ENTRE LAS ENFERMEDADES Y LOS ENFERMOS.

El gran intruso de mi vida es Dios. Entró tirando las puertas a patadas, pero entró y aquí se ha quedado. Lo hizo, insisto, con no muy buenas maneras, pero lo importante es que lo hizo. Es cierto, Él que todo lo puede, podría haberlas abierto de par en par con un leve soplo o, aún más, con sólo ordenarlo; sin embargo, sus razones tuvo para haber optado por el método que escogió. Y ahora no tiene caso intentar desalojarlo. Como me quedé sin puertas, puede ir y venir dentro de mí como se le dé su gana…

… Aunque con Él es suficiente, hoy estoy vivo después de un tumor en el pulmón derecho, adenocarcinoma de células no pequeñas con metástasis cerebral múltiple, porque no acepté la invitación del cáncer para dejarme ir con él y decidí pelear, con dientes, puños y codos, patadas y rodillazos. Con la certeza de no ser una estadística, un número más, sino decidido a ser mi propio caso y a seguir mi propio camino.

 

Julio Derbez. Itinerario del intruso o para qué me sirvió el cáncer, 2006.

 

Un año que empieza y con él el semestre en el que me toca impartir la materia de patología, esa rama de la medicina de la que ignoro un poco menos que de otras. Se trata de enseñar a los estudiantes los mecanismos de las enfermedades y los cambios que ellas provocan en las células, tejidos y órganos del ser humano.

El primer día, mientras les doy a conocer el programa que vamos a desarrollar, aprovecho para decirles que, aunque vamos a estudiar las enfermedades como si fuesen fenómenos con existencia propia, en realidad ocurren y se manifiestan en los seres humanos como cada uno de nosotros, con vidas propias e individuales y con una red de relaciones que nos unen a todo lo que nos rodea, por lo que resulta imposible separar a las enfermedades de los enfermos que las padecen.

No puedo estar más de acuerdo con lo que expresa el doctor Leonardo Viniegra en su obra Penetrando el proceso vital: más allá de la adaptación, el azar y la selección natural. Teoría de la interiorización del entorno y la anticipación: una mirada a través de la complejidad (Programas Educativos, S.A. de C.V., 2012):

 

La idea de enfermedad es una creación cultural que a lo largo de los tiempos ha cristalizado en prácticas peculiares por los médicos o sus equivalentes para las diversas culturas…

… las enfermedades no son ajenas a los humanos, son variantes de las formas de ser de las personas que desde los albores de la cultura se conciben y valoran de manera cualitativamente distinta que otras que no ocasionan sufrimientos de tales magnitudes.

 

Por lo mismo, además de exponerles los mecanismos y las alteraciones de las enfermedades, trato de compartir con ellos el conocimiento de los seres humanos. Es entonces cuando les digo que, para lograr ese propósito adicional, no basta con dominar el contenido de los libros de medicina. Es necesario ir más allá y desarrollar una gran curiosidad por conocer al hombre, por ahondar en lo posible en su grandeza y en sus flaquezas. La satisfacción de esa curiosidad, aunque no se alcance plenamente nunca, es para mí la mejor expresión del humanismo.

¿Y dónde buscar para saber más del ser humano? Desde luego que en la experiencia cotidiana, que se vuelve mucho más rica cuando se empieza a ejercer la profesión. Sin embargo, ya desde la etapa de estudiante de medicina se puede y se debe reflexionar sobre el quehacer cotidiano.

Por fortuna, existe otra fuente que nos ayuda a acercarnos al objetivo deseado, a desarrollar ese conocimiento del hombre sano y enfermo que nos acerca al ideal del humanismo (doctrina o actitud vital basada en una concepción integradora de los valores humanos, dice el diccionario): las artes, muy particularmente la literatura, que es muy fecunda en los testimonios de los propios enfermos. A los médicos nos debería interesar siempre el punto de vista de quien padece la enfermedad, por lo menos hasta que nosotros mismos nos convirtamos en pacientes.

