HASTA AQUI HEMOS LLEGADO.

La causa de la desdichada condición de la clase trabajadora es la esclavitud. La causa de la esclavitud es la existencia de leyes. Las leyes se apoyan en la violencia organizada.

Por lo tanto, no se podrá remediar la condición de los trabajadores sino destruyendo la violencia organizada.

Pero la violencia organizada es inseparable del gobierno: es el gobierno. ¿Y podemos vivir sin gobierno? “¡Será el caos, la anarquía, la pérdida de todos los resultados de la civilización, la vuelta de todos los hombres a la barbarie primitiva!” gritan. “No atentéis contra el orden establecido”, dicen habitualmente no sólo aquellos a quienes tal orden de cosas les resulta provechoso, sino también aquellos a quienes perjudica visiblemente, y que, sin embargo, a consecuencia de tan arcaica costumbre, imaginan no poder vivir sin él.

 

León Tolstoi. Contra aquellos que nos gobiernan, 1902.

 

Es difícil concentrarse en los temas habituales cuando se constata una vez más que los ciudadanos de a pie, los que formamos la inmensa mayoría de este país, estamos a merced de fuerzas e intereses que poco o nada tienen que ver con nosotros. Lo que estamos viviendo desde hace poco más de un mes es, para quienes no conocen ni viven en México, algo indescriptible. Un horror que sólo se imaginaban en los relatos de ficción, una pesadilla de esas que nacen en los rincones más oscuros y desconocidos de nuestra psique. Pero es real. Lo ha sido por siglos y es aquí, en México.

Recuerdo la ocasión que visité Boston para asistir a un congreso de la Academia de Patología de los Estados Unidos y Canadá. Decidimos tomar un paseo guiado por esa ciudad que tiene tantos lugares relevantes para la historia de los Estados Unidos de Norteamérica. Llegados a cierto punto, el guía nos explicó: “En este lugar sucedió la Masacre de Boston”. Se refiería a lo ocurrido el 5 de marzo de 1770, cuando un grupo de bostonianos molestos por tener que pagar altos impuestos a los ingleses se enfrentó a un pelotón de soldados británicos. El saldo fue de cinco bostonianos muertos. Este fue uno de los hechos que desencadenó la lucha por la independencia de los Estados Unidos.

¡Cinco muertos y le llaman masacre!, discurrí para mis adentros. Con perdón, pero casi se me escapa la risa. No pude evitar pensar en las decenas, los cientos o miles de mexicanos que han muerto o desaparecido en los últimos años. Aquí ni siquiera nos inmutamos. Ni siquiera sabemos a ciencia cierta cuántos son, quiénes fueron, dónde están. Eso de que los mexicanos vemos la muerte de otra manera tiene más lecturas que la del día de muertos. ¡Cómo cobra hoy actualidad la primera estrofa de “Caminos de Guanajuato”, aquella canción de José Alfredo Jiménez!:

 

No vale nada la vida,

la vida no vale nada.

Comienza siempre llorando,

y así llorando se acaba.

Por eso es que en este mundo,

la vida no vale nada.

 

Puede que en otras partes del mundo la vida si valga, pero en México yo no estaría tan seguro. Dicen que una de las cosas que más llamaron la atención del Barón Alexander von Humboldt cuando visitó la Nueva España en el siglo XIX fue la inmensa desigualdad entre pobres y ricos. Si el sabio alemán viviese hoy y volviese hacer aquel viaje, comprobaría que, a pesar de la Independencia y la Revolución, esa desigualdad ha permanecido intocada en no pocos puntos de la geografía nacional.

Lo que hoy vivimos no es más que el fruto envenenado de un árbol que nació hace siglos y que hemos hecho crecer regándolo con la sangre y el sufrimiento de tantos y tantos compatriotas que ven pasar su mísera existencia sin ninguna esperanza, sin ninguna oportunidad de cambiar ni su destino, ni el de sus hijos y tampoco el de sus nietos y bisnietos. La hiedra de la pobreza extrema que se adhiere tenaz a sus cuerpos, que los agosta sin remedio, que les impide levantar la cabeza y elevar sus miembros para exigir algunos de los frutos de ese cuerno de la abundancia que algunos creen ver en la silueta del mapa de México.

