridos. Pero no ha sido así… por el momento.

Brittany tiene un glioblastoma multiforme, uno de los tumores cerebrales primarios –originados allí mismo, en el propio cerebro– más agresivos y letales que existen. Es con seguridad una condena a morir entre dolores atroces –que ya sufre en estos momentos– y la pérdida inevitable de aquellas funciones cerebrales que nos permiten vivir como seres humanos. Una de tantas tragedias que vemos con frecuencia quienes nos dedicamos al ejercicio de la medicina. Y no por ello menos tragedia.

La diferencia de este caso con otros muchos la ha marcado la misma Brittany, al mudarse de su residencia habitual en Oakland, California, a la ciudad de Portland, en el vecino estado de Oregon. Esta mudanza no ha sido una casualidad. Al conocer su diagnóstico, la señora Maynard ha decidido suicidarse tomando ella misma y de manera voluntaria los medicamentos que los médicos de Portland le han recetado tras comprobar su diagnóstico, su estado mental actual y, sobre todo, su firme propósito de morir por iniciativa propia. Será un caso de suicidio asistido.

En el estado de Oregon, como en los estados de Washington, Montana, Nuevo México y Vermont, los médicos están legalmente autorizados para ayudar a que una persona ponga fin así a su propia existencia. Lo mismo sucede en ciertos países de Europa como Holanda, Bélgica, Luxemburgo y Suiza. En estos lugares, el suicidio asistido está autorizado por la ley. La organización Compassion & Choices (“Compasión y Opciones”) está ayudando a Brittany en este proceso y busca por todos los medios legales posibles que las leyes sobre el suicidio asistido que han sido aprobadas en los cinco estados ya mencionados lo sean también en los 45 estados restantes de la Unión Americana.

Asunto de matices, discretos aunque reales, el suicidio asistido y la eutanasia activa no se consideran sinónimos. En la eutanasia es el propio médico el que ejecuta las maniobras que conducen a la muerte del paciente. En cambio, en el suicidio asistido el médico sólo proporciona los medios y es el propio paciente el que los emplea para quitarse la vida.

No es un tema fácil. Al igual que el aborto –la eterna controversia en el otro extremo de la vida–, lo relativo al morir con dignidad despierta enconadas discusiones que parecen no tener fin. Y es así porque quienes las defienden se escudan en posiciones irreductibles, tan distantes que hacen imposible cualquier acercamiento. En la cultura occidental ya sabemos que estas posturas se apoyan en argumentos sobrenaturales, ya sea la existencia de Dios y sus Diez Mandamientos, o en su inexistencia. Y así no hay acuerdo posible.

Aprovechando la inquietud que ha provocado Brittany Maynard en muchas partes del mundo, he decidido acercame a este tema que, además, ofrece inagotables facetas que no pueden agotarse en estas líneas. Cuando se abordan asuntos de tamaña complejidad, es muy importante escuchar o leer a quienes, por su experiencia, seriedad, compromiso y capacidad reflexiva, llevan muchos años analizando este tema y pueden ofrecernos algunas luces que nos ayuden. Y decidí empezar por Hans Küng, un sacerdote católico y teólogo de gran estatura intelectual –aunque desautorizado para enseñar teología por la Iglesia Católica debido a sus posturas críticas–, que tiene un librito, con la coautoría de Walter Jens, titulado precisamente Morir con dignidad. Un alegato a favor de la responsabilidad (Editorial Trotta, 2010).

Su lecura ha sido una gran sorpresa para mí. En un principio creí que me encontraría con la postura oficial de la Iglesia Católica, pero no ha sido así. Ya en su primera edición de 1997, Hans Küng exponía lo siguiente:

 

Esta es la cuestión crucial en que desemboca todo el debate: ¿Pertenece también a una muerte digna el que una persona misma pueda disponer, si es que es capaz de ello en alguna medida, sobre el momento, modo y manera de su muerte? Especialmente desde la perspectiva cristiana, ¿tiene el hombre algún “derecho a disponer por si mismo sobre el ser o no ser de su vida”?

 

            Y, ante el notable avance de la medicina, Küng señala un elemento que considero de gran importancia:

 

Incluso teólogos y obispos conservadores conceden ya que vivimos en una época de un “cambio en la conciencia de los valores y normas”, que no viene provocado por la mala voluntad de los hombres, sino por el vertiginoso cambio de la sociedad, la ciencia, la tecnología. incluyendo la medicina.

 

            Creo que su argumento parte de la convicción, que es a la la vez su punto de partida y su conclusión, de que Dios le ha confiado la responsabilidad de la vida a los propios hombres, desde el inicio hasta su conclusión:

 

Con la libertad, Dios ha confiado a los hombres el derecho a la plena autonomía. ¡Autonomía no equivale a “arbitrariedad, sino a decisión de conciencia”! La autonomía incluye siempre responsabilidad propia, y ésta, a su vez, tiene un componente social (respeto a los demás), además del individual. No sería resposable, sino ligereza, pura arbitrariedad, si por ejemplo un hombre en su madurez, sin preocuparse de su mujer e hijos, y por un fracaso o un tropiezo en su carrera profesional, solicitara ayuda para morir. Pero, ¿también sería pura arbitrariedad el que un hombre que toda su vida ha trabajado y servido honestamente a los demás, y que al final de su vida –tras un incuestionable diagnóstico médicoestá amenazado por un cáncer, por años de demencia senil, de senilidad total, hiciera lo mismo y quisiera despedirse de su familia cuando todavía mantiene su plena conciencia y dignidad?

 

Con la actualización necesaria que el mismo curso de los acontecimientos ha impuesto a un tema que está dejando de ser una rareza, el brillante teólogo de Tübingen, Alemania, despliega 20 tesis que apuntalan sólidamente su postura, no sin antes adviertir lo siguiente:

 

De conformidad con Walter Jens –el coautor del libro–, enlazo con aquel “alegato a favor de la resposabilidad” y creo ofrecer así a numerosos pacientes, pero también a médicos y a jueces, una ayuda para la formación de opinión. Walter Jens y yo queremos hablar en nombre de un sinnúmero de anónimos pacientes, cuyo destino nos aflije considerablemente. No debemos permitir que sus destinos personales, a menudo tan difíciles de soportar, se pierdan en un grandilocuente debate ético, jurídico y teológico sobre principios.

           

Desmenuzaremos sus 20 tesis en breve.

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