HISTORIAS DE EMIGRANTES.

Una vez llegados los tiempos de bonanza, Emeterio decidió fundar una familia en la patria del agave que tanta riqueza le había procurado. Sus padres habían muerto en el remoto caserío asturiano y desde entonces había renunciado a volver al terruño que lo había visto partir con una mano delante y otra detrás. No quiso hacer lo mismo que tantos otros indianos, quienes regresaban a sus poblaciones de origen con el único propósito de ostentar sus triunfos y sus pertenencias, como aquel que llevó hasta Cabrales, a campo traviesa por las serranías cantábricas, un flamante Packard último modelo para estupor y admiración de sus paisanos, que no conocían el automóvil.

 

Gonzalo Celorio. Tres lindas cubanas, 2006.

 

Empiezo a escribir estas líneas al terminar el jueves 18 de diciembre de 2014, declarado por la Organización de las Naciones Unidas Día Internacional del Migrante, lo que no deja de ser una casualidad que se enlaza con las que cuento a continuación.

El día de mañana parto con mi esposa Lucila y mi hijo Luis a Barcelona, donde nos espera nuestra hija Brenda, que está allí desde septiembre haciendo una estancia semestral en la Universidad Autónoma de Barcelona, como parte de la Licenciatura en Letras Hispánicas que cursa en la Universidad Autónoma de Aguascalientes. La familia, provisionalmente separada, se vuelve a reunir para que pasemos juntos las fiestas que se avecinan justo donde yo mismo celebré las primeras catorce navidades de mi vida. Un regreso a los orígenes que para mí significa una oportunidad inapreciable de renovación interior de cara a la segunda y última mitad de la existencia.

El pasado 3 de diciembre revisaba la página electrónica del periódico El País, cuando me topé con un artículo del periodista y escritor Juan Cruz titulado Gonzalo Celorio ha escrito un libro que ustedes no se deben perder, en el que comenta una obra que se presentó en la reciente edición de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. En su artículo Juan Cruz nos recomienda, con un entusiasmo que a mí me llamó la atención, la lectura del libro de Gonzalo Celorio:

 

Ahora ya tengo otro libro que recomendar: “El metal y la escoria” (Tusquets, 2014), de Gonzalo Celorio, escritor mexicano, autor, entre otras, de otra novela (él las llama novelas a estas autobiografías) también de raíz familiar: “Tres lindas cubanas”. Anoche presentó Celorio en la FIL (con Sergio Ramírez; un servidor también estaba) esta nueva novela, que yo recomiendo como se recomienda beber agua en el desierto…

… En este caso mi recomendación es absoluta, y creo que ustedes me la van a agradecer.

 

Con semejante sugerencia, y habiendo leído en una página electrónica las primeras líneas de aquella obra que me confirmaron las palabras de Juan Cruz, decidí sumergirme en la lectura de esta obra que me ha gustado mucho y, por momentos, me ha conmovido por las razones naturales que enseguida quedarán a la vista.

Se trata de una biografía y una autobiografía, que parte del abuelo paterno de Gonzalo Celorio, un español nacido en una aldea pequeñísima de Asturias que con escasos dieciséis años de edad emigró a México en el último tercio del siglo XIX, con la misma idea de muchos de sus paisanos: hacer la América. El primer capítulo empieza cuando Emeterio Celorio, el abuelo del autor, se despide de sus padres a los que no volverá a ver nunca más. Ese párrafo me atrapó de una manera irresistible:

 

La mujer de gruesas carnes, olorosas a pesebre y a morcilla, le dio la bendición sin llantos ni palabras: sólo con el ademán de aquellas manos curtidas por el bálago y el carbón, las almaradas y la piedra pómez, tan diestras para ordeñar vacas como para bordar sábanas y servilletas. Del padre tampoco recibió palabra alguna; sólo una caricia enérgica en la nuca.