Recientemente, un colega me decía que había conocido a un natural de Chilpancingo, la capital del Estado de Guerrero, hoy tierra convulsa que hace sobrado honor al origen náhuatl de su nombre: “pequeño avispero”. Aquel señor le había explicado los añejos conflictos que ocurrían en su terruño, con lo que mi colega llegó a una conclusión tan rápida como conveniente: “los normalistas de Ayotzinapa siempre han sido una bola de revoltosos”.

Puede que sí, pero yo me pregunto: ¿qué se sentirá no tener salida a la vida miserable que han llevado mis padres y abuelos, que estoy llevando yo y que seguramente llevarán mis descendientes? ¿Cuánta rebeldía puede acumular el alma en estas circunstancias? ¿Cuánto odio puede uno abrigar cuando siente el peso de ese destino inexorable? Es aquí y ahora cuando deberíamos apelar a aquel valor que hoy se llena de polvo, olvidado, enmarcado y colgado en las paredes del hospital donde trabajo: la compasión, esa capacidad de ponernos en los zapatos del otro.

Viene a mi memoria el título de un libro: México profundo. Una civilización negada, escrito por el etnólogo y antropólogo Guillermo Bonfil Batalla (Conaculta/Grijalbo, 1989). No es casualidad. Aunque escrito originalmente en 1987, la segunda edición apareció casi dos años después, justo en los primeros meses del gobierno del Lic. Carlos Salinas de Gortari. En el prefacio de esta segunda edición, el autor nos dice lo siguiente:

 

Aprovecho la oportunidad de añadir este breve prefacio para abordar algunos hechos recientes y tratar de verlos desde la perspectiva general de este libro. En año y pico que ha transcurrido desde que circuló la primera edición, el país vivió momentos insólitos, particularmente en torno a las elecciones de julio de 1988. “El país cambió”, “México es otro”, son frases que se convirtieron en lugares comunes durante los meses siguientes. Amplios sectores de la sociedad quedaron sorprendidos, casi conmocionados; unos con entusiasmo, otros con temor, pero todos dispuestos a aceptar que era indispensable revisar visiones y convicciones sobre las que se fundaba la imagen misma del país. Lo que ocurrió el 6 de julio, en efecto, mostró un México diferente, al menos para quienes no ven más allá del México imaginario. Y la pregunta queda flotando: ¿dónde residen, a fin de cuentas, los resortes que fueron capaces de movilizar una y otra vez a centenares de miles de mexicanos, de las condiciones más variadas, para expresar simultáneamente su protesta y su renovada esperanza desde una oposición antes impensable? ¿Hasta dónde, preguntémoslo así, despertó en verdad el México profundo, las aldeas, los pueblos, los barrios que han permanecido al margen de la actividad política imaginaria, impuesta por ese otro México irreal, dominante, pero sin raíces, carne ni sangre?

 

Estas palabras recuperan hoy una actualidad asombrosa, que adquiere mayor fuerza cuando se observan los estrechos vínculos y el lenguaje casi copiado entre lo que se decía en aquel entonces y lo que se dice hoy. Aquel “El paìs cambió” forma parte del discurso actual y ese “México es otro” tiene curiosas correspondencias con el “Movamos a México”.

Con la amplia visión que le dio su formación académica, para Guillermo Bonfil Batalla la historia de México en los últimos 500 años es “el enfrentamiento permanente entre quienes pretenden encauzar al país en el proyecto de la civilización occidental y quienes resisten arraigados en formas de vida de estirpe mesoamericana”.

Ver los acontecimientos recientes desde esa óptica ofrece nuevas explicaciones a este horror secular que, vigente y sin resolver, amenaza con devorarnos.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s