UNA CARENCIA FUNDAMENTAL.

El “valor perturbador” de la protesta de los ciudadanos no puede seguir siendo considerado como negativo. Se parece al dolor en el cuerpo humano que, bien entendido, puede dar el impulso necesario para una conducción más racional de la vida.

 

Robert Jungk. El Estado nuclear, 1979.

 

Por más que uno quiera, ya no es posible vivir de espaldas a esa sensación de desamparo cada vez más acuciante que experimentamos muchos ciudadanos mexicanos. Dicen que la esperanza es lo último que muere, pero tal parece que estos días asistimos a su sepelio e inminente entierro. Nos urge una nueva edición del “Manual para vivir en el desasosiego”.

¿Exageraciones? La realidad supera la ficción y ya no deja lugar para la hipérbole. No da cuartel. Un día sí y el otro también nos enteramos de una retahíla de muertes y fechorías, de atropellos, cinismos y tropezones que parecen no tener fin. No hay respiro. ¿Qué está pasando?

Sobre esto se han vertido y se siguen vertiendo ríos de tinta desde hace meses. No pretendo “descubrir el hilo negro”, por más que el negro sea el color del panorama predominante. Tampoco se trata de sumarme al coro de las lamentaciones. Ya alguien dijo que “los lamentos son para el tango”.

Lo que quiero es llegar a comprender las causas y mecanismos de la situación que atravesamos. Este deshilachamiento del tejido social que me recuerda lo expresado en aquel icnocuícatl, canto triste, elegía o reflexión, compuesto por un mexica anónimo hacia 1523, dos años después de la caída de México-Tenochtitlan en manos de los españoles:

 

“En los caminos yacen dardos rotos,

los cabellos están esparcidos.

Destechadas están las casas,

enrojecidos tienen sus muros.

 

Gusanos pululan por calles y plazas,

y en las paredes están salpicados los sesos.

Rojas están las aguas, están como teñidas,

y cuando las bebimos,

es como si bebiéramos agua de salitre.

 

Golpeábamos, en tanto, los muros de adobe,

y era nuestra herencia una red de agujeros.

Con los escudos fue su resguardo, pero

ni con escudos puede ser sostenida su soledad”.

 

No estoy de acuerdo con aquellos que señalan que todo esto se debe a un defecto genético de los mexicanos. Que todos nosotros llevamos dentro el gen de la corrupción, cancelando así toda posibilidad de enmienda. Cerrándole el paso a toda reflexión y discusión como inicio de un camino que nos conduzca a la superación de la actual circunstancia. No, no lo puedo aceptar porque hay evidencias históricas y geográficas suficientes que demuestran la universalidad de la deshonestidad y su naturaleza primordialmente cultural. Lo que, por otro lado, no le resta un ápice a su extrema gravedad.

Sin ser capaz de establecer un diagnóstico definitivo, intuyo en el fondo la ausencia de una ética elemental que se aprende primero en el hogar, para ser reforzada después durante la educación básica. Una ética en el sentido original del ethos griego, la forja del buen carácter, la adquisición de las virtudes, esas predisposiciones a obrar bien que se van conquistando a lo largo de la vida.

La carencia de esta ética elemental que parece estar en la base de nuestra sociedad afecta de manera distinta a las diferentes clases sociales. A los pobres los hace indiferentes, incapaces de exigir sus derechos y poco proclives a cumplir con sus obligaciones. A las clases acomodadas las hace ajenas al sentir de las mayorías, por eso viven en un México que no es el que habitan la mayor parte de sus compatriotas. Que quienes tienen el poder para tomar las grandes decisiones ignoren o desestimen las verdaderas y urgentes necesidades de tantos mexicanos tiene consecuencias trágicas, incluso criminales.

La distancia que separa a ambos extremos de la sociedad, lejos de reducirse, es una brecha que se amplía y se ahonda cada vez más. Y esa separación, esa falta de comunicación, permite el florecimiento de todo tipo de abusos. Tanto de los que no hacen lo que deben, como de quienes hacen lo que no deben. Parecen tener razón quienes dicen que vivimos en una sociedad que ha tergiversado sus valores. Sin ética, andamos a ciegas, danto tumbos, chocando, tropezando, cayendo. Y aunque hasta ahora siempre nos hayamos levantado, uno se pregunta: ¿hasta cuándo?

Más que una reforma educativa, lo que necesitamos es una revolución educativa que vaya mucho más allá de dotar de tabletas electrónicas a los estudiantes. Que no confunda los instrumentos con los fines y que parta de la recuperación de todos esos valores que hemos extraviado. Debe ser una educación para la ciudadanía de alcances masivos. Aunque presumimos de ser un país de leyes e instituciones, de normas y no de armas, lo que en verdad necesitamos es cumplir las leyes que tenemos y respetar esas instituciones con los hechos, más allá de las palabras.

Alcanzar el Reino de los Fines, como dice Adela Cortina, catedrática de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia, en su libro ¿Para qué sirve realmente la ética? (Paidós, 2013):

 

… aquel en que cada ser humano sería tratado como un fin en sí mismo. Aquel en el que la política, la economía, la sanidad, la educación, las distintas profesiones y oficios, la banca, las empresas y el conjunto de las actividades compartidas estuviera a su servicio…

… Y lo que es más sugestivo, las personas podrían mirarse directamente a los ojos, sin que ninguna tuviera que bajar la vista ante otra para conseguir lo que es su derecho, nadie tendría que rogar, suplicar, rebajarse, para mantener la propia vida y la de otros, para intentar llevar adelante sus planes de vida. Y nadie se vería obligado a rebajarse ante sí mismo adulando a otros, mintiendo, simulando, sino que podría respetarse a sí mismo.

 

En la medida que un segmento mucho mayor de la población pueda resolver con desahogo sus necesidades más básicas y disponga de un nivel educativo superior al que hoy promedia, tendremos mexicanos que ejerzan su ciudadanía de una manera plena, tal como ocurre en democracias plenamente desarrolladas. Esa es la principal asignatura pendiente.

A pesar de las señales ominosas que nos llegan de todos los frentes, debemos seguir siendo fieles a nuestros ideales, resistir, no ceder, vencer el miedo, perseverar. Quienes hemos tenido la oportunidad de educarnos no podemos abandonar a quienes no tuvieron la misma fortuna. Como dice Jorge Riechmann (Un mundo vulnerable. Libros de la Catarata, 2005):

 

No tenemos derecho a la desesperanza. Nosotros, los que no pasamos hambre, los que no morimos de enfermedades curables, los que podemos estudiar y reflexionar, los que no tenemos nuestras facultades físicas ni intelectuales mermadas por las secuelas del hambre y las enfermedades, no tenemos derecho a la desesperanza.

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