Ese conocimiento nos acerca a la compasión, no con el significado a todas luces insuficiente que le solemos dar: conmiseración y lástima, si no el de sentir en carne propia el sufrimiento del enfermo. Lo que coloquialmente se expresa con el “ponerse en los zapatos de la otra persona”.

Compasión, que con gran acierto señaló hace algunos años el doctor Jorge Anselmo Valdivia cuando tratábamos de expresar los valores de nuestra institución, el Hospital Miguel Hidalgo, y que ahora parece naufragar (¿la compasión y/o el Hospital?) entre la precariedad material y espiritual de estos tiempos en los que el imperio del mercado define el rumbo de las instituciones, las decisiones de los médicos y el destino de los pacientes.

De la conversación con los pacientes se obtiene una enseñanza vital que puede ampliarse con la reflexión sobre nuestra propia actuación y que se enriquece con la lectura de lo que algunos enfermos y allegados han plasmado en diarios, relatos, ensayos y poemas diversos. La oferta es muy amplia y variada, inabarcable, pero siempre a la mano de quienes ejercemos lo que el doctor Ruy Pérez Tamayo llama “la mejor profesión del mundo”.

Tomemos un ejemplo extremo: Susan Sontag. Esta escritora y académica estadounidense mundialmente reconocida tuvo tres cánceres diferentes. Logró sobrevivir a un sarcoma del útero y a un cáncer de mama. David Rieff, hijo suyo, escribió un libro sobre la última etapa de la vida de su madre que se titula “Nadando en un mar de muerte” (Swimming in a sea of death. Simon & Schuster, 2008). Lleno de detalles que nos ayudan a comprender lo que siente y piensa una mujer enferma de la inteligencia de Susan Sontag, el relato empieza el día en el que un médico le informa el diagnóstico y pronóstico fatal del tercer tumor maligno. Al escuchar a aquel médico que no se caracterizaba precisamente por su delicadeza, se quedó como ausente por unos momentos y,

 

Finalmente, ella le dijo con una ternura deliberada que me deja sin aliento con sólo recordarla: “es un hecho que no hay nada que hacer”. Después de una pausa, agregó: “nada que yo pueda hacer”.

El doctor A. no contestó directamente, pero su silencio fue, como suele decirse, elocuente. Unos minutos más tarde, después de reiterarle a mi madre la invitación para la próxima consulta una vez que ella hubiese decidido lo que deseaba hacer ante esta situación –recuerdo que esa palabra, “deseaba”, me pareció grotesca–, salimos del consultorio. El silencio en el que caminamos hacia el automóvil fue algo más allá de lo que yo podía haber imaginado o incluso experimentado. De regreso al centro de la ciudad, ella miraba abstraída por la ventana. Pasados unos cinco minutos más o menos, dejó de mirar por la ventana y se giró hacia mí diciendo: “¡vaya, vaya!

 

Basta leer este párrafo para darnos cuenta de la inmensa riqueza de matices que iluminan de una manera insuperable nuestra comprensión del ser humano enfermo. La enfermedad en cuestión era un síndrome mielodisplásico que desembocaría nueve meses más tarde en la leucemia mieloblástica que acabaría con su vida.

¡Sindrome mielodisplásico, leucemia mieloblástica!, palabras que, en el mejor de los casos, sólo tienen sentido para el médico. Un sentido que puede venir aparejado con el riesgo de que el médico, fascinado con la enfermedad como ente de estudio o modus vivendi, ignore la óptica de quien la padece.

Cobran ahora vigencia e importancia las palabras del doctor José de Letamendi (1828-1897), ejemplo de médico humanista, catedrático de anatomía y patología general, además de antropólogo, filósofo, pedagogo, pintor y violinista, cuando dijo en una ocasión: “el médico que sólo sabe de medicina, ni de medicina sabe”.

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