VEINTE TESIS PARA UNA BUENA MUERTE (segunda y última parte).

Se dice a menudo que, tal como pasa con el sol, no puede mirarse a la muerte de cara. Creo, sin embargo, que lo que sí que tenemos que mirar de frente es la ayuda que prestamos a quien se acerca a ella. Y nos hace falta toda la luz que podamos tener para intentar mejorarla; para hacerla apropiada. De ahí el título “apropiada”, no sólo en el sentido de “como es debido”, según los estándares mínimos que hemos ido mostrando, sino también en el sentido de que cada persona que muere pueda apropiarse al máximo de su proceso, que la muerte sea algo suyo, a su estilo.

 

Marc Antoni Broggi. Por una muerte apropiada, 2013.

 

Finalmente, Brittany Maynard puso fin a su vida el pasado sábado 1º de noviembre de 2014, tal como originalmente lo había planeado. Sus dudas un par de dìas antes, cuando mencionó que pospondría temporalmente su decisión de morir mediante el suicidio médicamente asistido, se disiparon pronto. Según el informe de la organización Compassion & Choices, Brittany murió serenamente, rodeada de sus seres queridos: “Adiós a todos mis amigos y familiares a los que quiero. Hoy es el día que he elegido para morir con dignidad, afrontando mi enfermedad terminal, este terrible cáncer en el cerebro que me ha quitado tanto… pero que me habría quitado mucho más”.

Ya decíamos que Hans Küng (Morir con dignidad. Un alegato a favor de la responsabilidad. Editorial Trotta, 2010, en coautoría con Walter Jens) nos propone veinte tesis sobre la eutanasia –un justificable camino alternativo, dice él– que a mí me han sorprendido y que abren un espacio de comprensión afectuosa y serena para todos aquellos que enfrentan las decisiones sobre la etapa final de la vida (pacientes, médicos, jueces), muy particularmente los católicos, a quienes la postura oficial de la Iglesia Católica puede resultarles una fuente de angustia adicional.

Para mí, la primera tesis de Küng es la principal:

 

Según convicción cristiana, la vida humana –que el hombre no se debe a si mismo– es, en último término, un don de Dios. Pero simultáneamente la vida constituye, conforme a la voluntad divina, una tarea personal. Así, la vida está puesta a nuestra responsable disposición (las negritas son mías). Lo cual vale también para la última etapa de la vida, el morir, en la que –si las circunstancias lo requieren– la responsabilidad ha de ser asumida por un representante. La eutanasia debe ser entendida como una drástica ayuda a la vida.

 

Con ella, Hans Küng abre una brecha en la postura oficial de la Iglesia, pues pone, por voluntad divina (y eso es lo interesante), la vida en manos del ser humano, desde que empieza con la fecundación hasta que termina con la muerte. No lo hace, sin embargo, sin poner coto a los riesgos. Pero esos límites ya no los fijará la autoridad eclesiástica, sino la medicina y la ley, empresas ambas completamente humanas.

Advierte y aclara que el ser humano lo es hasta el final, que no existe ninguna “vida indigna de ser vivida” y que la persona no deja de serlo al enfermar gravemente, incluso cuando sufre demencia o la pérdida definitiva de la conciencia. En estos casos es muy importante tomar en cuenta lo expresado por el enfermo con anterioridad, en especial si ya existe un “testamento vital” o “documento de voluntades anticipadas”. Estos deseos deben ser respetados aunque se opongan a la implementación de medidas que prolonguen la vida. Este tipo de testamentos deben ser jurídicamente vinculantes (obligatorios) para el médico.

Aunque solicita más residencias para moribundos (los hospicios) y reconoce los grandes avances que ha experimentado la medicina paliativa, señala que, si bien “la terapia del dolor puede hacer soportable la etapa final a muchos enfermos incurables”, no es la respuesta a todos los deseos de muerte, ya que no siempre es posible calmar el dolor de quienes más padecen y, por otro lado, hay algunas personas que desean morir aunque no sufren dolores intratables.

Küng está de acuerdo con las directrices del Colegio Alemán de Médicos, que eleva a la categoría de un deber para el médico la prestación de ayuda para morir con dignidad, a la par que le exige una “intensa solicitud humana”. Sin embargo, insiste en la necesidad de que exista un marco legal apropiado que brinde seguridad para el médico y para el paciente, además de que impida la comisión de abusos:

 

En vista de la inseguridad legal existente, se requiere urgentemente una expresa regulación jurídica de la eutanasia activa que permita a los médicos llevar a efecto en casos excepcionales una muerte a petición y, al mismo tiempo, prevenga la posibilidad de abusos. La praxis jurídica vigente hace cada vez menos justicia a la realidad que se vive en las unidades de cuidados intensivos y en las residencias asistenciales.

 

El centro de la decisión debe ser siempre el paciente, cuya autonomía, no afectando a terceros, tiene que respetarse:

 

Nadie debe ser urgido a morir, pero tampoco nadie debe ser obligado a vivir. La decisión –no arbitraria, sino en concienciacorresponde a la persona afectada por el sufrimiento (o a sus representantes legales). Que otra persona, aunque sea el médico, pretenda juzgar si la persona que sufre encuentra subjetivamente insoportable su situación es pura arrogancia. Esa pretendida “autonomía” del médico perjudica a la relación entre médico y paciente.

 

            Ante el argumento de que la eutanasia activa (o el suicidio médicamente asistido) contraviene el Quinto Mandamiento, Hans Küng responde lo siguiente:

 

El mandamiento: “No matarás”, reza formulado con precisión: “No asesinarás”. Es necesario distinguir: poner fin a una vida sólo es asesinato cuando acontece en virtud de un motivo vil, de modo insidioso y violentando la voluntad del afectado. Pero poner fin a una vida es irresponsable cuando acontece no por motivos viles sino por motivos superficiales e irreflexivos… No obstante, también se puede poner fin a una vida de modo responsable.

 

            Los que se oponen dicen que una sociedad que permite el suicidio médicamente asistido y la eutanasia directa cae por la “pendiente resbaladiza” de la “cultura de la muerte”. La experiencia nos enseña que ese argumento es como “el petate del muerto”, es decir, carece de sustento real.

Termino, aunque en este tema de la terminación de la vida nunca se termina, con la tesis número veinte, que abraza a todas las demás:

 

Cuando se ponga fin a una vida de manera responsable, de ningún modo se utilizará el término “asesinato”. Pero la muerte a petición puede ser entendida como “ayuda para morir” –como ayuda en un proceso de muerte que de todos modos se daría– y desde el respeto a la libre voluntad de la persona que sufre. Por parte del paciente, se hablará en tal caso de la “voluntaria entrega de la vida”, que, cuando llega la hora de la muerte y la persona está bien preparada, puede acontecer con serenidad y resignación, con tímido agradecimiento y esperanzada expectativa: una “devolución de la vida” a las manos del Creador, que es el Dios de la misericordia, no un déspota cruel que quiera ver al ser humano el mayor tiempo posible en el infierno de sus dolores o del puro desvalimiento.

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