LO MEJOR DE LOS DOS MUNDOS.

Para mis parientes españoles y mexicanos,

a quienes adeudo demasiado.

 

Son visiones del mundo, fecundas, iluminadoras, que te ayudan a vivir mejor. A mí me ocurrió eso, pero no fue una tarde, lo he convertido en materia literaria. Fue un proceso.

 

Javier Gomá Lanzón. El País Semanal, 18 de enero de 2015.

 

Contemplo con profunda emoción las fotos que llegan a mi teléfono celular. Nos las envía nuestra hija desde España, en donde ha permanecido los últimos seis meses. Las del fin de semana pasado eran imágenes de Galicia, tierra de mi abuelo materno. Las de este fin de semana son de las regiones de Castilla y León, que hoy forman una sola comunidad autónoma. Mi familia paterna proviene de allí. Los desplazamientos de la Guerra Civil hicieron que mi hermano y yo naciésemos catalanes.

Cuando se cambia de país de residencia y la vida continúa en una nueva tierra, uno se convierte en un híbrido. Para los mexicanos, sigo siendo español a sabiendas de que ya soy mexicano por naturalización. Para los españoles, mi acento suena mexicano y ya no soy como ellos, lo que es una verdad inapelable.

¿Qué soy para mí mismo y para mi esposa y mis hijos? Una mezcla de ambos. Y yo me empeño en ser una mezcla inestable, que a veces se vuelve más española que mexicana, mientras que otras sólo se reconoce mucho más mexicana que española. Mi padre ya nos lo dijo a mi hermano y a mí: “Hijos, aquí vamos a vivir”.

Y así ha sido. Nunca nos resistimos a la transformación que lentamente se fue operando en nuestra vida, en nuestra sensibilidad, en nuestra habla y en nuestros gustos. Híbridos, eso es lo que somos. Una extraña e inquieta mixtura que no acaba de cuajar del todo. Ahora mismo, conforme envejecemos, vuelven con mayor fuerza los antiguos recuerdos, las viejas palabras catalanas, los refranes escuchados por primera vez en la infancia. ¡Cómo los gozamos mi hermano y yo en nuestras conversaciones cotidianas!

Hoy nuestros parientes catalanes se maravillan que a casi cuarenta años de distancia y habiendo regresado a España en contadas ocasiones (cuatro, en mi caso), todavía podamos hablar con ellos en catalán con fluidez. No es que lo hubiésemos olvidado, porque siempre lo hemos hablado cuando se ha dado la ocasión y lo hablamos también entre nosotros, pero eso es parte del regreso a los orígenes que se acentúa con la edad.

El maridaje –unión, analogía o conformidad con que algunas cosas se enlazan o corresponden entre sí, dice el diccionario– es una realidad absoluta. Los placeres de la mesa, por ejemplo, van y vienen entre ambas orillas del Atlántico. Las fronteras del tiempo y del espacio se diluyen y las barreras culturales de convierten en anchas avenidas por las que mi esposa, mis hijos y yo caminamos tomados de la mano.

El secreto radica en lo que ya dije unas líneas más arriba: no resistirse. Seguir a pie juntillas lo que reza aquel dicho tan sabio: allí donde fueres, haz lo que vieres. Es un proceso de enriquecimiento en el que algunos sólo ven la renuncia a lo propio, cuando en realidad se trata de un maravilloso aumento del caudal de los afectos y los conocimientos. Una ampliación de la visión que hasta entonces se tenía, con la que ahora se mira más lejos y con mayor profundidad. Y se opera el milagro: ya no hay nativos ni extranjeros, ya no somos diferentes. Somos todos iguales.

Con la vista, también el oído se agudiza. Se recojen ecos ya escuchados en las palabras de otros. Se reconocen costumbres familiares a pesar de la distinta y distante geografía, como si se desenterrasen raíces que ya dábamos por perdidas y olvidadas. Se ven reflejos propios en las pupilas ajenas, porque, al final, todos somos lo mismo: hermanos peregrinos, emigrantes eternos, necesitados de una tierra que nos acoja y nos permita reposar las fatigas diarias. Dichoso quien, como es el caso, tenga un hombro en el que posar la cabeza al final de la jornada.