Emeterio vio por última vez aquellos bultos negros contra el sol del amanecer. De saber que así habría de recordarlos siempre -parados en medio del patio terregoso de La Texa, recortados por la luz rasante a sus espaldas-, hubiera vuelto la cabeza para clavarse en la memoria el semblante, la expresión, la piel de aquellos rostros que el sol le impedía ver con precisión y que el tiempo iría cubriendo de neblina, pero el miedo de arrepentirse y quedar convertido en estatua de sal le mantuvo la mirada adelante, fija en el punto en el que pensó que se encontraba el porvenir.

 

De esa recia materia humana estuvieron hechos aquellos emigrantes que, una vez que se volvió a permitir en México la llegada de españoles tras su expulsión entre 1821 y 1827, buscaron fortuna en nuestro país y, con mucha frecuencia, se establecieron definitivamente en México. Algunos regresaron a sus pueblos de origen convirtiéndose en los famosos indianos, pero otros jamás volvieron. Tal fue el caso de Emeterio Celorio.

Con su primera esposa, Emeterio tuvo seis hijos, cuatro varones y dos mujeres. Salvo Miguel, el padre del autor del libro, cuya vida transcurrió con relativa normalidad aunque marcada por la melancolía, fruto de haberse quedado huérfano de madre a los siete años y vivir en un internado los tres años siguientes, los demás hijos tuvieron vidas tristes o desgraciadas. Los tres hombres mayores dilapidaron la fortuna que con tanto esfuerzo y sacrificio había reunido su padre y murieron solos, arruinados, alcohólicos y muy jóvenes.

Siendo yo mismo un emigrante, hijo, nieto y bisnieto de emigrantes, aunque sin haber pasado por las penurias de tantos otros que me precedieron y que me sucederán, este tema es uno de los que más me interesa, en especial lo que se refiere a las diversas emigraciones españolas en América y, muy particularmente, en México. Por eso, en cierta ocasión escribí lo siguiente que titulé Todos somos emigrantes. Todos somos mestizos:

 

Creo que en México y en los demás países de habla hispana se debería promover un viaje para que todos sus habitantes visitasen España. Sería fantástico y profundamente reparador. Una especie de peregrinación a la Meca pero con un propósito distinto: tomar posesión de una de las más ricas herencias culturales que ha visto el mundo. ¡Cuántos recuerdos dormidos, cuántas palabras, cuántos aromas, cuántos paisajes y cuántos sabores resonarían una y otra vez con enorme familiaridad en el espíritu de esos peregrinos americanos al recorrer la Península Ibérica! ¡Entenderían de golpe y porrazo tantas cosas maravillosas! Quedaría al descubierto el despojo secular del que han sido víctimas. Desde hace más de doscientos años que les han escamoteado esa herencia a la que tienen pleno derecho.

Y lo mismo puede decirse sobre el viaje en sentido inverso que deberían hacer todos los españoles. Sé que no soy quién para juzgar los motivos, poderosos y respetables, que sostienen las pugnas entre las diferentes regiones de España. Yo nací catalán, hablo ese idioma aceptablemente bien, aunque lo aprendí cuando la represión franquista lo había “contaminado” con muchos vocablos castellanos. Cataluña, laboriosa, esforzada, culta y universal, que ha dado tantas glorias al mundo, no deja de ser sino una porción -habrá que reconocer pequeña- de la vasta geografía del planeta. El mundo no empieza ni se acaba allí. Por eso me duele que, tras el reclamo seguramente justo, repito que no soy quién para juzgarlo, se asome con frecuencia cierto resabio de soberbia pueblerina. Perdónenme si fui demasiado lejos. Pero es que, desde América, las cosas se ven un tanto distintas. Aquí todos somos españoles, no importa el solar de la patria chica en el que hayamos nacido.

 

Improbable lector: regreso a los orígenes, con los míos, más míos que nunca. Por eso dejaré de escribir estas reflexiones durante los siguientes dos fines de semana. Te deseo una feliz Navidad y un 2015 lleno de ventura. Nos reencontraremos, Dios mediante, entre el 9 y el 10 de enero.

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