UN PROPÓSITO DE AÑO NUEVO.

El año nuevo empieza con el deshielo, y el olor húmedo y denso del bosque me inunda el olfato. La humedad ha hinchado el manto de hojas caídas que cubre el suelo y suculentos aromas foliares invaden el aire. Dejo el sendero que baja por la ladera del bosque y rodeo una peña del tamaño de una casa, erosionada y llena de moho. Al otro lado de una hondonada poco profunda en la ladera de la montaña veo mi punto de referencia: una roca alargada que sobresale de la hojarasca como una pequeña ballena. Ese bloque de arenisca delimita un borde del mandala.

 

David George Haskell. En un metro de bosque. Un año observando la naturaleza, 2014.

 

Como otros principios de año, busco un momento de serenidad para meditar sobre lo vivido y buscar un propósito de año nuevo. En esta ocasión, la clave me la da Eliane Brum, una escritora y periodista brasileña cuyos artículos en español aparecen en el periódico El País, mismos que vengo leyendo desde el año pasado.

El primero que leí, titulado Nuestro mundo muere antes que nosotros (19 de agosto de 2014), parte de un hecho concreto, la muerte del político brasileño Eduardo Campos, que falleció en un accidente aéreo el 13 de agosto de 2014, y conforme va uno leyendo, se convierte en una meditación profunda sobre la omnipresencia de la muerte en nuestras vidas:

 

La verdad, que tal vez no todos perciban, es que se muere poco a poco. No solo por la frase clásica de que comenzamos a morir al nacer. De que cada día siguiente arrastra el cadáver del día anterior. De que cada mañana es un día más – pero porque es un día menos–. Al entrevistar a los que envejecieron, los descubro sorprendidos por el drama menos nítido, aquel se infiltra lentamente en los intersticios de los días: el de que nuestro mundo muere antes que nosotros…

…Esa es la muerte silenciosa que se despliega cada día. Cuento mis inmortales aún vivos, los de lejos y los de cerca. Digo sus nombres, como invocándolos. Pido que no se apresuren, que no me dejen sola, que no me dejen sin saber de mí. El azar, la vida que cambia en un instante, me asusta tanto como ese mundo mío que muere despacio. Esa es la brisa casi imperceptible que adivino soplando en mis huesos. Muchas veces finjo que no la escucho. Pero ella continúa allí, intermitente, susurrando para que no me olvide de vivir.

 

El germen del artículo que me ha inspirado el propósito para este 2015 se encuentra en un artículo previo, publicado dos días antes de Navidad (‘Antiautoayuda’ para 2015). En él, Eliane Brum se refiere a la vida absurda que nos vemos obligados a vivir, muchas veces sin darnos cuenta siquiera. Ese vivir deprisa y corriendo que nos impide reparar en lo que realmente importa:

 

Años atrás habría escrito, y de hecho lo escribí algunas veces, que el malestar de esta época, que me parece diferente del malestar de otras épocas históricas, se produce por diversas razones relacionadas con la modernidad y sus creaciones reales y simbólicas; incluso por sus ilusiones potenciales y fantasías de superación de los límites. Pero, en especial, por nuestra reducción de personas a consumidores, por el sometimiento de nuestros cuerpos –y almas– al mercado, y por la condena de vivir en un tiempo acelerado…

…¿Cómo vivir humanamente en un tiempo no humano? ¿Y cómo aceptamos estar sometidos a la barbaridad de una vida no viva?

 

Ambos párrafos ya dan una idea de la gran inteligencia y sensibilidad de Eliane Brum. Sin embargo, se tienen que leer sus artículos en extenso para conocer su valentía y su aguda conciencia sobre los graves problemas de Brasil y del mundo entero.

Pero vayamos ahora a su último artículo, La delicadeza de los días, que apenas apareció en El País el 5 de enero de 2015. Es ahí donde encontré la clave para trascender los propósitos habituales del año nuevo. Como es habitual, empieza refiriéndose a un hecho o hechos concretos, para después desplegar una rica reflexión con la que llega a una conclusión que nos puede dejar conmovidos o profundamente inquietos.

En La delicadeza de los días, Eliane Brum nos habla de su ahijada Catarina, una niña de tres años y ocho meses sumamente despierta, tanto, que suele desconcertar a los adultos. Cuando sea grande, Catarina quiere ser “escribista”. ¿Escribista?, le pregunta su madre. “Escribista, mamá: la persona que escribe para leer.” He aquí la reflexión de Eliane Brum:

 

Hay quien se engaña y piensa que los niños se equivocan al hablar porque desconocen las palabras precisas. No es así. Ellos dicen las palabras exactas y nosotros las corregimos al encajonarlas con la uniformidad del diccionario. Alguien puede confundirse y pensar que Catarina quiso decir “escritora”, no “escribista”. En absoluto. Escribista era la palabra exacta. Aquella persona que escribe no para ser leída sino para leer, como la propia Catarina aclaró. Leerse a sí misma. Una “vista” de sí.

 

            Al pasar los días inmersos en la rutina, hemos perdido la capacidad de vernos a nosotros mismos y de contemplar también los pequeños acontecimientos en los que late el misterio de la existencia:

 

Vivimos en este mundo de acontecimientos, de espasmo en espasmo. Estamos intoxicados por acontecimientos, enmudecidos por imágenes. Hay siempre algo ocurriendo con muchos puntos de exclamación, o pareciendo suceder para que de hecho no suceda nada. Y hay nuestra reacción en las redes sociales, a veces una ilusión de acción. Y hay, cada fin de año, propósitos que también presuponen una acción.

 

            Hoy, cuando hemos hecho realidad la posibilidad de comunicarnos de manera instantánea sin importar las distancias, sufrimos un aislamiento extraño. Nunca como en nuestros días había sido tan aguda la soledad de tantos seres humanos que, paradójicamente, están permanentemente “conectados” mediante instrumentos prodigiosos. Para Eliane Brum, la moda del selfi (castellanización de selfie, autorretrato o autofoto) es particularmente reveladora, a la vez que nos muestra a nosotros su profunda capacidad de análisis:

 

Pero, ¿qué dice un selfi? Pienso que hay algo en el selfi más allá de la crítica que en general le hacen: la de ser un mero registro del egocentrismo o del narcisismo de esta época. Lo mismo vale para tweets y entradas en Facebook. Hay algo de desgarrador en el selfi, una expresión de nuestra desesperación por intentar probar que existimos, ya que no conseguimos sentirnos existiendo…En este sentido, el selfi no me exaspera sino que me emociona: cada selfi es también la imagen de nuestra ausencia.

 

            A ese grado llega la anestesia, a nuestra incapacidad de sentir que existimos. ¿Qué hacer? Bueno, he aquí la oportunidad de un propósito de año nuevo mucho más trascendente: recuperarnos a nosotros mismos y para los demás. Recobrar la vista, dejar de ser ciegos y sordos para percibir las ricas sutilezas de la vida cotidiana, lo que Brum llama “la delicadeza de los días”:

 

Ante la brutalidad de las horas, la delicadeza es un acto de insubordinación y un acto de resistencia. En 2015, deseo a todos un reencuentro con la delicada trama de los días.

 

Yo también lo deseo para todos y especialmente para mi mismo.

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