Por eso veo con profunda emoción las fotos que nos envía mi hija. Ella, que es fruto de ese enlace, unión y conformidad de los casados, que así también define maridaje el diccionario, lleva en el alma lo mejor de los dos mundos. Una afortunada que responde bien dejando que germine la semilla que sembramos en ella.

Por un lado, heredera de los druidas celtas, que ella ha sabido percibir tras los troncos musgosos y retorcidos de los bosques gallegos, en cuyo suelo, cubierto como una alfombra por la parda hojarasca, ha descubierto las huellas de los mouros y las meigas de los que le hablaba su Yaya, su abuela paterna.

Por el otro lado, legataria de la antigua palabra –Huehuetlahtolli– de los ancianos mesoamericanos. Pues, al estudiar lo que estudia, va reconociendo sus ecos en los mitos, en los consejos que escuchó de su abuela materna. Palabras que vienen de muy lejos, traídas por el viento que barre el altiplano mexicano desde hace muchos siglos:

 

No vayas buscando discusión, no sin consideración la ofrezcas; sólo con calma, poco a poco expondrás (tus palabras), y no irás como tonta, no irás jadeando, no irás riéndote, no irás viendo delante de ti, ni de través, no irás siguiendo con la mirada a la gente, no mirarás de frente a las personas, sólo irás erguida de frente, sólo irás viendo de frente cuando te dirijas a las personas o salgas ante ellas o cuando las encuentres. Así allá tendrás fama, honra. Así nadie te apartará, así tampoco a nadie molestarás. Sólo así, en el medio, está lo que corresponde a la comunidad, la honra.

 

Llevada en vilo por unos primos muy queridos, recorre ahora la Meseta Central de la Península Ibérica. Por fin ha conocido de cerca la nieve que cubre con su manto en este invierno las seculares tierras castellanas. Ha visto las murallas de Ávila y el genio constructor de los romanos que ha mantenido tantos siglos de pie el Acueducto de Segovia. Y pronto, muy pronto, saludará a Fray Luis de León, cuya estatua salmantina saldrá de su pétreo mutismo para volver a pronunciar con aquella calma que vence las intrigas las palabras del maestro: Decíamos ayer…

            Catalunya ha sido su casa y se ha reconocido en ella. Se ha descubierto cualidades y habilidades cuya existencia ignoraba. La lengua catalana, que para algunos resulta casi ininteligible, ha entrado en sus oídos con una facilidad asombrosa. Yo mismo estoy sorprendido. Ha disfrutado las bondades y las exigencias de una gran universidad y se ha enamorado de la tierra que vio nacer a su padre. Ha recibido la cariñosa hospitalidad y el cobijo de los tíos y los primos que habitan la antigua Marca Hispánica.

            Su estancia en Barcelona ha cambiado su vida, lo sé. Ya no será la misma cuando regrese muy pronto. Volverá enriquecida, más madura, más atenta, más consciente de sus responsabilidades. ¿Qué más podemos pedir su madre y yo? Sólo que regrese con bien. Que comparta y multiplique su tesoro entre quienes la rodean. Sólo así su viaje habrá valido la pena. Estamos seguros de que así será. Que sepa lo que parece haberle escrito un novelista de fama:

 

Eres el último eslabón de una cadena maravillosa que tiene diez mil años de historia; de una cultura originalmente mediterránea que arranca de la Biblia, Egipto y la Grecia clásica, que luego se hace romana y fertiliza al Occidente que hoy llamamos Europa. Una cultura que se mezcla con otras a medida que se extiende, que se impregna de Islam hasta florecer en la latinidad cristiana medieval y el Renacimiento, y luego viaja a América en naves españolas para retornar enriquecida por ese nuevo y vigoroso mestizaje, antes de volverse Ilustración, o fiesta de las ideas, y ochocentismo de revoluciones y esperanzas. O sea, que no naciste ayer.

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