UN UNIVERSO DEVELADO.

Los seres humanos han sido por mucho tiempo el equivalente del ego freudiano en el planeta o en la biosfera, que “juega el ridículo papel del payaso de circo, cuyas muecas intentan persuadir al público que todos los cambios en el escenario obedecen a sus órdenes”. Nosotros somos como ese payaso, aunque, a diferencia de él, nuestro egoísmo y la importancia que nos damos a nosotros mismos en relación con la naturaleza carece de la más mínima pizca de humor.

 

Lynn Margulis y Dorion Sagan. Microcosmos. Four billion years of microbial evolution, 1986.

 

Fue una científica excepcional que nos abrió los ojos a nuevos universos. Puso sobre la mesa la enorme importancia de los microbios, esos pequeñísimos seres a los que sólo hacemos referencia cuando hablamos de las enfermedades infecciosas. Nos enseñó que ellos llegaron primero, muchísimo antes que nosotros y que, tal vez, aquí seguirán después de que nosotros nos hayamos extinguido debido a nuestra propia insensatez.

Recogiendo algunas ideas dispersas que otros científicos ya habían expresado y estudiando minuciosamente el mundo microbiano, fue capaz de exponer un panorama que hasta entonces –y todavía hoy en algunos casos– parecía impensable. Ese mundo de los pequeños seres, igual que el mundo celular en general, es casi desconocido para la mayor parte de los seres humanos. Un mundo incomprendido.

Lynn Margulis (1938-2011) se atrevió a desafiar a la élite que domina la biología para legarnos una nueva visión de la vida en la Tierra. Sacudió uno de los cimientos de la teoría de la evolución –la selección natural– para mostrarnos que los seres vivos no sólo habían competido ferozmente entre si, sino que también habían cooperado para prosperar. Se convirtió en la abanderada de la simbiosis –esa relación mutuamente benéfica entre dos seres vivos– y la proyectó en el tiempo y en el espacio.

De la simbiosis, pasó a la simbiogénesis: la fusión de diversos organismos para formar nuevos seres vivos. Cuando expuso esta idea por primera vez, despertó la conmiseración, cuando no la sorna, de sus colegas científicos. Pero ella no se arredró. Se atrevió a más: expuso que nuestras células actuales, las que forman todo nuestro cuerpo, son el resultado de la fusión de antiguas bacterias que, en lugar de devorarse entre si, encontraron la forma de coexistir una dentro de la otra. ¿Cómo y por qué? Nadie lo sabe. Pero funcionó, ni duda cabe.

Hoy pocos cuestionan que las mitocondrias, las factorías dentro de todas nuestras células que generan la energía necesaria para mantenernos vivos, son antiguas bacterias que se instalaron en épocas remotísimas dentro de aquellas células que, con el paso del tiempo, darían lugar organismos complejos como las plantas y los animales, incluyendo a los animales humanos.

Lynn Margulis fue de esa estirpe de científicos que podríamos llamar marginales porque están en las orillas del ancho río de la ciencia, aferrados a ideas poco ortodoxas que, como las raíces de la orilla, impiden que quien se agarra a ellas sea arrastrado por la fuerza de la corriente del pensamiento dominante, de la ortodoxia, del discurso oficial. De esa faceta monolítica de la ciencia más amenazadora que su poder para transformar las condiciones de vida en este planeta.

La ciencia que, un tanto pagada de si misma y un poco ciega de orgullo, se olvida a veces de que no posee la verdad absoluta, sino que sólo aspira a aproximársele. Esa ciencia que se pierde en los brillos de su propio éxito, esa ofuscación en la que eleva a categoría de dogmas –¡qué paradoja!– algunas ideas que hoy pocos científicos se atreven a poner en duda y que enuncia tan bien Rupert Sheldrake en El espejismo de la ciencia (Kairós, 2013):

 

Toda realidad es material o física.

El mundo es una máquina constituida por materia muerta.

La naturaleza carece de propósito.

La conciencia no es sino la actividad física del cerebro.

El libre albedrío es una ilusión.

Dios existe sólo como una idea en las mentes humanas, apresado dentro de nuestras cabezas.

 

Lynn Margulis fue amiga y colaboradora de James Lovelock (1919-   ), el científico que propuso la idea de que la Tierra es una especie de organismo autorregulado en el que los seres vivos y las condiciones físico-químicas del planeta (clima, condiciones atmosféricas, salinidad de los océanos, etc.) están estrechamente relacionados y mantienen un equilibrio que ha permitido el floreciemiento de la vida misma. Equilibrio que nos hemos empeñado en dañar, tal vez de manera irreversible ya, gracias a nuestra ignorancia, nuestra codicia y nuestra indiferencia ante las señales de alarma que están a la vista desde hace ya varias décadas.

Dentro de la hipótesis de Gaia, como se conoce al conjunto de las propuestas de Lovelock, Margulis puso de relieve el papel vital de las bacterias y otros microorganismos, sin los cuales la vida en la Tierra no sería posible. No sólo como precursores de las formas actuales de todos los seres vivos, sino como el entorno que permite ahora mismo que permazcamos vivos. Hasta antes de Margulis, el papel de los microbios en nuestra vida y nuestra conciencia se reducía a su papel como agentes causales de las infecciones.

Hoy, cada uno de nosotros nos consideramos grandes colonias celulares en las que predominan con mucho esas células llamadas bacterias. Por cada una de las células que podemos considerar humanas –si es que ese concepto puede sostenerse–, nuestro cuerpo alberga al menos diez bacterias. ¿Cómo ignorar a esa parte tan abrumadoramente mayoritaria de nosotros mismos?

Ese cambio de visión se ha extendido ya a la medicina, que en la actualidad estudia con gran interés a la llamada microbiota, microflora o flora bacteriana normal, entendida hoy como necesaria para mantenernos sanos y cuyas alteraciones están en la génesis de varias enfermedades.

Los millones de bacterias que pueblan la superficie intestinal son parte indispensable de su funcionamiento y el desequibrio entre las diferentes poblaciones de microorganismos que allí residen se relaciona con graves transtornos que hoy empiezan a ser tratados con la infusión de un destilado de excremento de seres humanos sanos: un verdadero trasplante de heces fecales, ¡quién lo iba a decir!

El hijo de Lynn Margulis, Dorion Sagan, ha plasmado una semblanza muy hermosa de su madre en el libro Lynn Margulis, Vida y legado de una científica rebelde (Tusquets, 2014):

 

A diferencia de muchos, quizás, ella continuó desarrollándose y aprendiendo hasta el final. Uno de los últimos proyectos en los que estaba involucrada era la caracterización del briozoo simbiótico “Pectinella magnifica”, al cual como a Lynn, le encanta residir en el entorno de Puffers Pond, el lago donde ella estuvo nadando casi a diario aquel último verano azul de 2011. Aquí fue donde me citó estas palabras de Emily Dickinson: “El hecho de que sea irrepetible / es lo que hace tan dulce la vida”…

… Pero a medida que envejecía daba más signos de una capacidad creciente para ser feliz. Su risa era más profunda, y las patas de gallo de sus ojos verdes parecían más traviesas…

… Pensando en aquellas suaves olas de verano, aquel estanque azul en cuyas aguas yace ahora la materia del cuerpo de mi madre, me acuerdo de Krug, un personaje de ficción de la novela de Nabokov “Barra siniestra”, que, como describe el novelista, “en un súbito acceso de locura, comprende que está en buenas manos: nada en este mundo importa realmente, no hay nada que temer, y la muerte es sólo una cuestión de estilo, un mero recurso literario, una resolución musical”…

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